El año comenzó con la mayoría de los países europeos dando un paso firme hacia la implementación del largamente negociado acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur. Tras más de dos décadas de vaivenes políticos, ambientales y diplomáticos, el tratado comienza a tomar cuerpo, reconfigurando el mapa del comercio agrícola entre ambos bloques. Sin embargo, en Brasil, la lectura dominante no es de euforia indiscriminada, sino de realismo estratégico. Las oportunidades existen, sí, pero no serán para todos. Solo quienes operen bajo estándares elevados de sustentabilidad, trazabilidad y gobernanza podrán capitalizar lo que el acuerdo promete.
Así lo sostuvo José Luiz Mendes, consultor de estrategia de la firma StoneX, en declaraciones publicadas en Reuters: “El punto central: en la práctica, el acuerdo no beneficia ‘al agro brasileño’ como un bloque único. Favorece a quienes ya están alineados con las exigencias globales”. El mensaje es claro: en la nueva fase del comercio internacional, ya no alcanza con producir más o a menor costo. La competitividad se medirá en eficiencia ambiental, transparencia operativa y capacidad de adaptación regulatoria.
La sostenibilidad como contraseña de acceso al mercado europeo
La Unión Europea, uno de los mercados más sofisticados del mundo, no concede privilegios comerciales sin condiciones. Su política comercial está crecientemente atravesada por regulaciones ambientales, especialmente a partir de legislaciones como la ley antidesmonte, que prohibirá la importación de productos agrícolas vinculados a deforestación ocurrida después de 2020. Aunque su aplicación fue postergada de 2025 a fines de 2026, su influencia ya es tangible en los planes de negocios de las empresas exportadoras.
Según un análisis previo del Rabobank, muchas compañías sudamericanas invirtieron en adaptar sus procesos para cumplir con esta legislación, con la esperanza de obtener ventajas comerciales. Sin embargo, el retraso en su implementación generó cierta frustración. En ese marco, el acuerdo Mercosur-UE aparece como una vía concreta para poner en valor esas inversiones, siempre que se logre cumplir con los requisitos técnicos y ambientales exigidos por el bloque europeo.
Esquemas de sostenibilidad bajo auditoría: costos para el productor, beneficios aguas abajo
¿Quién gana realmente? Un agro selectivo y tecnificado
Brasil ostenta cifras imponentes: es el mayor exportador mundial de soja, azúcar, café, jugo de naranja, carne bovina y de pollo. Sin embargo, los beneficios derivados del acuerdo serán graduales y concentrados. StoneX estima que, en el largo plazo, podría haber un incremento de hasta el 2% en la producción del agronegocio brasileño, pero aclara que se tratará de un proceso paulatino, dependiente de la capacidad de ejecución de cada empresa.
Los sectores con más posibilidades de ganar competitividad inmediata son aquellos que ya cumplen estándares internacionales de trazabilidad, control ambiental y certificación. Entre ellos se destacan el café solúvel, el jugo de naranja, las frutas frescas, los pescados y crustáceos. La eliminación de aranceles en estos rubros representa una mejora directa en los márgenes de ganancia, así como una mayor previsibilidad en el acceso al mercado europeo, donde Brasil ya es proveedor relevante.
En otros casos —como la carne bovina, el azúcar o el etanol— el acuerdo contempla beneficios acotados mediante el sistema de cuotas. No habrá eliminación total de tarifas, sino un acceso restringido y condicionado. “Aquí, el beneficio existe, pero es limitado. Lo capturarán empresas más grandes, organizadas, con trazabilidad, control ambiental y capacidad de atender las exigencias del mercado europeo”, detalló Mendes.
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Nuevas reglas del juego: trazabilidad, cumplimiento y escala
Este viraje impone un nuevo tipo de competitividad: ya no alcanza con precio y volumen. Las exportaciones brasileñas de granos —como soja, maíz o café verde— ya ingresan sin barreras arancelarias, pero eso no garantiza su permanencia futura. Según la Asociación Nacional de Exportadores de Cereales (Anec), el acuerdo con la UE podría brindar mayor previsibilidad, reducir costos y reforzar la preferencia por productos brasileños. Todo dependerá de cómo evolucione la normativa europea y de la capacidad de adaptación de los actores locales.
Cuando la ley antidesmonte entre en vigencia, los compradores europeos exigirán pruebas concretas de cumplimiento ambiental. Eso requerirá sofisticados sistemas de trazabilidad, auditorías independientes y una logística integrada desde el campo hasta el puerto. Las empresas que no se preparen quedarán automáticamente fuera de juego.
Un desafío mayor: conciliar apertura y sostenibilidad en el Mercosur
Más allá de los beneficios económicos, el acuerdo incorpora cláusulas sobre compromisos ambientales, compras públicas y reglas preferenciales para sectores clave. Para Gustavo Menon, especialista en relaciones internacionales y derecho internacional de la American Global Tech University (AGTU), este enfoque representa una nueva fase del comercio global: “Es una tendencia clara hacia la alineación entre comercio internacional y sostenibilidad”.
El desafío, sin embargo, es mayúsculo. Los países del Mercosur deberán encontrar un equilibrio entre competitividad productiva, adecuación regulatoria y cumplimiento ambiental. No se trata sólo de ganar nuevos mercados, sino de transformarse internamente para sostener esa apertura. Y eso exige visión de largo plazo, inversiones continuas y, sobre todo, voluntad política.


