sábado, octubre 17, 2026
 

Bioacetona: el nuevo mercado para las plantas de etanol de maíz

Una nueva plataforma tecnológica permite a las destilerías producir bioacetona sin modificar su proceso principal. Braskem se compromete a adquirir toda la producción, convirtiendo a este solvente de origen renovable en una nueva fuente de ingresos para la industria.

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Cada vez que alguien se quita el esmalte de uñas, limpia una superficie con un solvente industrial o aplica una pintura acrílica, está usando acetona. Es uno de esos químicos que atraviesan la vida cotidiana sin hacerse notar: presente en cosméticos, productos farmacéuticos, adhesivos, resinas, y en la fabricación de los policarbonatos que componen las pantallas de celulares y las ópticas de los automóviles. La demanda global supera las 8 millones de toneladas al año.

Pero la acetona tiene una particularidad que la distingue de la mayoría de los químicos industriales: casi nadie la fabrica a propósito. Más del 90 % de la producción mundial se obtiene como subproducto obligatorio de la fabricación de fenol —un compuesto clave para resinas, plásticos y adhesivos— a través del llamado proceso del cumeno. Esta ruta petroquímica parte de benceno y propileno, ambos derivados del petróleo, y produce fenol y acetona en una proporción fija: por cada tonelada de fenol se generan 0,6 toneladas de acetona, quiérase o no.

Esa atadura química tiene consecuencias directas sobre el mercado. La producción de acetona no responde a su propia demanda, sino a la del fenol, cuyo mercado —valuado en más de 20.000 millones de dólares— tiene su propia dinámica industrial. Cuando la demanda de fenol crece, el mercado se inunda de acetona; cuando cae, la acetona escasea. En 2024, la caída de los precios del fenol en Asia llevó a recortes de producción que redujeron la oferta global de acetona, justo cuando la demanda de solventes en América estaba en alza. La acetona es, paradójicamente, un producto esencial cuyo suministro depende de un mercado que no controla.

Pero hay algo más. Al nacer enteramente de una cadena petroquímica, la acetona carga con una huella de carbono fósil bastante pesada. Hoy, para los sectores que más la consumen —cosmética, farmacéutica, envases, pinturas—, esa trazabilidad empieza a ser un problema concreto: regulatorio, comercial y sobre todo, reputacional. La acetona que se usa para formular un cosmético “natural” o limpiar un equipo farmacéutico nace del mismo barril de petróleo que el combustible de un camión.

Es esa doble vulnerabilidad —un suministro atado a un mercado ajeno y un origen fósil cada vez más difícil de justificar— es la que una alianza inédita entre dos compañías busca desarmar, proponiendo una ruta de producción completamente distinta.

Molécula por molécula

Una levadura que produce acetona donde antes solo había etanol

Lallemand Biofuels & Distilled Spirits (LBDS) —la unidad de negocios de la canadiense Lallemand Inc. líder mundial en desarrollo, producción y comercialización de levaduras, enzimas y soluciones microbianas para la industria del bioetanol y los destilados— y Braskem —la mayor productora de poliolefinas de las Américas y líder global en la fabricación de biopolímeros a escala industrial— anunciaron el lanzamiento de una plataforma de producción de bioacetona diseñada específicamente para la industria del bioetanol de maíz.

La innovación parte de una intervención en el corazón mismo del proceso productivo: la fermentación. En una planta convencional de bioetanol, el almidón del maíz se convierte en azúcares que las levaduras transforman en etanol y dióxido de carbono. LBDS logró tras cinco años de desarrollo elaborar una cepa de levadura capaz de generar bioacetona como metabolito adicional durante esa misma fermentación, sin desplazar la producción de etanol ni alterar los rendimientos de la planta.

La idea no es del todo nueva en la biología. La producción microbiana de acetona tiene antecedentes que se remontan a principios del siglo XX, cuando bacterias del género Clostridium eran utilizadas en la llamada fermentación ABE (acetona-butanol-etanol), un proceso que fue clave para la producción de explosivos durante la Primera Guerra Mundial. Lo que sí es inédito es haberlo logrado con una levadura adaptada a la infraestructura existente de la industria del bioetanol de maíz, sin necesidad de modificar equipos, condiciones de operación ni protocolos de producción.

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El proceso: fermentar, separar, comercializar

La plataforma funciona en dos etapas integradas. En la primera, la levadura de LBDS realiza la fermentación de los azúcares del maíz y produce simultáneamente etanol y bioacetona en el mismo tanque. La acetona, al ser más volátil que el etanol —su punto de ebullición es de 56 °C frente a los 78 °C del etanol—, puede ser separada con relativa facilidad.

Ahí es donde ingresa Braskem. La multinacional de origen brasilero desarrolló una tecnología modular de separación (bolt-on) que se acopla a la infraestructura existente de la destilería. Este sistema captura la bioacetona del flujo de destilación y la recupera como producto independiente, listo para su comercialización. No requiere construir una planta nueva ni modificar la columna de destilación principal. Se monta como un módulo complementario.

Braskem, además, se compromete a gestionar la totalidad de las ventas y el desarrollo de mercado de la bioacetona producida. Para los productores de etanol, esto elimina el riesgo comercial: no necesitan buscar compradores, negociar contratos ni manejar la logística de un producto químico fuera de su negocio habitual.

“Combinar la experiencia de Lallemand Biofuels & Distilled Spirits en levaduras y fermentación con el conocimiento de Braskem en bioquímicos y biopolímeros es una asociación natural”, señaló Craig Ammann, vicepresidente de Desarrollo de Negocios de LBDS. “Llevamos décadas trabajando con productores de etanol y buscamos continuamente opciones para mejorar sus márgenes y protegerlos frente a la volatilidad del mercado. Esta es una forma única de lograrlo, basada en alianzas estratégicas”.

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Un reemplazo directo, con un perfil ambiental radicalmente distinto

La bioacetona generada por esta plataforma es un sustituto drop-in de la acetona fósil: misma fórmula química, mismas propiedades, mismas aplicaciones. La diferencia está en su origen. Al provenir de la fermentación de azúcares de maíz —un carbono de origen reciente, fijado por la fotosíntesis—, es 100 % renovable. Además, a diferencia de la acetona del proceso del cumeno, es libre de benceno y libre de fenol, dos compuestos asociados a riesgos toxicológicos en ciertos contextos industriales. Su origen biológico es verificable mediante el test de carbono 14 (C14), un análisis isotópico que confirma que el carbono presente en el producto proviene de biomasa y no de fuentes fósiles.

Ese perfil la posiciona como una alternativa especialmente atractiva para sectores donde el contacto con el consumidor final es directo: cosmética, cuidado personal, productos de limpieza, pinturas y recubrimientos. Marcas y fabricantes enfrentan una presión creciente —regulatoria y de mercado— por reducir la huella fósil de sus formulaciones, y la bioacetona les ofrece una solución que no exige reformular productos ni modificar procesos.

“El equipo de LBDS aportó su experiencia en levaduras y su profundo conocimiento de la industria del etanol, complementados por nuestra experiencia en químicos y bioproductos, para hacer de esta colaboración un éxito”, afirmó Cirilo Vieira, director de Desarrollo de Negocios de Renovables y Bioquímicos de Braskem. “Estamos ansiosos por ofrecer esta alternativa sostenible de acetona a nuestros clientes. Es un paso significativo para la industria petroquímica hacia un futuro más sostenible, en todos los sentidos”.

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Un nuevo coproducto para una industria que ya sabe diversificar

Para la industria del bioetanol de maíz, la generación de coproductos es parte del ADN productivo. Las más de 190 plantas que operan en Estados Unidos —procesando más de 150 millones de toneladas de maíz al año— ya producen granos secos de destilería (DDGS), un insumo proteico esencial para la alimentación animal, y en muchos casos capturan el CO₂ biogénico liberado durante la fermentación para uso industrial. En los últimos años, muchas incorporaron la extracción de aceite de maíz como ingreso adicional. La bioacetona se inserta en esa misma lógica de biorrefinería: una fracción más de valor que se extrae del mismo grano, del mismo proceso, con el mismo equipo.

Y a diferencia de otros coproductos, cuenta con una ventaja poco habitual: demanda garantizada. Braskem absorberá la totalidad de la producción, canalizándola hacia su red global de distribución. Eso convierte a la bioacetona en una fuente de ingresos con riesgo comercial prácticamente nulo para el productor de etanol: una cobertura natural contra la volatilidad del precio del biocombustible.

 
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