jueves, agosto 27, 2026
 

Bioeconomía marina en el Ártico: el método de Noruega para convertir descartes y plagas marinas en valor

En un pueblo costero al norte del Círculo Polar, un instituto de investigación convierte descartes de la acuicultura y plagas marinas en productos de alto valor, una muestra concreta de bioeconomía circular en el extremo del mapa.

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A lo largo de la costa noruega, desde el aire, se distinguen las jaulas circulares de las granjas acuícolas flotando sobre el agua fría. Noruega produce alrededor del 55 % del salmón atlántico cultivado con exportaciones que rondan los 11.000 millones de dólares por año. Junto con el petróleo y el gas, es uno de los pilares de la economía del país. Pero esa escala tiene un costado negativo. Cada tonelada de pescado procesado deja atrás grandes volúmenes de recortes, vísceras y subproductos, y cada expansión de la actividad presiona sobre ecosistemas marinos ya tensionados.

De ese cruce entre abundancia productiva y presión ambiental surge una pregunta que hoy ordena buena parte de la investigación marina noruega. Qué hacer con lo que sobra, y cómo convertir un problema en un recurso. La respuesta que ensaya el país tiene nombre técnico, bioeconomía marina, y un escenario tan improbable como revelador: un pueblo costero apenas al norte del Círculo Polar Ártico.

Un laboratorio en el extremo del mapa

En Bodø, a más de mil kilómetros al norte de Oslo y unos 70 dentro del Círculo Polar, funciona una de las sedes del NIBIO (Instituto Noruego de Investigación en Bioeconomía), el organismo público que investiga cómo aprovechar de manera sostenible los recursos biológicos del país. Allí, en instalaciones de ensayo vinculadas a la acuicultura, se llevan adelante procesos bioquímicos complejos, entre ellos análisis de proteínas y lípidos, edición y manipulación genética, y determinación de micronutrientes, químicos y metales pesados.

Buena parte de ese trabajo tiene un fin sanitario y productivo. La industria del salmón convive con desafíos persistentes como el piojo de mar —un parásito que afecta a los peces de cultivo— y los brotes de enfermedades en especies como el bacalao y el halibut atlántico. Otra línea de investigación apunta en una dirección distinta y más ambiciosa, la de transformar los flujos de descarte de la acuicultura en productos de alto valor, desde aceites ricos en Omega-3 hasta hidrolizados proteicos.

El pescado procesado genera cerca de un 60 % de material que no llega al plato, como cabezas, espinas, piel y recortes. Durante décadas ese volumen se destinó, en el mejor de los casos, a harinas y aceites de bajo valor. La biorrefinería marina recupera de esos subproductos los péptidos bioactivos, el colágeno, las enzimas, los lípidos y los ácidos grasos poliinsaturados, para aplicaciones que van desde la nutrición animal hasta la industria farmacéutica y cosmética.

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Sin embargo, el caso más llamativo que investiga NIBIO no viene de las jaulas de salmón, sino del fondo marino. En el norte de Noruega, particularmente en las regiones de Troms y Finnmark, el erizo de mar verde se multiplicó de manera descontrolada a partir de la década de 1970. La consecuencia fue devastadora. El sobrepastoreo de estos erizos arrasó los bosques de algas kelp, esas praderas submarinas que funcionan como criaderos de peces, protegen las costas y capturan carbono a un ritmo que supera al de muchos bosques terrestres.

El daño tiene una escala enorme en términos ecológicos. Se estima que más del 80 % de los bosques de algas originales del norte noruego desapareció en las últimas cinco décadas, reemplazado por lo que los científicos llaman «desiertos de erizos» (urchin barrens), extensiones de roca pelada donde antes había vida. La causa combina el sobrepastoreo con la pérdida de los depredadores naturales del erizo y el cambio climático.

Restaurar esas praderas exige remover los erizos, lo que deja enormes volúmenes de un animal que casi no tiene valor comercial. Los erizos de las barrens producen poca hueva y de mala calidad —el manjar que sostiene el mercado gastronómico del erizo en otras partes del mundo— porque la escasez de alimento atrofia sus órganos reproductivos. Removerlos es necesario para el ecosistema, pero deja una montaña de biomasa sin destino.

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De la plaga al fertilizante

Los investigadores de NIBIO lograron invertir los términos del problema. Desarrollaron a partir de esos erizos un bioestimulante agrícola que probaron sobre lechuga en el laboratorio. La elección del cultivo respondió a dos razones. El vegetal crece bien en el espacio limitado del laboratorio y, sobre todo, aborda una carencia concreta de una región que pasa meses del año en la oscuridad y con acceso escaso a verduras frescas.

El trabajo se integró en el proyecto Ocean Green, liderado por la empresa noruega Ava Ocean, que desarrolla tecnología de cosecha del fondo marino originalmente diseñada para la pesca de vieiras en el Mar de Barents y que adaptó para extraer erizos de manera selectiva. La iniciativa recibió 47 millones de coronas noruegas (5 millones de dólares) del programa estatal Green Platform, destinado a acelerar la transición verde en la industria. Su lógica es explícitamente circular, extraer los erizos para restaurar el kelp y, en el mismo movimiento, encontrar usos comerciales para el animal completo, con cero desperdicio.

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Circularidad con letra chica

Los experimentos de remoción de erizos en Noruega mostraron que el kelp puede recuperarse rápido una vez controlada la población —en Porsangerfjord, un proyecto retiró alrededor de 21 millones de erizos y las praderas volvieron—, pero también que los erizos tienden a reestablecerse si no se mantiene la presión. La viabilidad comercial de los productos derivados, por su parte, depende de que la cosecha alcance volúmenes que hoy la pesca artesanal no logra. Son las condiciones que cualquier tecnología emergente debe cumplir antes de dar el salto industrial.

Estas preguntas atraviesan FULCRUM, el proyecto europeo de tres años que enmarca buena parte de esta investigación y cuya reunión inicial se celebró justamente en Bodø. Financiado a través de la convocatoria FutureFoodS y coordinado científicamente desde la Universidad de Palermo (Italia), FULCRUM examina el aporte de la bioeconomía a la transformación de los sistemas alimentarios a través de cinco Living Labs —laboratorios vivientes, entornos reales de experimentación— repartidos entre Noruega, los Países Bajos, Alemania, Bélgica e Italia, que abarcan tanto el ámbito terrestre como el marino. El laboratorio noruego se concentra en la valorización de los flujos de descarte de la acuicultura.

 un recurso sea renovable no garantiza por sí solo que su aprovechamiento sea sostenible. Hace falta ciencia para transformar un subproducto en un insumo valioso, tecnología para hacerlo a escala, y un modelo que cierre el círculo sin dejar residuos ni actores afuera. En Bodø, por ahora, una lechuga crece con nutrientes que vienen de un erizo que arrasaba el fondo del mar. Es poco y es mucho a la vez, la prueba de concepto de que hasta una plaga puede reordenarse como parte de la cadena de valor.

 
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