Hace décadas que el etanol mueve los autos de Brasil. Alimenta los tanques de los vehículos flex fuel —que pueden funcionar con mezclas de nafta y etanol desde el 30% hasta el 100% puro— y sostiene una industria valuada en alrededor de 20.000 millones de dólares anuales, la segunda más grande del mundo detrás de la estadounidense. Esa trayectoria construyó infraestructura, cadenas logísticas y conocimiento técnico a lo largo de todo el territorio. Lo que nunca había pasado, hasta ahora, era que ese mismo combustible encendiera un motor para generar electricidad que se vuelque directamente a la red nacional.
Eso acaba ocurrir en la planta Suape II, en el litoral de Pernambuco, en el nordeste brasileño. Allí, Suape Energia —la empresa operadora de la central— y Wärtsilä —la multinacional finlandesa especializada en tecnologías de generación de energía y propulsión naval, con décadas de experiencia en motores industriales de combustión— pusieron en marcha lo que ambas describen como el primer motor diseñado específicamente para quemar bioetanol y volcar esa energía a la red eléctrica. No se trata de una adaptación de un sistema existente, sino que es un desarrollo pensado desde el principio para ese combustible y ese uso.
«Brasil es un líder mundial en producción de etanol, pero su uso potencial en generación eléctrica ha sido, hasta ahora, ignorado», señaló José Faustino Cândido, director técnico de Suape Energia.
El motor operará durante miles de horas en condiciones reales —con la presión de una red eléctrica viva, no en un laboratorio— y producirá los datos que permitan evaluar rendimiento, estabilidad operativa, costos y comportamiento del sistema. Es un piloto en escala real, y los resultados que arroje en los próximos años serán el insumo central para determinar si la vía es viable a mayor escala, tanto en Brasil como en otros países.
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La pregunta que busca responder tiene una lógica clara. La expansión de las fuentes renovables —solar y eólica, principalmente— enfrenta un problema estructural que pocas veces se nombra con precisión: son intermitentes. Generan cuando hay sol o viento, no necesariamente cuando la demanda lo exige. Para equilibrar esa brecha, los sistemas eléctricos necesitan fuentes despachables: electricidad que pueda producirse a pedido, cuando se la necesita. Hoy esa función la cumplen principalmente los combustibles fósiles. El ensayo de Pernambuco apunta a explorar si el bioetanol puede hacer lo mismo, pero con una huella de carbono radicalmente distinta.
El combustible que alimenta el motor proviene, como casi todo el etanol brasileño que se consume en el norte del país, de la caña de azúcar. Brasil no solo es el mayor productor de etanol de caña del mundo: también lo consume más que nadie. Esa posición —con cadenas de producción, transporte y almacenamiento ya consolidadas— es lo que hace posible ensayar este tipo de aplicación sin construir una infraestructura desde cero.


