Hay discursos que abren debates. Y hay discursos que cierran excusas.
El que dio el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva este domingo en la inauguración de la Hannover Messe —la feria industrial más importante del planeta, donde convergen gobiernos, industrias y tecnologías que definen el rumbo de la economía global— fue, en buena medida, de los segundos. Lula no subió al escenario a presentar visiones ni a esbozar planes. Subió a mostrar lo que Brasil ya tiene: una matriz energética limpia, construida durante décadas, que puede ayudar a Europa a reducir costos, cortar emisiones y aflojar su dependencia de combustibles que llegan —cuando llegan— por rutas cada vez más inestables.
A su lado, el canciller alemán Friedrich Merz. Detrás, empresarios y funcionarios de ambos países. Y adelante, una sala que lo aplaudió en más de una ocasión.
El argumento central, dicho sin rodeos
«Brasil puede ayudar a la Unión Europea a reducir los costos energéticos y a descarbonizar su industria», dijo Lula. La frase suena a diplomacia de manual, pero lo que vino después no. «Para ello, es esencial que las reglas del bloque tengan en cuenta la matriz energética limpia utilizada en nuestros procesos productivos.» Traducido: Europa sigue evaluando los biocombustibles con criterios que ignoran cómo se producen.
Y para que no quedaran dudas sobre a qué se refería, Lula fue más directo aún: «Crear barreras adicionales al acceso de biocombustibles es contraproducente, tanto desde el punto de vista ambiental como energético.»
La tensión que hay detrás de esa frase es real y tiene años. La Unión Europea, en sus sucesivas revisiones de política de energías renovables, ha mantenido criterios de certificación de sostenibilidad que una parte significativa de los productores de biocombustibles de origen agrícola considera desactualizados o directamente diseñados para proteger mercados locales. Para Brasil, que exporta etanol de caña de azúcar con una de las huellas de carbono más bajas del mundo, esas barreras no son una abstracción regulatoria: son un muro concreto en el mercado energético que más necesita alternativas limpias y disponibles.
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Lo que Brasil ya hizo, mientras Europa debate
Los números que Lula llevó a Hannover no son proyecciones. Son el resultado de décadas de política energética sostenida, con altibajos, pero con dirección. Brasil mezcla hoy un 30% de etanol en la gasolina y un 15% de biodiésel en el diésel. El 90% de su electricidad proviene de fuentes limpias: hidroeléctrica, eólica, solar, biomasa. Y todo eso, aclaró Lula, «sin comprometer el cultivo de alimentos ni talar selvas.»
Esa última parte importa porque el debate europeo sobre biocombustibles lleva años contaminado por una narrativa que los presenta como amenaza para los bosques o como competencia para la producción de alimentos. Lula la nombró directamente como: una «falsa narrativa.» Y lo dijo frente a una audiencia que, en buena parte, la ha reproducido sin demasiado escrutinio.
En los últimos tres años, Brasil redujo en un 50% la deforestación en la Amazonía y en un 32% en el Cerrado —la sabana tropical que concentra la mayor parte de la producción agrícola del país—, y asumió el compromiso de llegar a deforestación cero en la Amazonía para 2030.
Una oferta que va más allá de los combustibles
Lula llegó a Hannover con más de un argumento bajo el brazo. Además de los biocombustibles, puso sobre la mesa el potencial de Brasil para producir el hidrógeno verde más barato del mundo —gracias a la combinación de energía eléctrica limpia y abundante con recursos naturales disponibles— y destacó la posición del país en minerales críticos para la descarbonización y la transformación digital. Con apenas el 30% del potencial mineral mapeado, Brasil ya tiene la mayor reserva mundial de niobio, la segunda de grafito y tierras raras, y la tercera de níquel.
Pero aclaró que no concibe a su país como exportador de materia prima. «No vemos a Brasil como un mero exportador de minerales», dijo, y llamó a construir alianzas internacionales con transferencia de tecnología. El mensaje hacia Europa fue nítido: la asociación que propone no es de proveedor a cliente, sino de socios con intereses complementarios en una transición que ninguno puede hacer solo.
La guerra, el diésel y la fragilidad del mundo
El discurso de Lula no fue solo propositivo. También tuvo momentos de diagnóstico crudo sobre el estado del mundo. Calificó como una «locura» el conflicto armado que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán, y reconoció que Brasil no está completamente blindado frente a sus consecuencias: el país importa el 30% del diésel que consume, y el gobierno debió tomar medidas internas para amortiguar el impacto de la inestabilidad en los mercados de energía.
En ese contexto, la propuesta de acelerar la producción de biocombustibles y avanzar hacia el hidrógeno verde no es solo una política climática. Es, también, una estrategia de seguridad energética. Para Brasil y para cualquier economía que dependa de combustibles cuyo precio se fija en mercados que no controla.
Lula fue aún más lejos al plantear el gasto global en armamento. «El mundo gasta 2,7 billones de dólares en guerras mientras persisten las desigualdades», dijo, y emplazó a los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU —Estados Unidos, China, Rusia, Francia y el Reino Unido— a buscar alternativas. Sin compromisos de paz, señaló, cualquier agenda de desarrollo sostenible opera sobre arena movediza.
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La inteligencia artificial y la pregunta que nadie quiere responder
La Hannover Messe 2026 puso el foco, como viene ocurriendo en los últimos años, en la industria 4.0 y en la inteligencia artificial como motor de la productividad. Lula eligió entrar a ese debate desde un ángulo que incomoda: el del trabajo. Reportó que Brasil registra el desempleo más bajo de su historia y que impulsa el fin de la jornada 6×1 —seis días laborales seguidos con apenas uno de descanso, esquema habitual en el comercio y los servicios— para garantizar dos días de descanso semanal.
Y luego lanzó la pregunta que pocos en esa sala querían escuchar tan directo: «Si la inteligencia artificial va a causar el bien que deseamos, debemos recordar que, detrás de cada invención, hay un ser humano. Si este no tiene un mercado laboral, el mundo solo tenderá a empeorar.» No fue una crítica a la tecnología. Fue una exigencia de que quienes la desarrollan y la despliegan se hagan cargo de sus consecuencias.
La misma tecnología que optimiza fábricas, recordó, «se utiliza para seleccionar objetivos militares sin parámetros legales o morales.» La paradoja no era retórica: era el corazón de su argumento. Un mundo que avanza en productividad mientras retrocede en ética no avanza en nada que valga.
Un programa, un momento, una apuesta
Lula anunció que en 2026 Brasil pondrá en marcha un programa que, según describió, priorizará la economía verde y la industria 4.0. No desarrolló detalles de arquitectura ni plazos intermedios, pero el escenario que eligió para anunciarlo lo dice todo: la feria donde se decide el futuro industrial del mundo, junto al líder de la mayor economía europea, en un momento en que la geopolítica obliga a repensar de dónde viene la energía y a qué precio.
Brasil tiene biocombustibles. Tiene electricidad limpia. Tiene minerales. Tiene escala. Y tiene un presidente que viajó al corazón de Europa a decirlo en voz alta, con números, ante quienes tienen el poder de cambiar las reglas o mantenerlas.
Lo que Europa haga con esa oferta es, en buena medida, una decisión sobre qué tipo de transición energética quiere construir y con quiénes.


