La escena en Frankfurt fue digna de alfombra roja: funcionarios, periodistas, cámaras y el clásico corte de cinta para inaugurar lo que, desde hacía meses, ocupaba titulares en toda Europa. “La planta de e-fuels más grande del continente”. Era One promete 2.500 toneladas anuales de combustibles sintéticos, fabricados con hidrógeno “verde” y CO₂ capturado. Sobre el papel suena a revolución. Pero en la práctica, es casi insignificante: Alemania quema más de 50 millones de toneladas de combustibles fósiles al año solo en transporte. Era One es apenas un balde en el Titanic.
Pero la épica no termina ahí. Para alinearse con el paquete RED III de Bruselas, Berlín promulgó una ley que exige que, desde 2026, el 0,1 % del combustible comercializado sea e-fuel. Traducción urgente: haría falta construir 17 plantas idénticas antes de fin de año para alcanzar ese mínimo. Por ahora, nadie las anunció. Ni una licitación, ni un plano, ni una pala. El cronograma proyecta llegar a un 12 % en 2040, fecha en la que varios de los políticos que hoy se sacan selfies en Era One estarán escribiendo libros sobre liderazgo verde o disfrutando su jubilación en las costas de Andalucía.
El ilusionismo continúa con los números. Su construcción demandó 70 millones de euros entre préstamos y subsidios. Si se amortiza en veinte años, representa 650 € por tonelada solo en costo de capital. A este valor hay que sumarle el costo de la electricidad — un cuarto de la matriz eléctrica alemana sigue proviniendo del carbón—, del hidrógeno, de la mano de obra y de todos los demás insumos. Encima, la huella de carbono real de este combustible experimental aún es una incógnita. No vaya a ser cosa que otra vez nos vendan champagne francés y nos terminen dando sidra tibia.
Mientras tanto, los biocombustibles que ya existen —biodiesel de aceite de soja, etanol de maíz y caña, biometano— quedan en el banquillo, acusados de ser “food-based” y de contribuir a la deforestación. Cuando, por ejemplo, el biodiesel argentino se produce exclusivamente a partir de aceite de soja derivado de granos con certificaciones de sustentabilidad. Así funciona el proteccionismo con disfraz verde: se allanan caminos para tecnologías experimentales, mientras se endurecen las exigencias para lo que ya funciona. (Te lo cuento en detalle en esta columna: El costo ambiental de haber discriminado a los biocombustibles). El resultado: el biodiésel argentino y el etanol brasileño quedan excluidos del mercado europeo, mientras la atmósfera —que no tiene pasaporte— sigue cargándose de CO₂.
El IPCC lo advierte con claridad: postergar recortes más allá de 2025 implica confiar en una captura masiva de carbono cuya viabilidad y escala siguen siendo profundamente inciertas (Te lo contamos esta semana: La carrera por remover carbono: el informe que compara 14 soluciones frente al CO₂). Aun así, Bruselas y Berlín parecen cómodos con el “mañana vemos”. Ayer apostaron al auto eléctrico —que aún no escaló como se prometía y sigue dependiendo de una matriz eléctrica con fuerte componente de carbón—, hoy a los e-fuels, y mañana… será otro conejo de la galera. Mientras tanto, el termómetro global sigue subiendo sin pedir permiso.
Entonces, ¿queremos reducir emisiones en serio o simplemente contar un cuento que cierre bien en la conferencia de prensa? El rescatista no espera la llegada del paramédico: actúa de inmediato. Los biocombustibles pueden no ser perfectos, pero están listos, certificados y disponibles ya. Elegir una opción carísima, escasa e incierta, mientras la solución madura golpea la puerta, es como dejar afuera al único bombero con agua porque su casco no combina con el protocolo.
Felicitaciones, Alemania y Bruselas, por la foto. El planeta agradecerá cuando el show se traduzca en resultados medibles y verificables: menos emisiones en el transporte hoy, no promesas a quince años. Porque el CO₂ no lee gacetillas de prensa ni corta cintas de inauguración: simplemente sube, calienta… y no negocia.


