En tiempos donde la sostenibilidad se recita en todos los foros, pero se concreta en menos lugares, Microsoft vuelve a mover una ficha estratégica en el tablero climático global. La empresa tecnológica ha decidido ampliar su acuerdo de captura de carbono con la energética sueca Stockholm Exergi, transformando lo que ya era una alianza destacada en un proyecto insignia de remoción de carbono a nivel mundial.
Con esta nueva etapa, el volumen comprometido para remover asciende a 5,08 millones de toneladas de dióxido de carbono biogénico, que serán capturadas y almacenadas de forma permanente en un complejo sistema transfronterizo que une bosques escandinavos, tecnología industrial de punta y formaciones geológicas bajo el Mar del Norte. El nuevo número representa un incremento de casi 2 millones de toneladas respecto al acuerdo inicial firmado en 2024, que contemplaba 3,3 millones. Esta ampliación consolida el contrato como el mayor del mercado europeo de remoción de carbono a largo plazo.
La bioenergía como puente entre lo natural y lo industrial
El corazón tecnológico del proyecto es una planta BECCS (sigla en inglés de Bioenergy with Carbon Capture and Storage) que Stockholm Exergi está construyendo en el puerto energético de Värtaverket, en Estocolmo. Este sistema combina generación energética a partir de biomasa —como residuos forestales o agrícolas— con captura y almacenamiento geológico del CO₂ liberado.
El proceso tiene una lógica elegante y poderosa. Durante su crecimiento, las plantas absorben CO₂ de la atmósfera. Esa biomasa se transforma luego en fuente de energía renovable. Pero a diferencia de una combustión convencional, aquí el dióxido de carbono no es emitido a la atmósfera, sino capturado y conducido hacia su confinamiento permanente en el subsuelo. El resultado: un balance de carbono netamente negativo.
Tener un balance negativo implica que el sistema remueve más carbono del que emite, ayudando a reducir la concentración global de gases de efecto invernadero. Esto contrasta con la quema de combustibles fósiles —como petróleo o gas— que libera CO₂ que estuvo almacenado durante millones de años en el subsuelo, incrementando el carbono atmosférico. En cambio, BECCS reintroduce ese carbono biogénico capturado recientemente en reservorios geológicos, funcionando como un contrapeso directo a las emisiones de origen fósil.
Cuando esta planta entre en operación en 2028, tendrá una capacidad de remoción de 800.000 toneladas de CO₂ por año. Esa cifra supera las emisiones anuales de todo el tráfico rodado de la ciudad de Estocolmo, convirtiendo a la instalación en una pieza clave de la estrategia climática sueca.
Una nueva era para los centros de datos: de devoradores de energía a productores de biomasa
Del capturado al confinado: cómo se almacena el CO₂ en el Mar del Norte
La captura de carbono, sin embargo, es solo el primer acto de esta obra tecnológica. El segundo, menos visible pero igual de crucial, ocurre debajo del mar. El CO₂ que se recolecta en la planta será primero almacenado temporalmente en tierra, y luego transportado por barco hacia Noruega, donde será inyectado en reservorios geológicos profundos bajo el lecho marino del Mar del Norte.
Este proceso se articula a través del proyecto Northern Lights, una iniciativa conjunta de las empresas Equinor, Shell y TotalEnergies, que forma parte del ecosistema de captura y almacenamiento de carbono impulsado por Noruega. Allí, el carbono será sellado en formaciones rocosas que garantizan su estabilidad durante siglos o milenios, sin riesgo de liberación atmosférica.
Se trata, en esencia, de revertir la ruta del carbono fósil: devolver al subsuelo lo que la naturaleza capturó, pero sin los millones de años de espera. Y hacerlo con la precisión de la ingeniería moderna y la escala de la ambición climática contemporánea.
Una estrategia corporativa que va más allá de las emisiones propias
El rol de Microsoft en este acuerdo no se limita a financiar la remoción de carbono para compensar sus emisiones residuales. Desde 2020, la compañía asumió uno de los compromisos climáticos más radicales del sector tecnológico: ser carbono negativa para 2030, y eliminar todas sus emisiones históricas desde 1975 antes de 2050.
Para alcanzar estos objetivos, la empresa necesita no solo reducir su huella directa e indirecta, sino también remover activamente millones de toneladas de CO₂ del ambiente. De ahí su interés por proyectos como este, que garantizan trazabilidad, permanencia y escalabilidad.
En paralelo al acuerdo con Stockholm Exergi, Microsoft ha firmado otros contratos con AtmosClear en Estados Unidos, con Carba para proyectos de biochar, con Living Carbon en reforestación mejorada y con CO280, una iniciativa para descarbonizar el sector papelero en EE.UU. Todas estas acciones forman parte de un portafolio de remoción de carbono diverso, robusto y en crecimiento.
Hacia una economía circular del carbono
Más allá del impacto puntual del proyecto sueco, lo que está en juego es algo mayor: la consolidación de una nueva economía del carbono, donde el CO₂ deja de ser solo un pasivo climático para convertirse en un elemento gestionado con inteligencia y estrategia.
La combinación de biomasa sostenible, captura industrial y almacenamiento geológico representa una de las rutas más sólidas hacia las emisiones negativas, un objetivo que será cada vez más central en los planes climáticos nacionales e internacionales.
Microsoft y Stockholm Exergi no solo están cerrando un acuerdo comercial. Están demostrando que es posible trazar un camino desde los bosques del norte de Europa hasta los estratos profundos del océano, donde el carbono encontrará su destino final.
En esa geografía —hecha de ciencia, inversión y visión a largo plazo— se juega una parte decisiva del futuro climático del planeta.


