Aapenas fueron 3.800 metros cúbicos. Pero acreditaron una credencial que ningún otro combustible sostenible de aviación había conseguido hasta el momento. En una de las unidadades de la Refinería Duque de Caxias, sobre la bahía de Guanabara, Petrobras produjo el primer SAF del mundo elaborado con aceite de soja y certificado como de bajo riesgo de cambio indirecto de uso del suelo. Suena a tecnicismo, pero detrás de ese logro hay una pelea de años: con este lote, la compañía brasilera le quita a la soja el cartel de sospechosa que cargó durante toda una década de debates sobre biocombustibles.
El sector aéreo carga con cerca del 2,5% de las emisiones globales de dióxido de carbono. Los aviones comerciales seguirán quemando combustible líquido durante décadas, y la única vía disponible en el corto y mediano plazo para reducir su huella es reemplazar querosene fósil por versiones renovables. El SAF —sigla de Sustainable Aviation Fuel— es esa respuesta: un combustible químicamente compatible con las turbinas actuales, que no exige modificar motores ni infraestructura, pero cuya materia prima proviene de fuentes biológicas en lugar del petróleo.
El problema es que producir SAF no alcanza con elegir una materia prima biológica cualquiera. Los esquemas regulatorios internacionales exigen demostrar que esa materia prima no genera, de manera indirecta, más emisiones de las que evita. Y ahí entra el concepto que ordena toda esta historia.
Qué significa el bajo riesgo iLUC y por qué es la llave de este lote
El cambio indirecto de uso del suelo —conocido por su sigla en inglés, iLUC— es una estimación de las emisiones que se producirían si el aumento de la demanda de un cultivo para fines energéticos empujara a desplazar la producción de alimentos hacia otras regiones, provocando allí la conversión de bosques o pastizales en nuevas áreas de cultivo. No es una medición directa, sino un cálculo proyectado que durante años funcionó como argumento para penalizar a los biocombustibles de base agrícola, en especial a los derivados de la soja.
La certificación que obtuvo Petrobras apunta justamente a desactivar ese reparo. El aceite que utilizó está validado bajo el programa CORSIA Low iLUC Risk, un esquema de la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), el organismo de Naciones Unidas que regula la aviación civil a nivel global y que diseñó CORSIA como mecanismo para limitar y compensar las emisiones del sector. El sello de bajo riesgo iLUC garantiza que la materia prima no proviene de áreas deforestadas ni incentiva indirectamente esa deforestación. Según la compañía, se trata del primer SAF de soja del mundo en obtener esa certificación internacional, un dato que la coloca como referencia técnica en un debate donde la soja solía aparecer del lado de los cuestionamientos.
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Un lote pequeño con una firma grande
En números, el hito es modesto y enorme a la vez. El volumen comercializado fue de 3.800 metros cúbicos, obtenidos por coprocesamiento, con un 1% de contenido renovable en su composición. Ese porcentaje está calibrado para cumplir las obligaciones que fijó la Ley del Combustible del Futuro —la norma brasileña sancionada en 2024 que establece metas crecientes de descarbonización para la aviación doméstica— en sus años iniciales.
El coprocesamiento consiste en introducir materias primas renovables en las unidades de refino ya existentes, junto con el petróleo, de modo que la infraestructura tradicional produzca un combustible de menor intensidad de carbono sin requerir una planta dedicada. Es un camino que permite empezar a ofrecer producto al mercado mientras maduran inversiones de mayor envergadura.
La materia prima la aportó Bunge, una de las mayores comercializadoras y procesadoras de granos del mundo, que suministró el aceite de soja ya certificado bajo el estándar CORSIA. El lote terminado, a su vez, fue comercializado con Vibra, la principal distribuidora de combustibles de Brasil —surgida de la antigua red de estaciones de la propia Petrobras—, que lo canalizará hacia el mercado de aviación. De este modo, la cadena quedó completa de punta a punta: un proveedor agrícola con trazabilidad certificada, una refinería que integra el insumo renovable y un distribuidor que lo lleva al surtidor aeronáutico.
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“La comercialización del primer SAF del mundo con soja certificada de bajo riesgo iLUC demuestra el compromiso de Petrobras con la sostenibilidad y la transición energética”, señaló Angélica Laureano, directora de Logística, Comercialización y Mercados de la compañía. La ejecutiva agregó que la operación refleja también el propósito de incentivar a la propia cadena de proveedores a adoptar prácticas sostenibles verificables, un punto no menor: al exigir certificación, la petrolera traslada el estándar ambiental aguas arriba, hacia el campo y la industria aceitera.
La incorporación de la soja como nueva materia prima certificada le da, además, flexibilidad al proceso productivo. Hasta ahora el SAF se asociaba sobre todo a aceites de cocina usados y grasas animales; sumar un aceite vegetal de producción masiva, abundante en el Mercosur, amplía notablemente la base de insumos disponibles para escalar la oferta.
De la prueba al compromiso de US$ 1.200 millones
El lote de SAF a partir de aceite de soja no es un gesto aislado, sino la antesala de una apuesta mucho mayor. El viernes 19 de junio, el Consejo de Administración de Petrobras aprobó la decisión final de inversión del proyecto RPBC Biorrefino, que contempla la construcción de una planta dedicada a la producción SAF y diésel renovable en la Refinería Presidente Bernardes, en Cubatão, estado de São Paulo. La inversión estimada ronda los US$ 1.200 millones.
A diferencia del coprocesamiento, esta instalación será una unidad específicamente diseñada para combustibles renovables, con capacidad de producir hasta 15.000 barriles diarios (870 millones de litros por año) de SAF y diésel renovable. La compañía prevé iniciar las obras antes de fin de 2026 y poner la planta en operación en 2030. El proyecto forma parte del Plan de Negocios 2026-2030 y quedó incluido en la cartera de inversiones en implementación.
El movimiento de Cubatão revela la lógica de fondo: el lote certificado que salió de Duque de Caxias valida la materia prima y la tecnología, mientras la planta de São Paulo apunta a darle volumen industrial. Ambas piezas responden al mismo marco regulatorio —la Ley del Combustible del Futuro en el plano doméstico y CORSIA en el internacional—, que está empujando a las petroleras de la región a transformar refinerías pensadas para el fósil en complejos capaces de procesar insumos biológicos.
Brasil llega a esta jugada con una ventaja estructural difícil de igualar. Es uno de los mayores productores de soja del planeta y cuenta con un parque industrial aceitero de gran escala, lo que le asegura abastecimiento de proximidad para una materia prima que, en la ecuación de costos del SAF, suele explicar la mayor parte del valor final. Que ese insumo además pueda exhibir un sello internacional de bajo riesgo iLUC le agrega un atributo comercial decisivo en mercados como el europeo, cada vez más estrictos en materia de trazabilidad ambiental.


