Una parcela de unas diez hectáreas en el Regency de Tapin, en Kalimantan del Sur —la porción indonesia de la isla de Borneo—, que hasta hace poco formaba parte de una explotación carbonífera, será el terreno de prueba de uno de los experimentos más singulares en el cruce entre rehabilitación ambiental y producción de biocombustibles en Asia.
Allí, a partir de 2026 y durante cinco años, un consorcio de seis empresas cultivará pongamia: una leguminosa arbórea de semillas oleaginosas que crece de forma silvestre en los trópicos y que un grupo de actores corporativos japoneses e indonesios quiere convertir en materia prima para combustibles renovables. El proyecto no solo busca verificar si la planta puede crecer en suelos degradados por la actividad extractiva, sino también evaluar si ese proceso puede generar créditos de carbono y, en última instancia, sostener una cadena de suministro comercialmente viable.
Seis empresas, un objetivo
El consorcio reúne perfiles complementarios. Mitsui O.S.K. Lines —conocida como MOL, una de las navieras más grandes del mundo, con sede en Tokio— aporta capacidad logística y experiencia en cadenas de suministro de energía a escala global. Hanwa Co., Ltd., también japonesa y con base en Tokio, es una trading company especializada en materiales, energía y alimentos con presencia en decenas de países. NH Foods Ltd., grupo de procesamiento de proteínas animales con sede en Osaka, orienta su participación hacia los coproductos del proceso: la torta residual tras la extracción del aceite de pongamia tiene potencial como insumo en nutrición animal.
Del lado indonesio e internacional, PT Hasnur Group —con sede en Yakarta del Sur— es un conglomerado local con larga trayectoria en minería de carbón y, más recientemente, en energía y agroindustria en Kalimantan; su rol es central porque provee el terreno y el conocimiento del territorio. Four Pride Management Pte. Ltd., una firma de gestión con base en Singapur, opera como articulador regional. Y SPIL Ventures, con sede en Yakarta Central, completa el mapa con foco en inversiones orientadas a sostenibilidad en el sudeste asiático.
Para la dimensión técnica del cultivo, el consorcio recurrirá al BRIN —el Badan Riset dan Inovasi Nasional, la Agencia Nacional de Investigación e Innovación de Indonesia, organismo gubernamental que centraliza las capacidades científicas del país— y a una universidad japonesa con especialización en producción vegetal y obtención de semillas.
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¿Qué es la pongamia y por qué importa?
La pongamia (Millettia pinnata, también clasificada como Pongamia pinnata) es un árbol leguminoso originario de la India que se distribuye naturalmente a lo largo de las regiones cálidas y húmedas de Asia meridional, el sudeste asiático, el norte de Australia y las islas del Pacífico occidental. Crece en climas tropicales y subtropicales, tolera suelos pobres y salinos, y tiene la capacidad de fijar nitrógeno atmosférico, lo que le permite prosperar en terrenos donde muchos otros cultivos no sobrevivirían.
Sus semillas contienen entre un 30 y un 45 por ciento de aceite, y ese aceite es el corazón del interés comercial: no es comestible para humanos ni para la mayor parte de los animales de consumo, lo que elimina de raíz la tensión entre producción energética y cadena alimentaria que históricamente ha complicado la discusión sobre otras materias primas para biocombustibles.
Desde el punto de vista agronómico, la planta también tiene atributos concretos para el contexto del proyecto: puede crecer en suelos degradados, tiene un ciclo de vida largo como árbol perenne y, una vez establecida, requiere muy pocos nutrientes. Son esas características las que la hacen especialmente interesante para la rehabilitación de terrenos que la minería dejó comprometidos.
El legado de la mina
Kalimantan del Sur es una de las regiones mineras más activas de Indonesia. Décadas de extracción de carbón dejaron un mapa de pasivos ambientales: suelos compactados, perfiles edáficos alterados, napas freáticas perturbadas y superficies que los ecosistemas naturales tardan décadas en recuperar por sí solos. La zona de Tapin es parte de ese paisaje.
Usar esas diez hectáreas para un cultivo experimental no es una decisión exclusivamente técnica. Si la pongamia demuestra que puede crecer y producir en ese suelo, el resultado abriría una lógica de rehabilitación activa en la que la recuperación ambiental genera, al mismo tiempo, valor económico y captación de carbono —algo que los modelos convencionales de restauración minera raramente consiguen combinar.
Sobre ese último punto, el proyecto contempla una evaluación formal del potencial de generación de créditos de carbono. La forestación con especies leguminosas en suelos degradados puede representar una captura neta certificable bajo distintos estándares internacionales, lo que añade una dimensión financiera adicional al modelo que el consorcio quiere construir.
Cinco años para responder preguntas clave
El piloto que arrancará en 2026 es, antes que nada, un ejercicio de verificación técnica estructurado en torno a preguntas precisas. La primera y más básica: ¿puede la pongamia crecer bien en ese suelo específico, con ese historial minero, en esas condiciones climáticas? Los datos de crecimiento que se recolecten durante el período servirán para modelar proyecciones de rendimiento a mayor escala.
La segunda pregunta es logística: ¿cómo sería la cadena de suministro desde la cosecha de semillas hasta la producción de biocombustible? El consorcio incluye actores con capacidad para responder esa pregunta desde distintos eslabones —logística marítima, trading, procesamiento—, lo que indica que el proyecto fue diseñado desde el inicio con la escala en mente.
La tercera es económica y regulatoria: ¿bajo qué condiciones de mercado y de política de biocombustibles tiene sentido comercial este modelo? La respuesta dependerá en parte de cómo evolucionen los marcos de incentivos para combustibles renovables en Japón, Indonesia y los mercados de destino potenciales, que incluyen el sector marítimo —donde MOL tiene interés directo— y la aviación.
La cuarta, transversal a todo lo anterior, es la pregunta por los créditos de carbono: qué valor puede generar el proceso de revegetación de suelos degradados en términos de captura certificable, y bajo qué metodologías.
Los resultados del piloto están previstos para 2031. Antes de eso, el consorcio deberá completar la verificación agronómica en campo, definir los protocolos de extracción y transporte, y presentar la metodología de créditos de carbono ante los organismos de certificación correspondientes. Son esos pasos —concretos, secuenciados y con actores identificados— los que determinarán si este experimento en Borneo se convierte en un modelo replicable para otros pasivos mineros de la región.


