lunes, septiembre 14, 2026
 

‘Uruguay exporta cuatro veces más que Argentina’: el crudo diagnóstico de una industria que reclama previsibilidad

En la Exposición Rural de Palermo, el Consejo Foresto Industrial Argentino reunió a toda la cadena para mostrar cifras, brechas y oportunidades de un sector con 1,36 millones de hectáreas de bosques cultivados y demanda internacional en expansión.

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Hay una cifra que incomoda. Argentina exporta alrededor de 700 millones de dólares anuales en productos foresto-industriales. Uruguay, un país catorce veces más chico en superficie, supera los 3.000 millones. Chile ronda los 6.500 millones. Y Brasil pasa holgadamente los 17.000 millones.

No es un problema de recursos. Argentina tiene aproximadamente 1,36 millones de hectáreas de bosques cultivados, con niveles de productividad elevados y una disponibilidad creciente de madera proveniente de plantaciones sostenibles. Tampoco es un problema de conocimiento técnico, de estándares de manejo o de industria instalada: todo eso existe. El problema es otro, y es el que la cadena forestal fue a discutir a Palermo.

Mientras buena parte del debate económico argentino gira en torno a cómo generar divisas, empleo y crecimiento federal, el sector foresto-industrial sostiene que una parte importante de esa respuesta ya está disponible. Con capacidad para atraer inversiones, tecnología, conocimiento y una demanda internacional en expansión por productos renovables, el país reúne condiciones objetivas para ampliar su participación en los mercados globales y consolidar una bioeconomía con fuerte impacto territorial.

Ese fue el eje del encuentro organizado por el Consejo Foresto Industrial Argentino (CONFIAR) —el espacio que nuclea a las entidades representativas de toda la cadena, desde la producción primaria hasta la industria de transformación— en el marco de la Exposición Rural de Palermo. Allí, referentes de las principales instituciones del sector compartieron diagnósticos, cifras y propuestas para demostrar el protagonismo que la actividad puede tener dentro de una política de desarrollo productivo.

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Un recurso estratégico con margen para multiplicar su impacto

Con la coordinación general de Claudia Peirano, directora ejecutiva de la Asociación Forestal Argentina (AFoA) —la entidad que representa a productores forestales e industrias de base maderera del país—, el punto de partida estuvo a cargo de Pablo Ruival, presidente de la organización.

Ruival describió la magnitud del patrimonio forestal argentino y, sobre todo, el potencial aún no desarrollado de la actividad. Esa brecha exportadora frente a los vecinos regionales, señaló, refleja tanto el retraso acumulado como el enorme margen de crecimiento disponible. El país dispone de condiciones naturales, productividad, experiencia técnica y estándares de manejo forestal capaces de posicionarlo entre los principales proveedores mundiales de productos forestales sostenibles. La condición: consolidar un marco de previsibilidad para nuevas inversiones.

Es un punto no menor en una actividad donde el ciclo productivo se mide en décadas. Quien planta hoy un pino en Corrientes o Misiones cosecha recién dentro de quince o veinte años. Sin reglas estables en ese horizonte, la inversión simplemente no ocurre.

Producir más en la misma superficie: el modelo silvopastoril

La mirada territorial se amplió con la presentación de Ignacio Méndez Cunill, representante de la Comisión de Forestación y Bosques Nativos de la Sociedad Rural Argentina (SRA), que expuso el potencial de los sistemas silvopastoriles como modelo de integración entre forestación y ganadería.

El planteo desarma una supuesta competencia. Lejos de representar actividades excluyentes, ambos sistemas pueden complementarse: los árboles brindan sombra y reparo al ganado, mejorando el bienestar animal, mientras la pastura aprovecha el espacio entre líneas de plantación. El resultado es un mejor aprovechamiento de la tierra, ingresos diversificados y mayor sustentabilidad del establecimiento.

Para numerosas regiones del país, estos modelos aparecen como una alternativa especialmente atractiva, al permitir combinar producción, conservación y agregado de valor dentro de un mismo esquema productivo.

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Carbono: una oportunidad que trasciende lo ambiental

La transición hacia economías bajas en carbono también ocupó un lugar central. Federico Moyano, representante de la Mesa Argentina de Carbono y presidente de ProSustentia, explicó que los mercados voluntarios de carbono —donde empresas compran créditos para compensar sus emisiones de manera no obligatoria— se consolidan como una de las herramientas de mayor crecimiento a nivel internacional.

Los proyectos forestales se ubican entre los principales generadores de créditos de carbono a escala global. La razón es directa: un árbol en crecimiento captura dióxido de carbono atmosférico y lo fija en su biomasa, un proceso medible y verificable. Eso abre posibilidades concretas para atraer inversiones, fortalecer economías regionales y diversificar la rentabilidad del sector.

Moyano presentó el mercado de carbono no solo como un instrumento ambiental, sino como una herramienta económica capaz de impulsar innovación, financiamiento y desarrollo productivo, integrando a la actividad forestal en una de las agendas más dinámicas de la economía mundial.

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Competitividad: industrializar más madera dentro del país

Desde la Federación Argentina de la Industria Maderera y Afines (FAIMA) —que agrupa a las cámaras de la industria de la madera y el mueble—, su secretario general Daniel Vier sostuvo que el crecimiento de la cadena requiere políticas de Estado capaces de brindar previsibilidad, promover inversiones y estimular el agregado de valor dentro del país.

En ese marco destacó el potencial de la construcción con madera como herramienta estratégica: amplía el mercado interno, acelera los tiempos de obra, incorpora innovación tecnológica y genera empleo industrial de mayor calidad. Vier remarcó que fortalecer la competitividad no implica solo producir más, sino también desarrollar nuevos mercados, incrementar exportaciones y consolidar una industria capaz de transformar localmente un recurso renovable de enorme disponibilidad.

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Cuando los residuos se convierten en energía

La bioenergía fue presentada como otro de los grandes vectores de crecimiento. Osvaldo Kovalchuk, presidente de ASORA —la asociación que reúne a los aserraderos y la industria de remanufactura—, mostró cómo la producción de pellets permite transformar subproductos forestales en un combustible renovable con creciente demanda internacional.

El pellet se fabrica comprimiendo aserrín, virutas y restos de poda a alta presión, sin aditivos: la propia lignina de la madera actúa como aglutinante. El resultado es un combustible sólido, estandarizado y de alta densidad energética, elaborado con material que de otro modo sería un residuo a disponer. Europa es hoy su principal mercado, tanto para calefacción domiciliaria como para generación industrial.

Además de reducir desperdicios, esta industria contribuye a diversificar la matriz energética, generar nuevas inversiones y ampliar las oportunidades de agregado de valor en origen, especialmente en las regiones forestales, donde el flete suele condicionar la rentabilidad de cualquier producto de bajo valor unitario.

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Celulosa y papel frente a la sustitución de materiales fósiles

El recorrido por la cadena concluyó con Juan Sackmann, presidente de la Asociación de Fabricantes de Celulosa y Papel (AFCP), quien expuso el papel estratégico de estas industrias dentro de la bioeconomía.

La creciente demanda mundial de envases sostenibles, empaques renovables y materiales de origen forestal posiciona al sector frente a nuevas oportunidades, impulsadas por la sustitución progresiva de materiales fósiles y la expansión del comercio electrónico. Cada caja de cartón que reemplaza a un envase plástico traslada demanda desde un insumo derivado del petróleo hacia uno de base biológica y renovable. Sackmann destacó la necesidad de seguir incorporando innovación, eficiencia y sostenibilidad como pilares de competitividad para toda la cadena.

Una agenda común para transformar el potencial en desarrollo

En el cierre, el subsecretario de Producción Agropecuaria y Forestal de la Nación, Manuel Chiappe, destacó el valor estratégico de la foresto-industria para el desarrollo productivo del país y la necesidad de generar condiciones que favorezcan la inversión, la competitividad y el agregado de valor. También acompañó la jornada la directora nacional de Forestoindustria, Sabina Vetter, ratificando el respaldo institucional a una actividad considerada clave dentro de la agenda de bioeconomía.

Más allá de las particularidades de cada presentación, todos los expositores coincidieron en un mismo diagnóstico: Argentina posee recursos, conocimiento, capacidad industrial y oportunidades concretas para invertir y crecer, pero necesita consolidar un entorno competitivo que permita transformar esas ventajas comparativas en empleo, exportaciones, desarrollo regional e inversiones de largo plazo.

El mensaje compartido fue claro. La foresto-industria argentina ya no necesita demostrar que tiene recursos, conocimiento técnico o capacidad productiva. El desafío es otro: convertir esas fortalezas en una estrategia sostenida capaz de atraer inversiones, ampliar exportaciones, generar empleo de calidad y consolidar al sector como uno de los grandes motores de la bioeconomía nacional. Los 700 millones no son un techo. Son un punto de partida que lleva demasiado tiempo quieto.

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Ciencia y datos locales para proyectar el futuro: el caso Corrientes

En una actividad que convive estrechamente con los ecosistemas locales, la evidencia científica generada en el propio territorio se vuelve indispensable para responder a las exigencias ambientales y validar la sostenibilidad del sector. En esa línea, se presentó recientemente “Bosques nativos e implantados en Corrientes. Perspectiva ambiental y desafíos”, una obra que sistematiza más de 20 años de investigación, docencia y gestión sobre la realidad forestal de una de las provincias clave para el esquema productivo nacional.

El libro —escrito por 25 autores provenientes de diversos ámbitos disciplinares e institucionales— ofrece uno de los relevamientos más completos hasta la fecha sobre el territorio correntino. A través de nueve capítulos, la publicación aborda desde la evolución de los paisajes naturales y el crecimiento de las plantaciones hasta la gestión del fuego, la responsabilidad social, las biorrefinerías, el marco normativo y la dimensión social de la actividad.

Uno de sus aportes centrales radica en ofrecer evidencia técnica para evaluar la compatibilidad entre la producción forestal y la conservación ambiental. Entre sus páginas se analizan los monitoreos realizados en humedales vinculados a áreas forestadas, la preservación de corredores biológicos y las estrategias para mitigar la fragmentación de hábitats en un contexto productivo crecientemente expuesto a eventos climáticos extremos como sequías, anegamientos e incendios.

En momentos en que la cadena foresto-industrial busca consolidar su agenda de desarrollo y atraer inversiones de largo plazo, publicaciones de esta escala aportan una base rigurosa para superar miradas parciales. Constituye, así, un insumo de consulta para productores, investigadores, empresas y organismos públicos orientados a gestionar el recurso sobre la base de indicadores verificables y buenas prácticas productivas.

Autores: María Cristina Area, Mirta Baez, Silvina Caldato, Esteban Carabelli, Sylvina Lorena Casco, Florencia Chavat, Nicolás Clauser, María Galassi, Luciana Gallardo, Luis María Mestres, Alicia Montenegro, Paula Montenegro, Juan José Neiff, Nicolás Neiff, María Núñez Camelino, Natalia Otero Correa, Carlos Pereyra, Alicia Susana Poi, María Reitano, Roberto Rojas, Marcelo Rolón, Walter Sánchez, Nancy Tognola, María Vallejos y Violeta Amancay Zambiasio.

 
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