Durante demasiado tiempo, América Latina entró al mundo con el mismo libreto: vender naturaleza y comprar desarrollo. Exportó granos, azúcar, cacao, aceites, fibras, madera y minerales, mientras el valor agregado, la tecnología y la capacidad de fijar agenda parecían concentrarse en otros lugares.
La paradoja era evidente. Una región extraordinariamente rica en vida —en suelos fértiles, agua, biodiversidad y capacidad fotosintética— pero que rara vez logró traducir esa riqueza biológica en una estrategia productiva propia.
Ese equilibrio empezó a moverse en las últimas dos décadas. A medida que el mundo comenzó a discutir simultáneamente cambio climático, seguridad alimentaria, transición energética y nuevos materiales, aquello que América produce con mayor naturalidad —biomasa— empezó a adquirir otro significado económico y político.
La fotosíntesis dejó de ser solo un proceso biológico. Empezó a verse como una plataforma productiva.
De ahí surge la bioeconomía: una forma de organizar la producción a partir de procesos biológicos, conocimiento científico y transformación industrial de la biomasa.
En un continente donde la agricultura, los bosques, la biodiversidad y también los saberes productivos acumulados durante generaciones en los territorios rurales forman parte de la estructura económica, esa idea empezó a resonar con fuerza. Pero como ocurre con casi todos los cambios de paradigma, primero apareció de manera dispersa: en los biocombustibles, en la biotecnología agrícola, en la valorización de residuos biológicos, en el debate sobre el carbono de los suelos o en la necesidad de revitalizar los territorios rurales.
Sin embargo, América convive con profundas asimetrías productivas y tecnológicas. Aprender de esas experiencias, extraer sus lecciones y llevar ese conocimiento a otros territorios se volvió parte central del desafío.
Y el lugar donde esa conversación comenzó a adquirir forma institucional fue el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
Llevar la voz de la agricultura a las grandes discusiones globales
Una de las decisiones más visibles del IICA fue llevar esta conversación al escenario donde hoy se define buena parte de la agenda climática global: las Conferencias de las Partes de Naciones Unidas.
Desde 2022 el IICA impulsa en las cumbres climáticas la Casa de la Agricultura Sostenible de las Américas, un espacio destinado a mostrar evidencia científica y experiencias productivas del continente en materia de sostenibilidad, innovación agrícola y mitigación climática.
La iniciativa surgió en la COP27 de Egipto y continuó en las conferencias posteriores, convirtiéndose en un punto de encuentro para ministros, científicos, empresas, organismos internacionales y representantes del sector productivo.
El instituto fue clave para acercar posiciones y hacer que los países del continente llegaran a esas discusiones con un mensaje unificado sobre el lugar del agro en la agenda climática. En ese contexto comenzaron a instalarse temas que hoy ocupan el centro del debate bioeconómico: el rol del carbono en los suelos agrícolas, la agricultura regenerativa, la bioenergía, la innovación biotecnológica y el potencial de la biomasa para reemplazar recursos fósiles.
Los suelos vuelven al centro del sistema productivo
Uno de los ejes donde esa mirada se volvió más concreta fue el de los suelos.
Durante décadas el suelo fue visto principalmente como el soporte físico de la producción agrícola. Sin embargo, a medida que avanzaron los estudios sobre carbono y cambio climático, comenzó a reconocerse su papel como uno de los principales reservorios de carbono del planeta.
Con esa premisa, el IICA lanzó en 2020 la iniciativa Suelos Vivos de las Américas, orientada a promover prácticas agrícolas que regeneren suelos degradados y aumenten su contenido de carbono orgánico.
El programa cuenta con el liderazgo científico de Rattan Lal, Premio Mundial de la Alimentación y una de las figuras más influyentes del mundo en ciencias del suelo, quien fue designado embajador de buena voluntad del instituto.
La idea detrás de esta iniciativa es que la salud del suelo no es solo un problema agronómico. Es también una cuestión climática, productiva y económica.
Biocombustibles: la biomasa entra en la transición energética
Otro de los espacios donde la bioeconomía comenzó a adquirir escala continental fue el de los biocombustibles.
La región tiene una larga experiencia en la producción de combustibles renovables a partir de cultivos agrícolas. Brasil con el etanol de caña, Estados Unidos con el maíz, Argentina con el biodiésel de soja y varios países del continente desarrollaron políticas de mezcla obligatoria en combustibles.
Sin embargo, durante años esos desarrollos fueron interpretados como políticas sectoriales.
El IICA ayudó a trasladar esa discusión hacia un plano más amplio al impulsar la creación de la Coalición Panamericana de Biocombustibles Líquidos, que reúne a asociaciones de la agroindustria y de la bioenergía de distintos países del continente.
La coalición busca posicionar a los biocombustibles como parte de la transición energética global, especialmente en sectores difíciles de descarbonizar, como la aviación o el transporte pesado.
Ciencia y biotecnología en la agricultura moderna
La bioeconomía también puso en primer plano el papel del conocimiento científico, no solo en la agricultura sino también en los procesos de transformación de la biomasa.
La biotecnología permitió desarrollar cultivos más productivos, más resistentes al estrés climático y más eficientes en el uso de recursos. Pero también abrió nuevas posibilidades en la transformación de la biomasa, a través de microorganismos, enzimas y procesos biológicos diseñados para producir alimentos, energía, materiales y una amplia gama de bioproductos.
Al mismo tiempo, estas tecnologías también enfrentan resistencias sociales y regulatorias en muchos países. En ese terreno, el IICA ha sido una voz activa para promover debates basados en evidencia científica, desmontar mitos y abrir discusiones informadas sobre el papel de la biotecnología en la agricultura del futuro.
La cuestión es estratégica. Si la biomasa será una de las materias primas centrales de la economía del siglo XXI, la capacidad científica no solo para transformarla sino también para producirla de manera más eficiente, estable y resiliente frente al cambio climático será tan importante como la disponibilidad de tierra o agua.
Jóvenes, tecnología y el futuro del agro
Pero la bioeconomía no se construye solo con recursos naturales y ciencia. También requiere capital humano.
A medida que la agricultura incorpora biología, ingeniería, datos y tecnología digital, el sector necesita atraer nuevas generaciones con perfiles cada vez más vinculados al conocimiento.
En esa línea, el IICA desarrolló iniciativas como el Centro Integral para la Interpretación de la Agricultura del Mañana (CIMAG), creado en alianza con empresas tecnológicas para mostrar cómo funciona la agricultura moderna a través de simuladores, realidad virtual y herramientas digitales.
Más que un espacio de capacitación tradicional, el proyecto propone experiencias de aprendizaje inmersivas —aprender haciendo, experimentar, jugar con la tecnología— para mostrar que la agricultura del siglo XXI combina ciencia, innovación y producción.
La idea es que las nuevas generaciones descubran que el agro también es un espacio atractivo donde aplicar talento, tecnología y creatividad para enfrentar los grandes desafíos del planeta.
Bioeconomía y desarrollo rural
El enfoque bioeconómico también abre oportunidades para territorios rurales donde predominan pequeños productores.
En América Latina la agricultura familiar representa la mayoría de las unidades productivas y cumple un papel central en la producción de alimentos y en la economía de muchas regiones.
Integrar a estos productores en nuevas cadenas de valor basadas en biomasa, bioenergía, bioinsumos o productos derivados de la biodiversidad puede convertirse en una estrategia poderosa de desarrollo territorial. En muchos casos, el valor no surge solo de la escala productiva, sino de la identidad de los territorios: desde rutas del vino o del café hasta fibras andinas o productos vinculados a la biodiversidad nativa que encuentran nichos de alto valor en los mercados internacionales.
En ese sentido, el IICA viene trabajando en programas orientados a fortalecer las capacidades productivas, tecnológicas y organizativas de la agricultura familiar, con el objetivo de que el nuevo paradigma bioeconómico también genere oportunidades para los sectores rurales más pequeños.
Una conversación que recién empieza
La bioeconomía todavía está lejos de ser un modelo productivo consolidado. Muchas de sus tecnologías siguen evolucionando, los mercados de bioproductos continúan desarrollándose y cada país deberá encontrar su propio camino.
Pero algo sí parece haber cambiado: la forma de pensar el papel de la agricultura en América.
Durante mucho tiempo el mayor activo del continente fue visto simplemente como una dotación de recursos naturales. Hoy empieza a interpretarse como una plataforma biológica capaz de producir alimentos, energía, materiales y soluciones ambientales.
En esa conversación —que mezcla ciencia, producción, clima y geopolítica— el IICA ha sido uno de los espacios donde esa nueva mirada comenzó a tomar forma.
Y en una región que durante décadas exportó naturaleza sin lograr convertir plenamente esa riqueza biológica en estrategia de desarrollo, ayudar a ordenar esa conversación no es un detalle menor.


