martes, octubre 20, 2026
 

No es para tomarle el pelo a nadie: en India ya piensan en bioetanol 5G

Una startup de Gujarat desarrolló un proceso para transformar cabello humano descartado en bioetanol. La tecnología ya fue ensayada a escala piloto y ahora avanza hacia su comercialización.

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Hay un momento muy preciso en el que un corte de pelo pierde todo glamour.

Es cuando el peluquero pasa la escoba.

Eso que hace unos minutos era flequillo, rulo, melena, barba o ese heroico intento de salvar dignamente las últimas tres hectáreas del cuero cabelludo termina convertido en un pequeño montículo sobre el piso. Se barre, se junta, se tira. Fin de la historia.

Al menos, eso creíamos.

Porque un puñado de pelo no parece gran cosa. Pero haga el ejercicio mental de multiplicar esa escoba por cada peluquería, barbería y salón de belleza de la India. Después hágalo otra vez al mes siguiente. Y al otro. Y al otro.

Guarda.

En algún momento, aquello que entraba cómodamente en una pala deja de parecer insignificante y empieza a tomar la forma que más entusiasma a quienes piensan con cabeza bioeconómica.

La de una materia prima.

Y alguien, inevitablemente, se hizo la pregunta correcta.

¿Qué más se puede hacer con todo este pelo?

La respuesta que llegó desde Gujarat, en el oeste de India, es bastante más inesperada que fabricar pelucas. Techofest Global, una empresa tecnológica enfocada en desarrollar procesos para valorizar residuos, asegura haber creado una tecnología propia para producir combustible a partir de cabello humano descartado. Y decidió bautizar su proceso como de “quinta generación” o, directamente, Bioetanol 5G.

Sí, como el celular.

Solo que en este caso las cinco barritas de señal aparecen después de pasar por la peluquería.

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Bioetanol de cabello humano, ahora en 5G

La denominación “5G” no constituye una clasificación técnica universalmente consolidada para los biocombustibles. Es la forma que Techofest Global eligió para presentar una familia de procesos que busca trabajar con materias primas poco convencionales, alejadas de las rutas habituales o conocidas hasta ahora.

Y, como nombre, funciona.

Las generaciones tradicionales de bioetanol suelen diferenciarse de acuerdo con las materias primas y las tecnologías empleadas. El etanol convencional, o de primera generación, se produce desde hace décadas fermentando azúcares disponibles directamente o liberados desde almidones. Las tecnologías de segunda generación, 2G, buscan aprovechar materiales lignocelulósicos mediante tratamientos capaces de romper estructuras vegetales más complejas. A partir de allí, las clasificaciones son menos uniformes: la 3G suele asociarse a carbohidratos aportados por algas y microalgas. Y en las 4G entra muy fuerte la ingeniería genética y metabólica para aumentar la producción de carbohidratos, hacer más eficiente la conversión a combustible o mejorar el balance de carbono.

El cabello juega en otra cancha.

Está formado principalmente por queratina, una proteína muy resistente que le permite soportar agua, calor, productos químicos y todos esos experimentos capilares que solemos lamentar algunas semanas después.

Esa resistencia, fantástica para mantener un peinado, también obliga a desarrollar procesos específicos si uno quiere convertir ese material en otra cosa.

Y ahí aparece el trabajo de Techofest Global junto con Biomakerz, una compañía india dedicada al desarrollo de bioprocesos y tecnologías de biorrefinería. Ambas trabajan en conjunto sobre procesos destinados a recuperar valor de corrientes residuales que normalmente tienen pocas alternativas de aprovechamiento.

Según la información difundida por la compañía, la tecnología para producir etanol desde cabello humano ya fue ensayada en la instalación piloto que opera la asociación entre Techofest Global y Biomakerz, con una capacidad aproximada de 100 litros.

No está mal para algo que empieza con una escoba.

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Del mechón al fermentador

El proceso desarrollado por la startup combina una etapa de conversión del material con fermentación posterior.

Techofest Global asegura que logró simplificar el tratamiento mediante una proceso que describe como sacarificación en una sola etapa que permite recuperar entre 85% y 90% de los biocatalizadores.

Ese punto es importante porque los catalizadores biológicos —enzimas o microorganismos capaces de facilitar determinadas transformaciones químicas— forman parte de la economía de cualquier proceso de este tipo. Cuanto más puedan recuperarse y reutilizarse, mejor puede funcionar la ecuación industrial.

El resultado final es bioetanol. El mismo tipo de molécula que puede mezclarse con naftas en diferentes proporciones.

India tiene una ventaja difícil de peinar

India ofrece una escala particularmente interesante para imaginar esa lógica. Con más de 1.400 millones de habitantes, el país genera una corriente permanente de cabello descartado en hogares, barberías y peluquerías. A eso se suma una particularidad cultural y religiosa que desde hace años alimenta una cadena comercial propia alrededor del cabello recolectado en templos hindúes, parte del cual se utiliza para fabricar pelucas y extensiones.

Pero no todo ese material tiene la calidad, longitud o características necesarias para ingresar en esos mercados.

Y ahí aparece otra posibilidad.

Lo que no termina convertido en una peluca podría encontrar otro destino industrial.

La lógica que impulsa Techofest Global tiene un nombre conocido dentro de la bioeconomía, aunque suene bastante menos divertido que hacer combustible con pelo.

Simbiosis bioindustrial.

La compañía utiliza ese concepto para describir su estrategia tecnológica. Consiste en vincular procesos de manera que el residuo de una actividad pueda transformarse en insumo de otra.

La basura, en otras palabras, depende bastante de quién la esté mirando.

Un peluquero ve algo que tiene que barrer.

Un ingeniero bioquímico puede ver proteínas y moléculas que todavía tienen trabajo por hacer.

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Y el pelo es apenas el comienzo

Techofest Global no llegó al cabello por casualidad.

La empresa viene desarrollando un portfolio bastante particular de tecnologías basadas en residuos. Además del bioetanol de cabello humano, la startup trabaja con aceite de cocina usado y desarrolló un proceso orientado a producir biometano a partir de toallas sanitarias descartadas.

Sí. Las ideas de los que piensan en clave bioeconómica también llegan a esos lugares.

En el caso del biometano, la compañía desarrolló un proceso denominado SIM, diseñado para acelerar la digestión del material mediante ciclos de alimentación y cosecha continua del gas.

Detrás del proyecto está Ravi, fundador y CEO de Techofest Global, ingeniero mecánico con más de tres décadas de experiencia en diseño de equipamiento para programas internacionales vinculados con fusión nuclear, entre ellos ITER, JET/UKAEA y SST-1.

El portfolio tecnológico fue desarrollado junto con los ingenieros bioquímicos Navnit y Kabilan, quienes llevan más de una década trabajando en intensificación de procesos para biorrefinerías.

La empresa también cuenta con asesores con antecedentes en organismos científicos y tecnológicos de India, incluidos especialistas que trabajaron en estructuras vinculadas con ISRO, la agencia espacial del país, y el Satish Dhawan Space Centre, uno de los principales centros de lanzamiento del país.

No es exactamente el equipo que uno esperaría encontrar detrás de un mechón en el piso.

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Del piloto a la comercialización

Techofest Global informó que sus tecnologías de etanol y biometano se encuentran realizando ensayos previos a la comercialización y que el siguiente paso será avanzar con su llegada al mercado.

Ahí estará la próxima gran prueba.

Pasar de la escala piloto a instalaciones capaces de procesar volúmenes significativamente mayores, organizar la recolección de materias primas y convertir esos residuos en una corriente estable para una operación industrial.

Mientras tanto, el concepto ya consiguió algo.

Que la próxima vez que salgamos de una peluquería miremos hacia abajo.

Porque ese pequeño círculo de pelo alrededor de la silla parece poca cosa.

El de una persona lo es.

El de una ciudad empieza a ser interesante.

El de cientos de millones de personas todos los meses ya merece una calculadora.

Y quizás un fermentador.

 
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