viernes, abril 17, 2026
 

De las carreteras de Brasil al océano: el etanol da el salto al transporte marítimo de carga

Vale y la naviera china Shandong Shipping firman el primer acuerdo de la historia para operar buques oceánicos de carga con etanol como combustible principal, en un movimiento que amplía el alcance de una molécula renovable que ya transformó la movilidad terrestre en Brasil.

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Hay una fecha que los ingenieros de Vale ya tienen marcada en el calendario: 2029. Ese año comenzará la entrega de los primeros buques oceánicos de carga propulsados con etanol como combustible principal. No serán embarcaciones experimentales ni prototipos de laboratorio, sino gigantes de 340 metros de eslora y 325.000 toneladas métricas de capacidad, cruzando océanos con mineral de hierro en sus bodegas y etanol en sus tanques.

El acuerdo fue firmado entre Vale —la minera brasileña de capitales mixtos, una de las mayores productoras de mineral de hierro del mundo— y Shandong Shipping Corporation, naviera china con amplia experiencia en la operación de grandes buques de carga a granel. El contrato cubre la operación de dos buques durante 25 años e incluye una opción para incorporar embarcaciones adicionales en el futuro. Por primera vez en la historia de la industria naval, el etanol será el propulsor principal de un buque oceánico de carga.

Una molécula que Brasil ya conoce bien

Para entender el peso de este acuerdo conviene hacer una escala en tierra firme, y en particular en Brasil. Ese país lleva décadas construyendo la matriz de movilidad terrestre más limpia del planeta. El secreto está en el etanol, un combustible producido a partir de la fermentación de azúcares —en el caso brasileño, principalmente de caña de azúcar— que comenzó a mezclarse con la gasolina en los años setenta, como respuesta a la crisis del petróleo, y que con el tiempo se convirtió en el eje de una industria propia, eficiente y exportadora.

El resultado de ese camino es concreto. Los automóviles flex-fuel —que pueden funcionar con cualquier proporción de gasolina y etanol— son en Brasil la norma, no la excepción. Y el etanol no es allí un combustible de nicho: es infraestructura consolidada, cadena de valor madura y ventaja competitiva nacional. Cuando los ingenieros de Vale buscaron una alternativa real al fueloil pesado —el combustible convencional del transporte marítimo, denso, barato y altamente contaminante—, el etanol ya estaba en el horizonte como candidato probado con décadas de historia.

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Por qué el mar es el siguiente paso lógico

El transporte marítimo es responsable de alrededor del 3% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, una cifra que parece modesta hasta que se la traduce en términos absolutos: equivale a las emisiones anuales de Alemania. En la industria naviera, una flota relativamente acotada de buques enormes mueve la mayor parte del comercio global. Cambiar el combustible de esos buques tiene un impacto desproporcionado.

El problema es que no todos los combustibles alternativos tienen la misma madurez. El hidrógeno verde enfrenta desafíos de almacenamiento y densidad energética que aún no tienen solución comercial a escala. El amoníaco es prometedor pero tóxico, con baja eficiencia en condiciones reales. El gas natural licuado reduce emisiones respecto al fueloil pero en cantidades menores. El etanol, en cambio, lleva décadas siendo quemado en motores de combustión interna, con toda la cadena logística, de almacenamiento y de seguridad ya resuelta y probada.

Considerando el ciclo completo de vida del combustible —desde la producción del cultivo hasta la combustión a bordo, lo que en la industria se llama well-to-wake—, el etanol puede reducir las emisiones de carbono hasta un 90% respecto al fueloil pesado. No es una proyección para 2050: es el rendimiento que la ciencia ya documenta con las tecnologías disponibles hoy.

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Los nuevos Guaibamax: flexibilidad como principio de diseño

Los buques que nacerán de este acuerdo pertenecen a la segunda generación de la clase Guaibamax, una familia de embarcaciones de gran porte desarrollada por Vale específicamente para el transporte de mineral de hierro. Los buques de la primera generación de esta clase —junto con los Valemax, una familia anterior y algo más grande— ya figuran entre los más eficientes del mundo: un Guaibamax de primera generación puede reducir las emisiones de CO₂ equivalente hasta un 41% respecto a un buque capesize estándar, el tamaño de referencia más común en la industria para el transporte de graneles sólidos como el mineral de hierro.

La segunda generación va más lejos. Además del etanol como combustible principal, estos buques estarán equipados con cinco velas de rotor: cilindros giratorios instalados en cubierta que, al girar, generan una diferencia de presión a sus costados —el mismo principio físico que hace curvar la trayectoria de una pelota en el deporte— y convierten el viento en una fuerza de propulsión auxiliar que reduce el consumo de combustible sin requerir cambios en la operación del buque. A eso se suman motores de mayor eficiencia, dispositivos hidrodinámicos para reducir la resistencia al avance, generadores de eje, inversores de frecuencia y pintura de silicona en el casco. El conjunto de estas mejoras, más allá del cambio de combustible, ya recortaría las emisiones de gases de efecto invernadero un 15% adicional respecto a la generación anterior.

El diseño también contempla el largo plazo. Los nuevos Guaibamax podrán operar con metanol y fueloil como alternativas, y su arquitectura permite una eventual conversión para usar gas natural licuado o amoníaco. En un sector donde los ciclos de vida de los buques se miden en décadas, esa flexibilidad no es un detalle técnico menor: es una decisión estratégica frente a las opciones de combustibles que puedan ofrecerse en distintos puertos del mundo.

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El etanol, de las rutas a los cielos y ahora al mar

El acuerdo entre Vale y Shandong se inscribe en un patrón más amplio: el etanol lleva años ganando terreno en sectores que van mucho más allá del automóvil. En la aviación, la tecnología Alcohol-to-Jet (AtJ) —que convierte etanol en combustible sostenible de aviación (SAF)— es hoy una de las rutas más prometedoras para reducir la huella de carbono de los vuelos comerciales, con una planta operativa en Estados Unidos y varios proyectos avanzando en diferentes países.

Ahora llega al mar, y la lógica es la misma en los tres casos. El etanol es renovable, producido a partir de biomasa —caña de azúcar, maíz, sorgo, residuos agrícolas, según la geografía—, con una cadena de valor que el mundo ya construyó, con infraestructura de almacenamiento y distribución probada, y con una capacidad de reducción de emisiones que pocas alternativas pueden igualar, y mucho menos, a escala comercial. No requiere redes de distribución construidas desde cero ni materiales críticos con cadenas de suministro frágiles. Que la misma molécula que impulsó durante décadas a los autos en São Paulo y Río de Janeiro sea ahora el combustible de los buques que cruzan el Atlántico con carga brasileña es la consecuencia lógica de haber apostado, durante décadas, por una tecnología que funciona.

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El programa detrás del acuerdo

Vale lleva años desarrollando su programa Ecoshipping, una iniciativa de investigación y desarrollo creada para apoyar la descarbonización de la industria naval y mejorar la eficiencia de su propia flota. En ese marco, la compañía viene probando combustibles alternativos no solo en buques, sino también en camiones en sus operaciones mineras y en locomotoras del Ferrocarril Vitória a Minas —la línea de carga que conecta sus operaciones en Minas Gerais con el puerto de Tubarão, en el litoral del Espírito Santo—.

Desde 2020, Vale ha invertido aproximadamente 1.400 millones de dólares en iniciativas para reducir sus emisiones de tres tipos: las que genera directamente en sus operaciones, las asociadas a la energía que consume, y las que ocurren a lo largo de toda su cadena de valor —incluyendo el transporte marítimo del mineral que produce—. La compañía se ha comprometido a recortar este último grupo de emisiones, el más amplio, un 15% para 2035, un objetivo en el que el desempeño ambiental de su flota tiene un peso considerable.

 
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