jueves, abril 16, 2026
 

Escalada global en los precios de los fertilizantes: la oportunidad de mirar lo que tenemos a mano

La escalada de precios de la urea y el DAP, traccionada por la tensión en Medio Oriente, pone en valor algo que Argentina ya produce en grandes volúmenes y todavía aprovecha poco.

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Por el Estrecho de Ormuz, el corredor marítimo que separa Irán de la Península Arábiga, transita cerca del 49% del comercio global de urea, el fertilizante nitrogenado más usado en la agricultura mundial. Cuando la geopolítica de la región se calienta, el precio del insumo no tarda en seguirle el paso.

Según el índice de precios del Banco Mundial —el organismo multilateral que monitorea los mercados de materias primas globales—, los fertilizantes registraron una suba del 26,2% en un solo mes, el mayor salto en años. La urea tocó los 725,6 dólares por tonelada en marzo, su valor más alto desde abril de 2022, acumulando un 30% de aumento durante 2025. El fosfato diamónico —conocido como DAP, fuente concentrada de nitrógeno y fósforo ampliamente utilizada en la siembra de soja, maíz y trigo— cotiza por encima de los 860 dólares la tonelada, con un alza del 36% en apenas ocho meses.

En 2025, Argentina importó 4,1 millones de toneladas de fertilizantes, el segundo mayor volumen del siglo y un 28% más que el año anterior. La dependencia externa es estructural y, como muestra el conflicto en Medio Oriente, también es cara.

Qué son los biosólidos y por qué importan ahora

La industria agroalimentaria argentina genera todos los días algo que tiene, en términos agronómicos, un valor considerable: materiales orgánicos ricos en nitrógeno, fósforo, potasio y materia orgánica activa. Frigoríficos, usinas lácteas, procesadoras de granos y plantas de tratamiento de efluentes producen de manera continua grandes volúmenes de estos materiales. Se los conoce como biosólidos.

Hasta ahora, la lógica predominante los trata como residuos: algo que hay que gestionar, transportar y disponer de manera segura. Las empresas que los generan asumen ese costo como parte del negocio. El nitrógeno y el fósforo que contienen, mientras tanto, terminan enterrados o descartados lejos del lote agrícola, mientras el productor paga en el exterior por los mismos nutrientes a precios crecientes.

La ciencia acaba de aportar evidencia concreta para cambiar esta mirada.

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Lo que dos estudios recientes pusieron sobre la mesa

En 2025 y 2026, dos investigaciones evaluaron el comportamiento de suelos construidos a partir de biosólidos —los llamados tecnosuelos— bajo condiciones reales de campo, y sus resultados tienen implicancias directas para la agricultura.

El primero, publicado en el European Journal of Soil Biology en 2025, analizó la dinámica de la comunidad microbiana en estos suelos. El segundo, aparecido en Applied Soil Ecology en 2026 —una de las revistas científicas de mayor referencia en el campo de la ecología edáfica—, fue más lejos: demostró que la función microbiana del suelo, es decir, la capacidad de los microorganismos para ciclar nutrientes y sostener la actividad biológica, se establece mucho antes de que la comunidad microbiana se parezca siquiera a la de un suelo natural convencional.

En términos prácticos, esto significa que los biosólidos empiezan a trabajar agronómicamente —a liberar nutrientes, a dinamizar la biología del suelo, a mejorar su estructura— sin necesidad de haber completado un proceso largo y costoso de estabilización previa en planta. La integración y el acondicionamiento, en buena medida, ocurren directamente en el lote.

La conclusión de ambos trabajos apunta en la misma dirección: con una adecuación técnica apropiada, estos materiales pueden aplicarse con mucho mayor simplicidad de lo que el sector venía considerando. No es estrictamente necesario someterlos a los procesos industriales complejos que durante años se asumieron como requisito para su uso agrícola.

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Cycle F: de los efluentes al fertilizante

Mientras la evidencia científica consolida el marco conceptual, en Argentina hay actores que ya están operando bajo esa lógica a escala comercial. Cycle F es una empresa agrotecnológica argentina que trabaja en la revalorización de efluentes y residuos orgánicos de la industria agroalimentaria, transformándolos en fertilizantes regenerativos y bioestimulantes de alta eficiencia.

Su enfoque parte de una premisa concreta: cuando un biosólido deja de ser tratado como un pasivo ambiental y empieza a ser gestionado como un insumo agronómico, cambia completamente la ecuación económica para todos los actores de la cadena. La industria que lo genera reduce sus costos de disposición. El productor accede a una fuente de nutrientes de proximidad. El suelo recibe materia orgánica activa que mejora su salud a largo plazo.

«La solución es fundamentalmente agronómica y requiere un abordaje técnico riguroso», advierten desde la empresa. No se trata de aplicar cualquier material orgánico de cualquier manera, sino de entender la composición de cada flujo, su comportamiento en el suelo y su interacción con el cultivo. Ese conocimiento es el que convierte un residuo en un insumo.

Cycle F desarrolla líneas de fertilizantes organominerales que combinan fuentes minerales tradicionales con matrices orgánicas valorizadas. Según su CEO y cofundador, «los resultados de campo muestran que es posible mantener o incluso incrementar los rendimientos agrícolas mientras se reduce la dependencia de insumos importados y se mejora la salud integral del suelo»

 
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