Una buena parte de lo que usamos cada día —plásticos, combustibles, fibras textiles, productos químicos, envases— se fabrica a partir de petróleo. Son recursos que la naturaleza tardó millones de años en formar, que al extraerlos y transformarlos liberan carbono que estaba fuera del ciclo atmosférico, y que una vez consumidos no se regeneran. Las consecuencias de ese modelo son archiconocidas. Concentraciones récord de CO₂, eventos climáticos extremos más frecuentes, ecosistemas degradados.
En respuesta a este modelo industrial, surgió hace algunas décadas un paradigma que propone cambiar la base material de la producción: en lugar de carbono fósil, carbono biológico. En lugar de recursos que se agotan, recursos que se renuevan con cada ciclo de la naturaleza, con cada cosecha, con cada proceso de fotosíntesis. La bioeconomía —que no es un sector ni una industria sino una forma de organizar la producción— plantea que un grano de maíz puede convertirse en etanol, en bioplástico, en biogás, en CO₂ industrial de origen biogénico, en proteína animal a través de la burlanda, en químicos de plataforma. Que una sola planta puede desplazar al petróleo en cinco cadenas productivas distintas. Que el campo no es solo alimento: es la fuente de la materia prima que reemplaza lo fósil.
Pero para que ese paradigma avance, necesita algo más que promesa: necesita evidencia. Datos concretos que demuestren que producir con base biológica genera menos impacto ambiental que la alternativa fósil. Y sobre todo, que permitan distinguir porque un cultivo de maíz en la Pampa Húmeda, bajo siembra directa y con agricultura de precisión no tiene la misma huella que uno producido con otras prácticas en otra región del mundo. Esa diferencia, hoy, no siempre es visible. Las regulaciones internacionales, los estándares de sustentabilidad y las exigencias de mercado operan muchas veces con estimaciones genéricas que no capturan la realidad de cada sistema productivo. Y cuando la medición es injusta, el productor que elige las mejores prácticas paga el costo de no poder demostrar lo que hace bien.
Ese vacío es el que busca cubrir SUSTAINCrop, un proyecto internacional financiado por la Unión Europea en el marco del programa Horizon Europe —el principal instrumento comunitario de financiamiento para investigación e innovación—, cuya coordinación latinoamericana estará a cargo de científicos del CONICET. El consorcio reunirá a investigadores, consultoras y organismos de once países de Europa y América Latina con un objetivo compartido: diseñar y validar una herramienta digital capaz de evaluar la huella ambiental real de los cultivos destinados a la industria de base biológica, en las condiciones concretas de cada ecosistema.
El rol argentino: coordinar el conocimiento latinoamericano
La coordinación global del proyecto está a cargo de INNOMINE, una consultora húngara especializada en conectar empresas y startups con financiamiento europeo. Pero la pata latinoamericana del consorcio será liderada desde Chascomús, provincia de Buenos Aires, por investigadores del Instituto Tecnológico de Chascomús (INTECh), un centro de doble dependencia del CONICET —el principal organismo de investigación científica de Argentina— y la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM).
El INTECh será sede de la Coordinación del grupo de Conocimiento Latinoamericano, que integran también la Universidad de San Pablo de Guatemala y la Universidad Autónoma de Bucaramanga, en Colombia. Cada institución representará una subregión del continente: el INTECh al Cono Sur, Bucaramanga a la franja ecuatorial americana y Guatemala a Centroamérica.
«Desde el INTECh buscaremos crear una red de cooperación multiinstitucional, primero a nivel nacional para desde ahí proyectarnos regionalmente», explica Oscar Ruiz, investigador del CONICET en el INTECh y responsable de la coordinación latinoamericana del proyecto. Por el lado europeo, participan instituciones y empresas de Dinamarca, Grecia, Alemania, Bélgica y España.
Cultivos para la industria de base biológica
El proyecto se enfoca en cultivos agrícolas cuyas fracciones funcionan como materia prima renovable para la fabricación de productos industriales: materiales, combustibles, compuestos químicos. Su desarrollo apunta a desplazar el uso de recursos fósiles, contribuyendo a reducir la huella de carbono de la economía.
En Europa, los cultivos priorizados por SUSTAINCrop incluyen colza, remolacha azucarera y cáñamo. Para América Latina, la selección se ajusta a la realidad productiva de la región: maíz, caña de azúcar, soja, algodón, girasol y canola. «El proyecto intenta recopilar datos y cifras sobre los volúmenes y la distribución geográfica de los cultivos agrícolas primarios que se comercializan dentro de Europa y Latinoamérica, incluyendo datos sobre el tipo del suelo y sus usos, el clima, los sistemas de cultivo y las prácticas agronómicas», detalla Ruiz.
Del dato al mapa: qué entregará el proyecto
SUSTAINCrop tiene un plazo de ejecución de 36 meses y prevé generar tres productos concretos para los actores de la cadena: productores, asesores, empresas y autoridades públicas.
El primer entregable será un repositorio de datos de producción de cultivos industriales organizado por región, ecosistema y sistema productivo. La base se construirá a partir de registros históricos reales, no de estimaciones teóricas, lo que le daría una resolución que hoy no existe en herramientas comparables.
Sobre esa base, el proyecto desarrollará un dashboard que permitirá a los usuarios comparar huellas ambientales entre regiones, prácticas agronómicas y cultivos, y explorar opciones de producción más sostenibles.
El tercer componente apunta a traducir los datos en conocimiento aplicable: guías de buenas prácticas para producir cultivos industriales con menor impacto ambiental.
El conjunto de estas herramientas se integrará en lo que el proyecto denomina TOOL KIT, una plataforma digital que, según Ruiz, «permitirá evaluar las potenciales huellas ambientales de los cultivos seleccionados en condiciones de producción real. Será construida a partir de datos de producción históricos para distintos ecosistemas. Una vez diseñada, deberá ser validada en los distintos ecosistemas que resulten de interés».
Un antecedente que abrió la puerta
El equipo de Chascomús ya había integrado un proyecto europeo previo, también financiado por Horizon Europe: Raising the bio-based industrial feedstock capacity of Marginal Lands (Incrementar la capacidad de producción de materias primas industriales de origen biológico en tierras marginales), coordinado por el Leibniz Centre for Agricultural Landscape Research (ZALF), un centro de investigación alemán especializado en paisajes agrícolas. Aquella experiencia —centrada en evaluar el potencial de tierras marginales para producir insumos de base biológica— fue el antecedente directo que motivó la invitación al nuevo consorcio. «Fue una experiencia importante que promovió que nuestros colegas europeos nos invitaran a ser parte de esta nueva iniciativa», confirma Ruiz.
Herramientas para que la evidencia llegue a las decisiones
El objetivo final de SUSTAINCrop es que la información generada no quede encerrada en bases de datos académicas. Según el CONICET, las herramientas estarán diseñadas para que «tanto las autoridades públicas, como los agricultores, los asesores y los agentes económicos en las cadenas de valor industriales de base biológica tengan acceso a las mejores prácticas para producir cultivos para usos industriales de forma sostenible».
Para los productores, la plataforma ofrecerá una forma concreta de conocer y optimizar el impacto ambiental de sus sistemas. Para los responsables de políticas públicas, un insumo que permita diseñar regulaciones basadas en datos verificables y no en estimaciones genéricas. Y para las cadenas de valor de base biológica, una referencia compartida que habilite la trazabilidad ambiental que los mercados internacionales exigen con creciente firmeza.
Para Argentina, donde prácticas como la siembra directa y los cultivos de cobertura modifican sustancialmente el balance de carbono de los sistemas agrícolas, contar con herramientas que capturen esas diferencias es particularmente relevante. El proyecto SUSTAINCrop podría aportar, en ese sentido, evidencia concreta que fortalezca la posición competitiva de la producción agroindustrial latinoamericana en un mercado global cada vez más exigente en materia de trazabilidad ambiental.


