Hay alimentos que sobreviven al paso del tiempo sin perder su lugar en la mesa. El queso es uno de ellos. Nació de procesos biológicos espontáneos, mucho antes de que existieran los laboratorios, y hoy sigue dependiendo de esa misma lógica: microorganismos que transforman, enzimas que actúan y tiempo que define resultados. Cada pieza condensa ese vínculo entre naturaleza y conocimiento aplicado.
En ese cruce, el Día Mundial del Queso – que se celebra cada 27 de marzo – funciona como una oportunidad para mirar más allá del consumo cotidiano. En un país con fuerte tradición lechera como Argentina, el queso no solo amplía las formas de consumir leche: también permite estabilizarla, diversificarla y llevarla a nuevos usos. Es, en ese sentido, una forma concreta de agregar valor a partir de procesos biológicos.
Una historia que comienza con la leche y evoluciona con la innovación
Con casi un siglo de trayectoria, La Serenísima forma parte de ese recorrido productivo. Sus primeros pasos, en 1929, estuvieron ligados a elaboraciones básicas como la ricotta y la mozzarella. Con el tiempo, ese punto de partida se fue complejizando hasta dar lugar a una oferta amplia, donde cada producto responde a decisiones técnicas específicas.
La elaboración de queso implica ajustar variables con precisión: desde los cultivos lácticos que inician la fermentación hasta el manejo de la humedad y las condiciones de maduración. En ese proceso, la intervención humana guía transformaciones biológicas que definen textura, aroma y sabor.
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Diversidad que nace del tiempo y la transformación biológica
La línea La Serenísima Selección refleja esa lógica. Quesos duros, semiduros, blandos y especiales conviven con formatos rallados, en hebras, procesados y untables. No se trata solo de variedad comercial, sino de distintas formas de trabajar la misma materia prima.
El Pategrás presenta un perfil suave con un leve tono picante que lo vuelve versátil para picadas. El Gouda combina firmeza con notas mantecosas que se desarrollan durante su maduración. El Sardo, más seco, se integra con facilidad en preparaciones calientes, mientras que el Parmesano, sometido a un proceso más prolongado, adquiere su textura granulosa y un sabor más concentrado.
Estos perfiles no son casuales. Durante la maduración, proteínas y grasas se degradan de manera controlada, liberando compuestos que definen la identidad de cada queso. Es un proceso silencioso, pero decisivo.
Cómo aprovechar al máximo sus propiedades
El modo de consumo también influye en la experiencia. Llevar el queso a temperatura ambiente antes de servirlo permite que los aromas se expresen con mayor claridad. En frío, en cambio, muchas de esas notas quedan atenuadas.
La conservación requiere el camino inverso: mantener la refrigeración adecuada para preservar sus características y garantizar su seguridad. Desde el punto de vista nutricional, los quesos aportan proteínas de alta calidad y calcio, elementos centrales en la alimentación diaria.
A su vez, la incorporación de opciones sin lactosa y libres de gluten responde a cambios en la demanda y amplía las posibilidades de consumo, sin alterar la base del proceso productivo.
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Del tambo al producto: un recorrido con valor agregado
Transformar leche en queso implica extender su vida útil y concentrar sus nutrientes. Ese pasaje no es solo técnico: también tiene impacto en la organización de la producción, en la logística y en las economías regionales vinculadas a la lechería.
En ese esquema, Mastellone Hnos. sostiene una línea de trabajo basada en la continuidad productiva y la adaptación a nuevas exigencias del consumo. La diversificación de su portfolio y el desarrollo de nuevas variantes muestran cómo un proceso tradicional puede seguir evolucionando sin perder su base biológica.
Hoy, esa evolución se expresa en una oferta que combina productos clásicos con alternativas adaptadas a distintas necesidades alimentarias. Más que una celebración puntual, el Día Mundial del Queso pone en primer plano un proceso que sigue activo: transformar leche en alimentos con identidad propia, a partir de conocimiento, tiempo y control sobre los procesos biológicos.


