El combustible que mueve a los aviones ya no se discute solo en refinerías o despachos técnicos. Cada vez más, empieza a definirse en el lote, entre decisiones agronómicas, rotaciones y nuevos cultivos que hasta hace poco no formaban parte del paisaje productivo. Allí, en ese punto de partida silencioso, se juega una parte creciente del futuro de la aviación.
La presión internacional por reducir emisiones aceleró la búsqueda de alternativas viables para un sector difícil de descarbonizar. En ese contexto, los combustibles sostenibles de aviación (SAF) dejaron de ser una promesa experimental para convertirse en una necesidad concreta, con metas obligatorias en varios mercados y una demanda que empieza a escalar.
Argentina, con su base agroindustrial, aparece naturalmente en esa conversación. Pero el desafío no es menor: no se trata solo de producir biomasa, sino de hacerlo con cultivos adecuados, integrados a los sistemas productivos y capaces de sostener una cadena industrial exigente.
Sobre ese trasfondo se desarrolló la Primera Jornada de Combustibles de Nueva Generación para Aviación, organizada por la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca. El encuentro funcionó como un punto de convergencia entre ciencia, producción y política pública, en un momento donde las definiciones empiezan a tomar forma.
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Cultivos que encuentran un nuevo lugar en el sistema productivo
Camelina, carinata, cártamo, colza y acrocomia empiezan a ganar protagonismo no por reemplazar a los cultivos tradicionales, sino por insertarse en los márgenes del sistema con una lógica complementaria. Su principal valor radica en esa capacidad de integrarse a las rotaciones, aportar cobertura, mejorar la estructura del suelo y, al mismo tiempo, generar una nueva fuente de ingresos.
Durante la jornada se repasó el estado actual de estos cultivos, con foco en su comportamiento agronómico y su adaptación a distintas regiones. Lejos de tratarse de alternativas teóricas, ya forman parte de experiencias productivas concretas que empiezan a escalar.
Los números acompañan esa tendencia. Argentina cuenta con un potencial estimado de 10 millones de hectáreas aptas para este tipo de producciones. En 2025, la superficie implantada superó las 200 mil hectáreas y, según las proyecciones, podría crecer alrededor de un 60 por ciento en 2026.
Dentro de ese conjunto, la carinata ofrece una señal clara de lo que puede venir: el país se posicionó como principal exportador mundial, consolidando un mercado que hasta hace pocos años era incipiente.
Una cadena que se extiende más allá del lote
El salto desde el cultivo hasta el tanque de un avión implica mucho más que producción agrícola. Requiere una cadena integrada donde cada eslabón —desde la extracción de aceites hasta su conversión en biocombustibles avanzados— cumpla estándares técnicos estrictos.
Los SAF, a diferencia de otros biocombustibles, deben adaptarse a motores que operan bajo condiciones extremas de presión y temperatura. Esto exige materias primas con características específicas y procesos industriales altamente controlados.
En paralelo, el encuentro incorporó otra dimensión clave: el aprovechamiento de subproductos de origen animal. El rendering de sebos y grasas provenientes de la industria frigorífica aparece como una fuente complementaria para la producción de biocombustibles, integrando cadenas que históricamente funcionaban por separado.
Esa articulación revela una lógica más amplia, donde los procesos productivos basados en recursos biológicos se conectan entre sí, reducen desperdicios y amplían el valor generado en cada etapa.
Articulación público-privada y conocimiento aplicado
El desarrollo de este nuevo entramado productivo avanza sobre la base de múltiples actores que operan en simultáneo. Durante la jornada, especialistas abordaron desde marcos regulatorios hasta avances tecnológicos, incluyendo el proyecto Biojet como iniciativa orientada a impulsar esta agenda a nivel nacional.
La dimensión técnica estuvo respaldada por equipos de la Facultad de Agronomía de la UBA, mientras que la experiencia en campo y escala productiva fue aportada por productores y empresas como Nufarm, Bunge, RIS Agro, Camelina Company y Los Corralitos.
A su vez, la participación de organismos públicos —como la Secretaría de Energía, el Ministerio de Relaciones Exteriores y el IICA— reflejó que el tema ya no se limita al ámbito agropecuario, sino que forma parte de una estrategia más amplia vinculada a inserción internacional y desarrollo industrial.
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De la expectativa a los próximos pasos concretos
Más allá de las proyecciones, la jornada dejó una serie de avances concretos. Por un lado, la expansión sostenida de la superficie sembrada confirma que los cultivos energéticos empiezan a consolidarse dentro del esquema productivo. Por otro, el posicionamiento exportador de la carinata muestra que ya existe un mercado activo y en crecimiento.
En paralelo, la incorporación de subproductos animales como insumo para biocombustibles amplía la base de recursos disponibles, mientras que iniciativas como Biojet comienzan a delinear un marco tecnológico propio.
El desafío inmediato pasa por escalar estos desarrollos, consolidar reglas de juego claras y articular inversiones que permitan transformar ese potencial en volumen exportable. En ese recorrido, el punto de partida sigue siendo el mismo: un sistema productivo que empieza a adaptarse, cultivo por cultivo, a una demanda que ya está en marcha.


