La ciencia en el centro de la bioeconomía

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Emiliano Huergo
Manager BioEcomomia

La bioeconomía está transitando su cita anual en la Conferencia Internacional sobre Bioeconomía Aplicada, que por primera vez es hospedada en el continente americano, aunque por las razones de público conocimiento, se está realizando de forma virtual a través de las plataformas online del IICA. Durante los tres días de plenarias, quedaron muchas sensaciones positivas para quienes estamos convencidos de que el enfoque de la bioeconomía es una oportunidad para los países de América Latina de acortar las brechas con el primer mundo.

El primero en coincidir con esta afirmación, fue el Director General del IICA, Manuel Otero, durante su discurso que dejó inaugurado el evento. El IICA, con Otero a la cabeza, viene impulsando la bioeconomía como una herramienta para convertir a las comunidades rurales de América en zonas de progreso a partir del desarrollo de industrias locales de base biológica. Y prácticamente todos los panelistas estuvieron de acuerdo en que, para que esto sea posible, resulta fundamental apoyar el desarrollo de las capacidades científicas, en especial la biotecnología y la nanotecnología, para avanzar en ciencias como la medicina, en una agricultura más verde, en la producción de alimentos sanos y en el aprovechamiento respetuoso de los recursos de la biodiversidad.

En la última plenaria, Roberto Bisang, a criterio personal, uno de los grandes referentes de la bioeconomía, desarrolló el concepto de ‘biofábrica’ como la ‘célula madre’ de la bioeconomía y el nuevo modelo industrial del siglo XXI. De forma muy gráfica, comparó las fábricas tradicionales del siglo XX, donde se utilizaban los bienes de capital creados por el hombre para procesar materias primas de origen mineral para obtener un determinado producto, con las industrias que operan bajo el nuevo paradigma de la bioeconomía. En estas, se instala el concepto de ‘co-producto’, que Bisang explicó con un ejemplo al decir que “Ya no se trata de hacer trigo, sino que se trata de captar la energía del sol, envasarla en maíz, hacer cracking del maíz para transformarlo en alimentos, bioenergías, biomateriales, y además generar un servicio ecosistémico de captura de carbono”. Por tratarse de recursos biológicos, caracterizados por tener una alta variabilidad, hacen que este proceso sea mucho más complejo y que requiera del aprendizaje continuo y el constante soporte de la ciencia.

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Otro concepto interesante fue el presentado por la representante del gobierno uruguayo, Carolina Balian. Introdujo las ‘redes de valor biobasadas’, donde las distintas cadenas de valor dejan de abordarse de forma individual, para ser vistas como una red donde existen relaciones entre los subproductos de una cadena determinada y su utilización como insumo en otra para obtener nuevos productos de mayor valor.  El objetivo es identificar todas las relaciones posibles, que sin duda irán creciendo de la mano del avance de la ciencia.

Los bioinsumos y las bioenergías, dos de los grandes temas de la bioeconomía, tuvieron sus propios paneles, donde los especialistas mostraron las diferentes realidades que están atravesando. En el caso de los primeros, hay un creciente interés impulsado por las demandas de transitar hacía una agricultura más verde. Aunque la perspectiva de crecimiento es enorme, su implementación es aún muy baja. El éxito dependerá de poder contar con buenas políticas de impulso, facilitar los sistemas de registro en el órgano regulador, incrementar la investigación científica y facilitar el acceso a la información y capacitación de productores agropecuarios.

En cuanto a las bioenergías, ha sido el sector que mayor impacto ha sufrido por el Covid. Las restricciones a la circulación provocaron una caída estrepitosa en la demanda de biocombustibles, obligando a las plantas a tener que permanecer cerradas por varias semanas. Es esperable que la recuperación tome hasta 2022. La buena noticia la dio Agustin Torroba, experto de IICA en bioenergías. Aunque varios países, especialmente en Europa, están en vías de migrar hacía la movilidad eléctrica, el especialista dijo que en América tardará mucho más en llegar, y los biocombustibes integrarán los nuevos paradigmas de movilidad, especialmente en los sectores de aviación y comercio marítimo, ya que están atravesando fuertes presiones para su descarbonización.

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El impacto del Covid fue uno de los temas centrales que se debatió en los distintos paneles. David Zilberman, profesor de la Universidad de California, Berkeley, pidió que la pandemia sirva de lección para intensificar los esfuerzos en la lucha contra el cambio climático, que está llevando a que millones de personas sean más pobres. En la misma línea, Hugo Chavarría, gerente del Programa de Bioeconomía de IICA, resaltó la urgencia por revertir los impactos que dejó el Covid en la región, donde el 40% de la población más pobre tuvo que migrar a una dieta menos saludable. Y allí es donde entra con fuerza la bioeconomía, que brinda la posibilidad de capitalizar la nueva frontera de la ciencia para permitir producciones más eficientes, a partir del agregado de valor en cascada, que se traducen en menores desperdicios y en mayor producción de alimentos a menores costos.

Los nuevos procesos que plantea la bioeconomía circular son altamente dependientes del conocimiento científico. Sin embargo, la inversión en investigación es la gran asignatura pendiente de la región. Ruben Echeverría, director general emérito del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) mostró los alarmantes números que indican que la inversión en investigación en ciencias agrícolas y de alimentos en los países de América Latina y el Caribe se ubica, en promedio, por debajo del 1% del PBI agrícola. Un tercio de lo que invierten los países de altos ingresos, que están en torno al 3%. Y según el especialista, los presupuestos podrían incluso reducirse luego del Covid-19. Una situación inconcebible si se tiene en cuenta que la agricultura es la principal fuente de exportaciones y empleo de la región.

 
 
 
 

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