Uruguay es un país pequeño rodeado de gigantes. En materia de granos y biocombustibles, jamás competirá en volumen con Brasil o Argentina, sus vecinos inmediatos. Pero esa aparente desventaja se ha vuelto, paradójicamente, el punto de partida de una estrategia distinta: en lugar de disputar toneladas, apostar a la flexibilidad, a los nichos y al valor agregado. Esa es, en esencia, la hoja de ruta con la que Alcoholes del Uruguay (Alur) busca dejar atrás su perfil de simple productora de biocombustibles para asumir un papel más ambicioso: el de plataforma para el desarrollo de la bioeconomía nacional.
Alur es una empresa del grupo Ancap —la petrolera estatal uruguaya— dedicada a la producción de bioetanol, biodiésel, azúcar, alimento animal y aceites, con plantas en Bella Unión, Paysandú y Montevideo. En una entrevista con Búsqueda, su presidente, Marcelo Sadres, explicó cómo la actual conducción busca reordenar las prioridades de la compañía y, al mismo tiempo, anticiparse a un escenario energético global que se mueve cada vez más rápido.
Tres ejes y dos prioridades transversales
La gestión que encabeza Sadres se apoya en tres ejes estratégicos: mejorar la eficiencia; fortalecer el rol económico y social de la empresa, y proyectar una visión de futuro que la posicione como plataforma de la bioeconomía nacional. A ellos se suman dos prioridades transversales que atraviesan toda la operación: poner a las personas en el centro de cada decisión e incorporar la sostenibilidad como criterio permanente de gestión.
El primer eje apunta a la excelencia operacional y la reducción de costos, y su lógica es directa. Como integrante del grupo Ancap, los costos de Alur terminan trasladándose al precio del combustible. Producir al menor costo posible, entonces, no es apenas una meta interna: es también una forma de contribuir a minimizar el impacto sobre el consumidor final.
El segundo eje se vincula al peso económico y social de la empresa en los territorios donde su presencia resulta determinante. Con ese objetivo, Alur lleva adelante, junto a una consultora internacional, un estudio de impacto económico y social de la cadena en Bella Unión, cuyos resultados estarán disponibles durante este año. La pregunta de fondo es cómo lograr que el valor que genera la empresa se distribuya de manera más equitativa entre las comunidades.
El tercer eje es el que mejor sintetiza la ambición de fondo. Uruguay dispone de una enorme fortaleza en su producción agrícola y pecuaria, y el desafío consiste en agregarle valor mediante ciencia, tecnología e innovación: desarrollar nuevas cadenas productivas, generar empleo y aportar al crecimiento de la economía.
Los números de una empresa multiproducto
Para dimensionar el punto de partida, la facturación ofrece una fotografía útil. En 2025 Alur facturó US$ 234,4 millones: 61% correspondió al negocio de biocombustibles, 15% a alimento animal, 14% a aceite crudo, 5% a azúcar, 2% a solventes y 3% a otros negocios. En cuanto a la molienda de oleaginosas, ese año alcanzó las 127.000 toneladas, un volumen que fluctúa según la disponibilidad de granos y la demanda externa, ya que —salvo las harinas proteicas— el grueso del aceite y del biodiésel se destina a la exportación.
Plantas flexibles: la ventaja de adaptarse
Entre las fortalezas que Sadres destaca sobresale la versatilidad industrial, y la planta de Paysandú lo ilustra bien. Viene trabajando prácticamente a plena capacidad, con una producción cercana a los 69.000 metros cúbicos de bioetanol en el último año. Fue concebida como una instalación multigrano: diseñada originalmente para procesar sorgo, luego operó con trigo y más tarde incorporó el maíz como materia prima principal. Este año, las dificultades de disponibilidad de maíz llevaron a combinar nuevamente con trigo. En total, durante 2025 la empresa demandó 169.000 toneladas de cereales.
Esa capacidad de cambiar de insumo según las condiciones del mercado o de la oferta agrícola es, para el ejecutivo, una de las mayores fortalezas de la compañía. En un contexto internacional cada vez más competitivo, la flexibilidad se vuelve un factor decisivo.
Biocombustibles disponibles hoy para descarbonizar
La visión de Alur sobre los biocombustibles es clara y se apoya en su condición de solución concreta y ya disponible: son tecnologías que permiten avanzar hacia una economía de menores emisiones mientras maduran otras alternativas energéticas. Hoy la empresa trabaja principalmente con materias primas de primera generación —caña de azúcar en Bella Unión, maíz y trigo para bioetanol en Paysandú, y oleaginosas como canola y soja para aceites y biodiésel en Montevideo—, pero su mirada ya se extiende hacia nuevos insumos.
Ganan relevancia, en ese sentido, cultivos como la camelina y la carinata, que la normativa europea reconoce como cultivos de interzafra por su capacidad de producir biomasa sin desplazar a otros cultivos agrícolas. Se trata de especies oleaginosas que se siembran entre dos cultivos principales, aprovechando ventanas de tiempo en las que el suelo permanecería descubierto: aportan aceite para uso energético mientras el terreno conserva su producción habitual de alimentos. A esa lista se suman la pongamia y las materias primas de la economía circular, como los aceites usados de fritura y las grasas animales.
Nuevos negocios: servicios industriales y aceites certificados
Uno de los giros más concretos de la gestión es dejar de concebir la infraestructura únicamente como una fábrica de producto propio. Entre las alternativas en estudio figura aprovechar la capacidad instalada de las plantas para brindar servicios industriales: importar determinados aceites, procesarlos en Uruguay y transformarlos en biodiésel para terceros.
En paralelo, la empresa avanza en un terreno donde el país podría construir una ventaja difícil de igualar: la trazabilidad y la certificación. Alur desarrolla sistemas de trazabilidad para distintos cultivos, con énfasis en la canola, y calcula la huella de carbono de sus sistemas productivos a partir de información generada en Uruguay y no solo de referencias internacionales. Estas herramientas abren la puerta a mercados que reconocen ese valor y que, en algunos casos, permiten trasladarlo a los propios productores mediante mejores condiciones comerciales.
SAF: dos rutas hacia el combustible de aviación
La transición energética plantea oportunidades particularmente nítidas en los sectores más difíciles de descarbonizar. Entre ellos se destacan la aviación y el transporte marítimo, dos actividades que dependerán de combustibles líquidos de bajas emisiones durante muchos años. Allí entra en juego el SAF (Sustainable Aviation Fuel o combustible sostenible de aviación), capaz de reemplazar al querosene aeronáutico tradicional con una huella de carbono considerablemente menor y compatible con las aeronaves y la infraestructura de abastecimiento ya existentes.
Alur analiza las dos rutas principales para producirlo. Una parte de alcoholes, con el etanol como materia prima (Alcohol-to-Jet); la otra, más desarrollada a escala comercial, parte de aceites vegetales y otras materias primas lipídicas transformadas mediante procesos industriales específicos (ruta HEFA). Según las capacidades instaladas y los insumos disponibles, el país podría situarse como proveedor de materias primas para esas cadenas o como un actor con mayor grado de industrialización.
La oportunidad, además, comienza en el origen. La empresa estudia desarrollar aceites trazables y certificados que puedan transformarse en combustible de aviación, garantizando desde el campo el cumplimiento de los requisitos ambientales que exigen los mercados internacionales.
El CO₂ que hoy se libera y mañana podría ser insumo
El ejemplo más elocuente de economía circular que imagina la empresa gira en torno a un gas que hoy se pierde. Alur observa con expectativa el avance del proyecto de HIF en Paysandú, ya que podría convertirse en proveedor del dióxido de carbono generado durante la fermentación del bioetanol. HIF (HIF Global) es una compañía dedicada a producir combustibles sintéticos —los llamados e-fuels— a partir de hidrógeno verde.
El mecanismo condensa la idea de integración industrial. Actualmente ese dióxido de carbono biogénico se libera a la atmósfera; un proyecto de hidrógeno verde permitiría capturarlo y aprovecharlo como insumo, combinándolo con hidrógeno para sintetizar nuevos combustibles. Un subproducto de un proceso se transforma así en materia prima de otro: exactamente el tipo de encadenamiento que Alur proyecta para el futuro de la bioeconomía uruguaya.


