En los bosques del mundo hay seres silenciosos que trabajan sin descanso descomponiendo madera muerta y reciclando nutrientes. Uno de ellos es el split-gill (Schizophyllum commune), un hongo comestible que, a simple vista, no parece muy diferente a otros. Pero en el laboratorio suizo de Instituto Federal Suizo de Pruebas e Investigación de Materiale (Empa), este organismo se convirtió en la base de un material que podría cambiar la forma en que diseñamos productos sostenibles.
Los científicos lograron desarrollar un biomaterial completamente biodegradable, comestible, funcional y resistente, a partir del micelio del split-gill y su propia matriz extracelular. Y lo hicieron sin procesos químicos ni residuos contaminantes. El secreto está en dejar que el hongo haga el trabajo pesado.
¿Qué es el micelio fúngico y por qué interesa tanto?
Para comprender el alcance de este avance, primero hay que entender qué es el micelio. Puede imaginarse como una red subterránea, formada por filamentos llamados hifas, que actúa como el sistema nervioso del hongo. Esta red no solo permite absorber nutrientes y crecer, sino que también es capaz de adaptarse y producir compuestos únicos. Esta característica ha despertado gran interés en la comunidad científica, ya que el micelio puede convertirse en una materia prima natural para fabricar productos como envases, aislantes térmicos o sustitutos del cuero.
Dejar que la naturaleza haga el trabajo
Tradicionalmente, para convertir el micelio en un material útil, se lo sometía a procesos de limpieza, secado y tratamientos químicos. Pero este tipo de procesamiento implicaba renunciar a una de sus grandes virtudes: su biodegradabilidad. A mayor resistencia o flexibilidad, menor sustentabilidad.
Frente a este dilema, el equipo de Empa propuso una idea innovadora: trabajar con el micelio en su forma viva y completa, sin alterarlo ni aislar sus componentes. En otras palabras, no solo usar las hifas, sino también aprovechar la matriz extracelular que el hongo produce mientras crece.
La matriz extracelular: un “andamio” biológico
Esa matriz extracelular funciona como un pegamento biológico que el organismo fúngico genera para mantener su estructura. Está compuesta por proteínas, azúcares complejos y otros compuestos que le otorgan cohesión y funcionalidad. Según el investigador Ashutosh Sinha, “es como si el hongo fabricara su propio hormigón biológico”. La idea fue permitir que la naturaleza siguiera su curso. “La naturaleza ya desarrolló un sistema optimizado”, añade Gustav Nyström, director del laboratorio de Celulosa y Materiales de Madera de Empa.
Para potenciar aún más esa capacidad estructural y funcional, los científicos seleccionaron una cepa del split-gill que produce en grandes cantidades dos macromoléculas clave: schizophyllan e hidrofobina.
¿Qué hacen estas dos moléculas?
El schizophyllan es un polisacárido, es decir, una cadena larga de azúcares, que forma fibras nanométricas extraordinariamente largas, lo que le confiere propiedades mecánicas notables. La hidrofobina, por su parte, es una proteína que se acumula en las interfases entre líquidos como el agua y el aceite, actuando como estabilizante. Esta combinación natural otorga al material no solo resistencia, sino también capacidades funcionales como la estabilización de emulsiones.
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De laboratorio a la vida cotidiana
En el laboratorio, los investigadores lograron desarrollar dos productos distintos a partir del micelio vivo. Uno de ellos es una película similar a un plástico, delgada y flexible, con gran resistencia al desgarro gracias a la matriz extracelular enriquecida en schizophyllan. Como las fibras pueden alinearse durante el crecimiento, es posible modificar sus propiedades según el uso deseado.
El otro producto fue una emulsión estable elaborada con los compuestos que el hongo genera naturalmente. Las emulsiones son mezclas de líquidos que normalmente no se combinan —como el agua y el aceite— y se utilizan en productos como cremas, mayonesa, cosméticos o pinturas. La particularidad de esta emulsión es que, al mantenerse vivo, el hongo continúa produciendo las moléculas estabilizantes, haciendo que la mezcla sea cada vez más estable en lugar de separarse.
“El split-gill es comestible y no tóxico”, destaca el investigador Gustav Nyström. “Eso lo hace ideal para industrias como la alimentaria o la cosmética”.
Más allá del plástico: compostaje y electrónica sostenible
Este nuevo biomaterial tiene un potencial mucho más amplio que los ensayos de laboratorio. Su capacidad de interacción con el entorno permite imaginar usos novedosos. Por ejemplo, bolsas para residuos orgánicos que no solo se degraden sino que también ayuden a descomponer su contenido, gracias a la capacidad del hongo de digerir materia vegetal. Otra posibilidad es el desarrollo de sensores ambientales biodegradables que reaccionen a la humedad, o incluso baterías ecológicas en las que los electrodos estén hechos con una especie de “papel fúngico”.
Un nuevo paradigma: materiales que nutren, no contaminan
Lejos de ser un simple sustituto del plástico, este biomaterial representa una nueva forma de pensar el diseño de productos. Es un paso hacia una industria que no solo minimiza su impacto ambiental, sino que incorpora procesos vivos, regenerativos y funcionales desde su origen.
En un mundo urgido por alternativas sostenibles, dejar que los hongos nos ayuden puede ser una de las decisiones más inteligentes —y naturales— del futuro.


