En el comercio internacional ya no alcanza con producir bien. Tampoco con producir de manera sostenible. Cada vez más, lo que define si un producto puede venderse es la capacidad de demostrarlo bajo determinados esquemas de certificación. Y esa exigencia, lejos de ser neutra, está empezando a tener efectos concretos —y desiguales— sobre cómo se organizan las cadenas productivas y quiénes logran integrarse a ellas.
Ese es el punto de partida del white paper publicado recientemente por el proyecto europeo STAR4BBS, un trabajo que se propone ir más allá del discurso y analizar, con base empírica, qué impacto real tienen los esquemas de certificación de sostenibilidad sobre el comercio. El documento no busca promover nuevos estándares ni cuestionar los objetivos ambientales: se concentra en observar qué está ocurriendo en la práctica cuando certificar se convierte en una condición de acceso a los mercados.
Y lo que encuentra —según la evidencia revisada— es un escenario más complejo de lo que suele asumirse.
Certificar puede facilitar el comercio, pero no siempre
De acuerdo con el análisis presentado en el white paper, los esquemas de certificación pueden cumplir un rol positivo cuando ayudan a reducir asimetrías de información, mejoran la trazabilidad y generan confianza entre compradores y vendedores que operan a gran distancia. En esos casos, la certificación actúa como un facilitador del comercio.
Sin embargo, el informe también advierte que ese efecto no es automático ni generalizable. Cuando los requisitos se superponen, los estándares se multiplican y los costos de cumplimiento aumentan, la certificación puede pasar de ser una herramienta de acceso a convertirse en un factor que dificulta o limita la participación, especialmente para actores con menor escala o menor capacidad administrativa.
Según señala el documento, en estos casos no necesariamente queda excluido quien produce de manera menos sostenible, sino quien no logra absorber los costos asociados a auditorías, registros y sistemas de verificación cada vez más exigentes.
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Costos concentrados, beneficios desigualmente distribuidos
Uno de los hallazgos centrales del white paper es la asimetría en la distribución de los costos y beneficios de la certificación a lo largo de las cadenas de valor. La revisión de estudios cuantitativos muestra que la mayor parte del esfuerzo operativo —tiempo, recursos económicos, carga administrativa— recae sobre los eslabones iniciales: productores agrícolas y proveedores primarios de biomasa.
Al mismo tiempo, el informe observa que los beneficios comerciales y reputacionales suelen concentrarse en etapas posteriores, como el procesamiento, la exportación o el posicionamiento de marca. Esta dinámica, advierte el documento, puede generar tensiones estructurales si no se aborda desde el diseño y la gobernanza de los esquemas de certificación.
No todas las cadenas parten del mismo punto
El análisis también pone de relieve que no todas las materias primas ni todas las cadenas productivas enfrentan las mismas condiciones iniciales. Según el white paper, algunos productos cuentan con esquemas de certificación consolidados, bases de datos robustas y décadas de desarrollo institucional. Otros, aun siendo centrales para la producción de alimentos, energía o materiales de base biológica, presentan vacíos de información que encarecen y complejizan la demostración de sostenibilidad.
Esto implica —señala el informe— que cumplir con requisitos similares puede tener impactos muy distintos según el producto, el territorio y el grado de madurez de los sistemas de trazabilidad disponibles.
Ajustar los esquemas para evitar efectos no deseados
Lejos de cuestionar la certificación como herramienta, el white paper plantea una serie de recomendaciones orientadas a evitar que los esquemas de sostenibilidad se transformen en barreras comerciales involuntarias. Entre ellas, destaca la necesidad de armonizar estándares, reducir solapamientos y mejorar la gobernanza para evitar fragmentaciones innecesarias de los mercados.
El documento también subraya la importancia de acompañar a pequeños productores y pymes, tanto mediante apoyo financiero como a través del desarrollo de capacidades técnicas, y de avanzar hacia sistemas de información más comparables y transparentes. En ese marco se inscribe el desarrollo del BIOBASEDCERT Monitoring Tool, una herramienta pensada para evaluar cómo funcionan los esquemas de certificación en la práctica, más allá de su formulación teórica.
Una discusión que el informe deja planteada
Aunque el white paper surge de un proyecto europeo, sus conclusiones tienen alcance global. Según el propio documento, en un contexto de crecientes exigencias ambientales, la certificación está pasando a desempeñar un rol cada vez más decisivo en la definición de quién puede acceder a determinados mercados.
El aporte del informe de STAR4BBS no es cerrar el debate, sino poner evidencia sobre la mesa y obligar a mirar la transición productiva desde un ángulo menos idealizado. No solo qué criterios de sostenibilidad se exigen, sino —como advierte el propio análisis— qué efectos concretos tienen esas exigencias sobre los actores que deben cumplirlas.


