Cataluña no se entiende sin sus cerdos. Con más de 9 millones de animales censados, la región lidera la producción porcina en España y se ubica entre las potencias de Europa. Exporta carne, sostiene empleo rural, alimenta industrias asociadas y representa uno de los pilares económicos del sector agroalimentario catalán.
Pero esa potencia tiene un correlato inevitable: cada cerdo produce entre cuatro y seis veces su peso en purines al año. El resultado es una marea constante de deyecciones líquidas que exigen tratamiento. Y en un territorio limitado y densamente poblado, el desafío es no solo ambiental, sino estratégico.
Durante décadas, los purines fueron vistos como un problema difícil de resolver. Pero esa mirada está cambiando. Hoy se discute otra cosa: ¿cómo convertir lo que hasta ahora era un residuo incómodo en un recurso con valor agregado?
Purines como energía, no como pasivo
Con ese objetivo, el Departamento de Agricultura de la Generalitat anunció un plan para construir 50 nuevas plantas de biogás en cinco años, capaces de tratar hasta el 45 % de los purines porcinos generados en Cataluña. La iniciativa busca transformar un residuo en energía renovable y en fertilizante estabilizado, reduciendo emisiones, olores y riesgos de contaminación.
“Cataluña no puede perder bocado”, afirmó el conseller Òscar Ordeig en la jornada “Las plantas de biogás, una oportunidad para el territorio”, realizada en Lleida. La frase resume una visión: aprovechar lo que ya se produce, cerrar ciclos, y sumar valor donde antes había solo costos.
El evento, organizado junto a la Oficina de Fertilización y Tratamiento de Deyecciones Ganaderas, convocó a expertos del ámbito académico, tecnológico y empresarial. Se debatieron tecnologías disponibles, desafíos normativos y la logística necesaria para implementar estas plantas sin desbordar a las comunidades.
En España, ahora podés elegir entre gas fósil o biometano para tu casa
El biogás en Cataluña: ¿una solución limpia o un nuevo conflicto?
Pero no todo es consenso. Desde la Plataforma Pobles Vius, que se opone a un proyecto en La Sentiu de Sió (Noguera), se denunció que la jornada no incluyó voces críticas. Alertan que las plantas podrían convertirse en polos de atracción de residuos externos, saturar el territorio, y consolidar un modelo extractivista disfrazado de circularidad.
“La Generalitat pone alfombra roja al lobby del biogás europeo”, denunciaron en un comunicado. Y advirtieron: “Si se aprueban las decenas de proyectos actualmente propuestos, el territorio se convertirá en un gran polo de atracción de residuos externos que, previa mezcla con purines, acabarán siendo diseminados por el suelo agrario”.
La crítica no apunta únicamente a la tecnología, sino a la escala, a la opacidad en los procesos de licitación y al uso del suelo rural como espacio de sacrificio. Exigen límites claros, controles estrictos y participación local efectiva.
¿Qué puede —y qué no— hacer el biogás?
Desde el punto de vista técnico, la digestión anaeróbica es una de las mejores herramientas disponibles para el tratamiento de purines. Permite estabilizar el residuo, reducir su carga orgánica, disminuir olores, destruir patógenos y, sobre todo, generar biogás como fuente renovable de energía. Además, produce un subproducto —el digestato— que conserva nutrientes esenciales como nitrógeno y fósforo, que son fundamentales para la fertilidad de los suelos.
Y esto último no es un problema, sino una ventaja. Lo que se necesita no es eliminar esos nutrientes, sino aplicarlos correctamente, en suelos que los demandan y en dosis adecuadas. Para eso, hace falta planificación agronómica, gestión territorial y controles efectivos. Cuando se hace bien, el digestato puede reemplazar parte de los fertilizantes sintéticos y cerrar ciclos que hoy permanecen abiertos.
En otras palabras: el biogás no es una solución mágica, pero tampoco una promesa vacía. Es una tecnología probada, con capacidad real para estabilizar residuos, recuperar nutrientes y generar energía. Como todo sistema técnico, requiere ser bien dimensionado, correctamente implementado y fiscalizado.
Una oportunidad concreta, no una ilusión
Rechazar su implementación “por las dudas” es renunciar de antemano a una herramienta útil, mientras se continúa tolerando —sin tanto cuestionamiento— modelos mucho más contaminantes, como el gas fósil. Lo que hace falta no es frenar el desarrollo, sino aplicar los controles adecuados para que estas plantas funcionen como deben.
Cataluña produce cerdos como pocos lugares en el mundo. El desafío no es abandonar esa economía, sino cerrar su círculo de manera inteligente. El biogás permite eso. Y en tiempos donde transformar residuos en recursos ya no es una opción, sino una obligación, esta puede ser una de las pocas decisiones verdaderamente coherentes que están sobre la mesa.


