lunes, junio 29, 2026
 

Brasil acelera una nueva generación de biorrefinerías y ya mira el carbono bajo tierra

Con al menos 25 proyectos en estudio o desarrollo por US$ 16 mil millones, el país combina inversiones en SAF, HVO, etanol, biometano y captura de carbono biogénico para agregar valor a sus cadenas agroindustriales.

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En Bahía, una biorrefinería de US$ 3.000 millones ayuda a entender hacia dónde se está moviendo la industria brasileña. El proyecto es de Acelen, una empresa controlada por Mubadala Capital, el brazo de inversiones del fondo soberano de Abu Dhabi. Está diseñada para producir 1.000 millones de litros anuales de combustible sostenible de aviación y HVO, el aceite vegetal hidrotratado que puede usarse como diésel. El BNDES ya aprobó financiamiento por US$ 100 millones y Honeywell anunció que aportará la tecnología para la planta.

No es el único caso, pero sí uno de los más visibles. Según una investigación de BNamericas, la agencia de inteligencia de mercado especializada en infraestructura, energía y minería en América Latina, en Brasil hay al menos 25 proyectos de biocombustibles en estudio o desarrollo, con inversiones totales superiores a US$ 16.000 millones. El número impacta, pero cuenta apenas una parte de la historia. Detrás de semejante cifra aparece una cartera diversificada que combina combustibles sostenibles de aviación, diésel renovable, etanol de maíz, etanol celulósico y nuevas rutas de aprovechamiento de biomasa. En este nuevo mapa, las biorrefinerías son apenas una parte de la historia. La otra se juega en el campo, donde cada materia prima deberá demostrar disponibilidad, eficiencia, costos competitivos y capacidad de integrarse a sistemas productivos reales.

Brasil reúne condiciones difíciles de encontrar en un mismo país: una larga trayectoria en etanol, una agroindustria de escala continental, grandes volúmenes de biomasa, infraestructura energética pesada y un banco público de desarrollo con espalda para financiar proyectos de largo plazo. Esa combinación explica por qué la nueva ola de biocombustibles no luce como un salto aislado, sino como la ampliación de capacidades que el país venía acumulando.

SAF, HVO y refinerías que empiezan a cambiar de función

El combustible sostenible de aviación aparece como una de las señales más claras de esta nueva etapa. La aviación necesita combustibles líquidos de menor huella, y la industria brasileña cuenta con una base agroindustrial, infraestructura energética y experiencia en biocombustibles que la colocan en condiciones de disputar un lugar relevante en esa cadena global. En ese cruce entre biomasa, refinación y demanda aérea se ubican varios de los proyectos más grandes de la cartera.

Además de Acelen, Petrobras, la petrolera estatal y principal compañía energética de Brasil, avanza en varios frentes a la vez. En Rio Grande do Sul evalúa junto con Braskem — la mayor petroquímica de América con fuerte presencia en resinas y químicos— y Ultrapar —grupo privado de energía e infraestructura— una inversión de 6.000 millones de reales, unos US$ 1.160 millones al tipo de cambio vigente, para transformar la Refinería Riograndense en una biorrefinería de combustibles renovables.

En paralelo, el 19 de junio Petrobras acaba de aprobar una inversión de US$ 1.200 millones para instalar una unidad de bioqueroseno de aviación y diésel renovable en la Refinería Presidente Bernardes, en Cubatão, São Paulo. Las obras deberían comenzar antes de que termine 2026 y la instalación tendrá capacidad para producir hasta 15.000 barriles diarios (870 millones de litros) de combustibles renovables, con entrada en operación prevista para 2030. A ese plan se suma otra unidad de bioqueroseno proyectada en el Complexo de Energias Boaventura, en Rio de Janeiro, un polo que la compañía busca reposicionar como plataforma de negocios de menor intensidad de carbono.

La estadounidense Satarem America anunció en junio de 2025 un plan de US$ 425 millones para construir una biorrefinería de SAF en Paraná, todavía en fase de desarrollo. El proyecto se inscribe en una carrera global por abastecer a una aviación cada vez más presionada para reducir emisiones.

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El maíz cambió el mapa del etanol

Durante mucho tiempo, el etanol brasileño fue casi sinónimo de caña. En los últimos años, sin embargo, el maíz se abrió paso, sobre todo en Mato Grosso, donde la escala agrícola y la abundancia de granos dieron lugar a una industria capaz de extender el calendario de la zafra cañera. Esta nueva lógica industrial se refleja en las plantas flex o duales, que permiten producir etanol de caña durante los meses de zafra y etanol de maíz el resto del año, usando durante más tiempo calderas, tanques, fermentadores, personal e infraestructura logística.

La lógica no es solo producir más litros, sino hacer trabajar mejor la capacidad instalada y ampliar los productos que salen de una misma biorrefinería. Del maíz pueden obtenerse etanol, burlanda para nutrición animal y aceite para biodiésel, vinazas y otros flujos aprovechables para producir biogás o biometano; de la caña, azúcar, etanol, bioelectricidad, vinaza y recursos que también pueden volver al sistema en forma de energía o nutrientes para el suelo. En esa integración, la industria brasilera comienza a construir una plataforma más continua y diversificada, apoyada en materias primas que no compiten necesariamente entre sí, sino que permiten ordenar distintos momentos del año industrial.

La escala de ese cambio se ve en los números. Según datos citados en un estudio del Banco do Nordeste, Brasil cuenta con 35 biorrefinerías autorizadas por la ANP para producir etanol de granos, entre unidades dedicadas exclusivamente a granos y plantas flex integradas con caña. A ese universo se suman otros 19 proyectos con autorización para construcción, lo que lleva el mapa a más de medio centenar de unidades entre plantas autorizadas y desarrollos en camino.

En Mato Grosso, Inpasa anunció a fines de diciembre de 2025 una inversión de 2.770 millones de reales (US$ 540 millones) para una nueva planta de etanol en Rondonópolis y otros 704 millones (US$ 136 millones) para ampliar su biorrefinería en Nova Mutum. La compañía informó a BNamericas que la ampliación de Nova Mutum debería inaugurarse en el último trimestre de 2026, mientras que Rondonópolis entraría en operación en el primer trimestre de 2027.

El BNDES sostiene buena parte de esta expansión. También en Mato Grosso aprobó 500 millones de reales (US$ 97 millones) para una planta de etanol de FS en Campo Novo do Parecis —FS produce etanol, burlanda para la nutrición animal y bioenergía a partir de maíz—, dentro de un emprendimiento cuyo capital total supera los US$ 400 millones. A eso suma 575,3 millones (US$ 111 millones) para ampliar una planta de etanol de maíz de ALD Bioenergia en Deciolândia y 1.000 millones de reales (U$S 193 millones) para una planta de RRP Energia, cuyo capex total alcanza los 1.600 millones de reales (U$S 309 millones).

Fuera del estado, en Paraná, Potencial Agro proyecta invertir 2.000 millones de reales (US$ 387 millones) en una biorrefinería de etanol de maíz en Lapa, en la región metropolitana de Curitiba, con la meta de operar en 2028.

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El etanol de segunda generación

Otro frente que empieza a ordenar inversiones es el etanol celulósico, conocido como de segunda generación o E2G. A diferencia del convencional, que parte de azúcares o almidones, esta ruta aprovecha residuos lignocelulósicos —bagazo y paja— para extraer más combustible de la misma base agrícola. La idea es fácil de enunciar y difícil de ejecutar: sacar más energía de materiales que ya están dentro del sistema productivo.

Raízen, el joint venture entre Shell y Cosan y una de las mayores compañías integradas de energía y azúcar del mundo, levanta dos plantas de E2G en Andradina y Morro Agudo, ambas en São Paulo, con 1.400 millones de reales (US$ 270 millones) por proyecto. Las unidades, bautizadas Vale do Rosário y Gasa, tenían las obras 80% y 52% concluidas en el tercer trimestre de 2025, según los datos más recientes de la empresa, que transita un proceso de recuperación extrajudicial.

En Alagoas, GranBio —firma brasileña de biotecnología industrial y biocombustibles avanzados— se asoció con Usina Caeté, Usina Santo Antônio e Impacto Bioenergia para instalar una biorrefinería avanzada en São Miguel dos Campos. Con un capex de 1.500 millones de reales (US$ 290 millones), el proyecto busca producir etanol neutro en carbono a partir de residuos de la producción de azúcar, y biometano a partir de vinaza. La piedra fundamental se colocó a fines de diciembre del año pasado.

Más al norte, en Maranhão, 4WOOD Biotech proyecta una planta que convertirá bambú en etanol de segunda generación y otros bioproductos de alto valor, con una inversión cercana a US$ 470 millones. La unidad procesaría 450.000 toneladas de bambú al año y rendiría entre 250 y 280 litros de E2G por tonelada de biomasa. En abril, la empresa presentó la iniciativa ante la Federación de las Industrias del Estado de Maranhão, la Fiema. Su director tecnológico, Luismar Porto, advirtió entonces que el proyecto exigirá formar recursos humanos y tejer alianzas locales con el Instituto Federal de Maranhão, la empresa pública brasileña de investigación agropecuaria Embrapa, el Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial, universidades y organismos públicos, además de integrarse con la agricultura familiar y la acuicultura.

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Biometano: de pasivo a activo ambiental

El biometano es otro frente en expansión. Su mecánica difiere de la de los combustibles líquidos, pero parte de la misma premisa: convertir residuos orgánicos en energía aprovechable. En lugar de depender de gas fósil, las plantas procesan vinaza, torta de filtro, descartes agroindustriales o residuos urbanos para obtener un gas renovable que sustituye diésel o gas natural en distintos usos.

Prumo Logística —la compañía de infraestructura que opera el Puerto do Açu, en Rio de Janeiro— y Geo Bio Gas&Carbon —especializada en soluciones de biogás, biometano y carbono— firmaron en 2023 un memorando de entendimiento para montar una planta de biometano en ese puerto, con una inversión estimada en US$ 124 millones y una capacidad proyectada de 200.000 metros cúbicos diarios. Según Prumo, el proyecto sigue en evaluación.

Otros emprendimientos ya están en obra. Atvos Bioenergia, del sector sucroenergético, inició en 2025 la construcción de su primera planta de biometano en Nova Alvorada do Sul, Mato Grosso do Sul, con una inversión de 350 millones de reales (US$ 68 millones). La fábrica usará vinaza y torta de filtro —ambos residuos de la producción de etanol— para generar hasta 28,3 millones de metros cúbicos anuales, un volumen con el que la compañía espera reemplazar hasta el 40% del diésel en el mediano plazo.

En la región metropolitana de Río de Janeiro, Gás Verde —especializada en biometano— y Orizon —dedicada a la gestión y valorización de residuos— construyen dos plantas, una en São Gonçalo y otra en Nova Iguaçu, con arranque previsto para el segundo semestre de 2028. Gás Verde, además, reconvierte su central de Seropédica en un polo de soluciones ambientales: a comienzos de 2026 sumó una planta de CO₂ verde para empresas de alimentos y bebidas, y en Pernambuco avanza con una nueva planta de biometano en Igarassu que debería entrar en operación en el segundo semestre de este año.

La huella del BNDES también aparece aquí. En Goiás, Tropical Biogás —controlada por bp bioenergy, el brazo de bioenergía de la petrolera británica bp— invierte 275,8 millones de reales (US$ 53 millones) en una planta de biometano, con 244,9 millones de reales (US$ 47 millones) financiados por el banco. En Paraná, Bioo desarrolla otra por 196 millones (US$ 38 millones), apoyada con 148,5 millones de reales (US$ 29 millones) de la misma fuente.

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São Paulo suma captura de carbono biogénico

La expansión de plantas explica una parte del movimiento. La otra está en cómo esas plantas empiezan a medir y tratar el carbono. El 10 de junio, la Secretaría de Medio Ambiente, Infraestructura y Logística del Estado de São Paulo —la Semil—, la Fundación de Apoyo a la Investigación del Estado de São Paulo —Fapesp— y la Escuela Politécnica de la Universidad de São Paulo —EPUSP— sellaron una alianza para crear el Centro de Tecnologías para Captura y Almacenamiento de Carbono Biogénico, el CTCCSBio.

Propuesto por la Semil y seleccionado por la Fapesp, una de las principales agencias públicas de financiamiento científico del país, el centro se alojará en la Escuela Politécnica de la USP, una de las instituciones de ingeniería más influyentes de América Latina. Allí desarrollará el primer proyecto piloto brasileño de captura y almacenamiento de carbono proveniente de la producción de etanol de caña. La iniciativa reúne a la Semil, la EPUSP, la Fapesp, Petrobras y el estudio Rolim Goulart Cardoso Advogados, con el respaldo de São Martinho —uno de los grandes grupos sucroenergéticos del interior paulista—, y suma desde el inicio a Unicamp, Unesp, ITA y Mackenzie. La inversión total estimada es de 30 millones de reales.

La tecnología detrás del centro se conoce como BECCS, sigla en inglés de bioenergía con captura y almacenamiento de carbono. En el etanol de caña, su lógica es directa: la planta absorbe CO₂ de la atmósfera mientras crece y, durante la fermentación, devuelve una parte de ese carbono como gas relativamente concentrado. Si ese CO₂ se captura y se almacena de forma permanente en formaciones geológicas, el balance de emisiones del proceso cae de manera significativa.

Natália Resende, secretaria de la Semil, sostuvo que el proyecto se alinea con la estrategia climática paulista —el Plan de Acción Climática 2050 y el Plan Estadual de Energía 2050—, que reconocen el BECCS como herramienta para remover CO₂, descarbonizar el sector agroindustrial y sostener su competitividad internacional ante exigencias ambientales cada vez más duras.

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Geología, regulación y mercado de carbono

El CTCCSBio se organizará en cinco ejes: socioambiental, regulación, tecnología, infraestructura y mercado. Esa amplitud deja en claro que el desafío no termina en capturar el gas dentro de la usina. Hace falta, además, mapear reservorios geológicos, estudiar las propiedades de las formaciones rocosas subterráneas, afinar las tecnologías de captura y purificación, resolver el transporte del carbono y construir marcos regulatorios capaces de dar seguridad a inversiones y créditos.

El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el IPCC, reconoce el BECCS como una de las tecnologías relevantes para remover dióxido de carbono en las próximas décadas. En São Paulo, el interés tiene un fundamento productivo evidente: es el mayor productor de etanol y azúcar de Brasil y cuenta con un bioparque consolidado que podría servir de plataforma para escalar estas tecnologías, siempre que los pilotos demuestren viabilidad técnica y económica.

La conexión con la cartera de biocombustibles es clave. Cuantas más biorrefinerías produzcan etanol, biodiésel, SAF, HVO, biometano o bioproductos, más decisivo será acreditar su desempeño climático con datos verificables. Ahí, la captura de carbono biogénico puede volverse una herramienta extra para competir en mercados donde la intensidad de carbono empieza a pesar tanto como el precio.

La agroindustria brasileña muestra una cartera de proyectos en movimiento. Algunos cuentan con financiamiento aprobado; otros están en obra, en evaluación o en negociación de contratos. Esa es la fotografía actual: una red de biorrefinerías y plantas asociadas que deberá atravesar permisos, cierre contractual, construcción y validación técnica para convertir los anuncios en nueva capacidad productiva.

 
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