jueves, abril 16, 2026
 

Collares que germinan impresos en 3D: la revolución verde del Mardi Gras

Los collares PlantMe Beads, impresos en 3D con bioplástico de maíz y semillas de okra, ya se lanzaron en desfiles de Nueva Orleans: una innovación de LSU que convierte tradición en sostenibilidad sin perder la fiesta.

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En Nueva Orleans, cada año, durante varias semanas, la ciudad se transforma en un escenario desbordado de música, disfraces y carrozas monumentales. Es el Mardi Gras, una celebración que antecede a la Cuaresma en el calendario cristiano (Carnaval) y que, en esta ciudad del sur de Estados Unidos, se convirtió en una de las fiestas callejeras más famosas del planeta. Millones de personas se congregan para ver desfilar a las comparsas y, sobre todo, para atrapar en el aire los collares de colores que se lanzan desde las carrozas.

Esos collares —largas tiras de pequeñas esferas plásticas ensambladas en forma circular— son casi tan emblemáticos como las máscaras y los trajes brillantes. Se producen en masa, se compran por millones y se arrojan al público como gesto festivo. El problema es lo que ocurre después. Una vez que termina la música, la ciudad debe lidiar con una resaca ambiental: se estima que cada año se descartan alrededor de 12 millones de kilogramos de estos collares plásticos, muchos de los cuales terminan obstruyendo desagües y alcanzando canales y cursos de agua.

En ese cruce entre tradición cultural y crisis ambiental aparece una pregunta que atraviesa a toda la bioeconomía contemporánea: ¿cómo reemplazar objetos cotidianos, baratos y masivos, fabricados con derivados del petróleo, por alternativas renovables y biodegradables sin perder funcionalidad ni identidad cultural?

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Collares biodegradables Mardi Gras: innovación desde la universidad pública

La respuesta comenzó a tomar forma en los laboratorios de la Louisiana State University, una institución pública con fuerte desarrollo en ciencias biológicas y ambientales. Allí, un equipo liderado por Naohiro Kato, profesor del Departamento de Ciencias Biológicas, se propuso rediseñar el objeto más icónico del Mardi Gras: el collar.

El resultado son los llamados PlantMe beads, collares biodegradables impresos en 3D a partir de ácido poliláctico, más conocido como PLA. Este material es un bioplástico obtenido a partir de recursos renovables como el maíz o la caña de azúcar y se utiliza ampliamente en filamentos para impresión 3D. A diferencia de los plásticos convencionales derivados del petróleo, el PLA puede degradarse en condiciones adecuadas, reduciendo su persistencia en el ambiente.

Durante el Mardi Gras 2026, más de 3.000 de estos collares fueron lanzados en los desfiles de Nueva Orleans. Aunque la cifra es pequeña frente a los millones de unidades tradicionales que circulan cada año, marca un paso concreto en un proceso que comenzó en 2022 con pruebas piloto a menor escala.

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Del laboratorio a la calle: desafíos técnicos y económicos

El camino no fue lineal. En las primeras etapas del proyecto, el equipo experimentó con un bioplástico derivado de microalgas, una materia prima con enorme potencial dentro de la bioindustria por su capacidad de capturar carbono y crecer en ambientes controlados. Sin embargo, la posibilidad de escalar la producción a volúmenes compatibles con la magnitud del Mardi Gras resultó económicamente inviable.

“Es muy desafiante reemplazar estos materiales plásticos tan económicos por alternativas más sostenibles”, reconoció Naohiro Kato en declaraciones a la revista Time. La frase sintetiza uno de los grandes nudos de la transición hacia la bioeconomía: competir contra décadas de optimización industrial del plástico fósil, cuyo costo extremadamente bajo es difícil de igualar.

La decisión fue entonces apostar por el PLA y por un modelo de producción distribuido. Los investigadores liberaron en formato abierto los archivos digitales para imprimir los collares en 3D. De este modo, bibliotecas, escuelas y grupos comunitarios con acceso a impresoras pueden fabricar localmente los PlantMe beads, reduciendo barreras de entrada y fomentando la participación ciudadana.

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Semillas de okra: cuando el residuo puede transformarse en planta

Cada uno de estos collares biodegradables Mardi Gras incluye en su interior semillas de okra, una hortaliza ampliamente cultivada en el sur de Estados Unidos y adaptada al clima de Luisiana. La inclusión de semillas cumple una función técnica y simbólica. Por un lado, ayuda a que el material se fragmente y se integre más rápidamente al entorno si queda en contacto con el suelo y la humedad. Por otro, introduce la posibilidad de que aquello que fue arrojado como símbolo festivo pueda convertirse, eventualmente, en una planta.

El gesto transforma la lógica lineal de usar y descartar en un intento de ciclo biológico. En lugar de un objeto que termina obstruyendo una alcantarilla, la propuesta es un material que puede reintegrarse al suelo.

Sin embargo, el propio Kato advierte que el cambio material no es suficiente. “La verdadera solución para un Mardi Gras sostenible no es solo la biodegradación, sino la mentalidad de las personas. Muchos miembros de las krewes son conscientes de que es momento de cambiar”, señaló también a Time. Las krewes, los clubes sociales que organizan los desfiles y deciden qué objetos se lanzan al público, son actores clave en esta transformación.

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Tradición, cultura y bioeconomía

El Mardi Gras no es simplemente un evento turístico; es una tradición con raíces históricas profundas en la cultura de Nueva Orleans. Modificar uno de sus símbolos implica dialogar con identidad, costumbre y economía local. Por eso, la estrategia del equipo de la universidad no busca imponer una prohibición, sino ofrecer una alternativa viable que conserve el ritual del lanzamiento de collares, pero reduzca su impacto ambiental.

La experiencia de los collares biodegradables Mardi Gras muestra cómo la bioeconomía puede intervenir en espacios inesperados. No se trata solo de grandes biorrefinerías o combustibles avanzados, sino también de objetos cotidianos que, multiplicados por millones, generan impactos significativos.

Más de 3.000 collares impresos en 3D no resolverán por sí solos los 12 millones de kilogramos de plástico que cada año se acumulan tras la fiesta. Pero representan una señal clara: incluso las celebraciones más exuberantes pueden empezar a repensarse desde la ciencia y la sostenibilidad. Y tal vez, en el futuro, la lluvia de colores que cae sobre Nueva Orleans no solo simbolice alegría, sino también una nueva forma de celebrar sin dejar una huella persistente en el ambiente.

 
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