sábado, agosto 1, 2026
 

Mundial, Malvinas y bioeconomía

Una mirada argentina al Mundial y a la trama de innovación, recursos biológicos y soberanía que se desplegó alrededor de la pelota.

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Esta columna la pensé para la segunda semana de junio, cuando comenzara el Mundial. La idea era bastante más sencilla: hablar del césped. De la ciencia, la agronomía y el despliegue tecnológico necesario para que una pelota rodara de la misma manera en dieciséis estadios distribuidos entre tres países.

Pero empezaron a aparecer otras historias. Una detrás de otra. Entonces decidí esperar hasta el final del torneo. Con la copa entregada y los estadios vacíos, sería más fácil ordenar el material y las ideas.

Claro que me olvidé de algo: los argentinos no miramos el Mundial. Lo atravesamos. Con esa mezcla de esperanza, sufrimiento y desmesura. Cada partido se vive como una final. Y esta vez hubo de todo: Inglaterra, la bandera de Malvinas y una hostilidad creciente que terminó por instalar la sensación de que buena parte del mundo quería vernos caer.

La final no apagó nada. Multiplicó el ruido. Y el eco de esa sensación siguió retumbando mucho después del último silbatazo.

Yo, al menos, no podía escribir.

Necesitaba que bajara la espuma. Que el Mundial dejara de ser solamente esa sucesión de angustias, discusiones y emociones que todavía teníamos demasiado cerca. Recién ahora pude volver al material que había empezado a reunir varias semanas antes.

Y descubrí que aquella columna sobre el césped ya no existía. Con el correr de los partidos, alrededor de la pelota se había jugado otra historia. Mucho menos visible. Pero extraordinariamente fértil.

Empecemos por abajo.

FIFA exige césped natural en todos los partidos. Parece sencillo, hasta que uno mira el mapa de este Mundial: dieciséis estadios distribuidos por todo un continente, con encuentros bajo los 40 °C de Dallas y otros dentro de la penumbra permanente del techo cerrado de Vancouver. Para complicarlo todavía más, más de la mitad de las sedes utilizaban habitualmente superficies artificiales.

Había que construir canchas naturales donde no las había. Y conseguir que la pelota rodara y picara de la misma manera en todas.

La respuesta llevó cuatro años de trabajo.

Michigan State University y la University of Tennessee, dos instituciones especializadas en investigación agronómica, trabajaron con financiamiento de FIFA para ensayar variedades, mezclas y sistemas de instalación hasta definir dos soluciones. Para las sedes frías y los estadios cerrados eligieron una combinación de Kentucky bluegrass y Lolium perenne. Para los climas más cálidos, una bermudagrass conocida como Tahoma 31.

Pero elegir el pasto era apenas el comienzo.

El césped fue cultivado en granjas especializadas sobre una base plástica que permitía cosecharlo con sus raíces intactas. Después se cortó en rollos, viajó en camiones refrigerados y se instaló sobre capas de arena, drenajes, conductos de ventilación y riego inteligente.

En el MetLife Stadium, donde se disputó la final, la cancha sintética utilizada por los Giants y los Jets quedó cubierta por casi medio metro de arena. Debajo se instaló un sistema capaz de retirar el exceso de agua y hacer circular aire entre las raíces.

No colocaron simplemente pasto sobre plástico.

Construyeron un suelo dentro del estadio.

Al frente del proyecto estuvo John “Trey” Rogers III, profesor de Michigan State y uno de los responsables del primer césped portátil utilizado en un Mundial, también en Estados Unidos, en 1994. Treinta y dos años después, el desafío ya no era mover una cancha. Era reproducirla, con el mismo comportamiento, en climas y estadios completamente distintos.

Y después había que desmontarla.

BC Place, en Vancouver, es un estadio cubierto que utiliza habitualmente césped artificial, por lo que la superficie natural instalada para el Mundial tenía fecha de vencimiento desde el primer día.

La cancha había sido cultivada por Bos Sod, una empresa familiar de Abbotsford, a unos 70 kilómetros de la ciudad. No era solamente pasto: debajo había miles de toneladas de arena y, entre las raíces, pequeñas fibras sintéticas que reforzaban la superficie para soportar los partidos.

Cuando terminó el torneo, todo ese sistema se desarmó.

El césped regresó a la granja. Allí separaron las fibras plásticas para reciclarlas y transformaron las raíces, la tierra y los restos vegetales en compost. La arena —unas 5.000 toneladas— fue destinada a canchas comunitarias de la región, donde servirá para mejorar el drenaje y renovar las superficies.

La cancha había sido construida para durar unas pocas semanas. Pero casi todo lo que la componía siguió siendo útil después del último partido.

Ahora sí, levantemos la mirada.

Si el césped escondía cuatro años de investigación, las camisetas, bastante más de una segunda vida.

Nike vistió a doce selecciones —entre ellas Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Brasil— con prendas fabricadas enteramente a partir de residuos textiles. Sí: algunos de los mejores futbolistas del planeta jugaron el Mundial vestidos con prendas que, en otra vida, alguien había usado y descartado.

Convertir una botella en poliéster ya era un avance. Hacerlo con ropa es bastante más difícil. Las prendas llegan mezcladas, teñidas, estampadas y combinadas con fibras distintas. Hay que desarmarlas químicamente, recuperar sus componentes y volver a construir un hilo capaz de soportar calor, transpiración, tirones y noventa minutos al máximo nivel.

Detrás de ese proceso están Syre, una empresa sueca especializada en reciclar poliéster textil, y Aero-FIT, la tecnología de alto rendimiento desarrollada por Nike.

La apuesta era arriesgada. Una cosa es hacer una bolsa con material reciclado. Otra es vestir con él a Mbappé, Vinícius o Harry Kane frente a cientos de millones de personas.

Pero funcionó.

Durante el Mundial hubo quejas por el calor, por los árbitros, por los precios de las entradas, por las distancias, y hasta por las restricciones migratorias. De las camisetas, nadie dijo nada.

Adidas hizo lo propio con Argentina y España. Las dos selecciones que llegaron a la final jugaron con camisetas fabricadas con poliéster reciclado de residuos textiles. Puma, por su parte, llevó su tecnología Re:Fibre, con al menos un 95 % de material reciclado.

Dicho de otra manera: la copa se definió entre veintidós jugadores vestidos con ropa que antes había sido otra cosa.

Y la pelota tampoco quedó afuera.

La Adidas Trionda, utilizada en los 104 partidos, incorporó poliéster reciclado en su estructura, además de tintas y adhesivos de base acuosa.

De los 80.000 espectadores que asistieron a la final en el MetLife Stadium y los 1.500 millones que la siguieron por televisión, probablemente nadie lo notó.

Y nada permanece quieto durante un Mundial.

Ni la pelota, ni los jugadores, ni los cientos de miles de hinchas que viajan detrás de ellos.

Y este torneo fue particularmente inquieto.

Las dieciséis sedes estaban repartidas entre Canadá, Estados Unidos y México. Entre Vancouver y Miami hay más de 4.500 kilómetros. Una distancia semejante a la que separa Buenos Aires de buena parte del Caribe. Solo que acá había que recorrerla para jugar al fútbol.

FIFA dispuso que los shuttles oficiales —los colectivos que trasladaban delegaciones, periodistas y personal del torneo— funcionaran con biocombustibles. En doce de las dieciséis ciudades se utilizó biodiésel puro (B100) elaborado a partir de aceite de cocina usado y subproductos agrícolas. En Kansas City, Houston, Monterrey y Guadalajara, donde no había suficiente disponibilidad, se empleó B20, una mezcla con 20 % de biodiésel.

Es decir que parte del aceite que había pasado por una freidora volvió a circular convertido en combustible.

Pero los colectivos podían resolver apenas una parte del problema. En un Mundial desplegado sobre tres países, también había que volar.

Y mucho.

Inglaterra fue la que más lo hizo.

La selección inglesa eligió Kansas City como base y regresó allí después de cada partido. Hasta los cuartos de final, le tocó jugar siempre en una ciudad distinta. Y luego de perder la semifinal con Argentina en Atlanta —sí, la del final agónico y la bandera de Malvinas— todavía tuvo que volver a Kansas y viajar después a Miami para disputar el tercer puesto.

Cuando terminó el torneo, había acumulado más de 23.000 kilómetros.

Una distancia equivalente a viajar de Londres a Puerto Argentino y regresar. O a hacer unas quince veces el trayecto de ida y vuelta desde Río Gallegos.

Si, a veces la geografía es bastante elocuente.

Inglaterra no solo fue la selección que más kilómetros recorrió. También fue la que decidió enfrentar esa huella con combustible sostenible de aviación.

La Football Association, la federación que conduce el fútbol inglés, recurrió al SAF para los vuelos chárter de su delegación. Se trata de un combustible producido a partir de materias primas biológicas, como aceites vegetales y grasas animales, que puede utilizarse en los aviones actuales y reducir hasta un 80 % las emisiones a lo largo de su ciclo de vida.

Y más allá de toda la bronca por lo que rodeó la semi, hay que reconocerles que decidieron hacerse cargo del impacto de sus viajes.

No solo en este torneo.

La federación explicó que el uso de SAF forma parte de su estrategia de sostenibilidad, Playing for the Future, y que volverá a implementarlo durante el Mundial femenino del próximo año en Brasil.

Y si nuestros jugadores le mostraron al mundo que el reclamo de la Argentina sobre la soberanía de las Islas Malvinas está más vigente que nunca, la federación inglesa nos recuerda que hay otra dimensión de la soberanía. La de la soberanía energética: disponer de la tecnología, los recursos y la decisión de cambiar la energía que mueve un país.

En la Argentina tenemos de sobra los dos primeros.

Nos sigue faltando bastante de lo tercero.

Y lo que nos sobra es lo que queda después de cada partido.

Un estadio lleno puede parecer una fiesta. Visto desde atrás, también es una fábrica de residuos.

Vasos, bandejas, botellas, restos de comida, cartón, latas. Ochenta mil personas pueden vaciar una cancha en menos de una hora y dejar detrás una montaña capaz de contar el partido de otra manera.

En Atlanta decidieron que esa historia no terminara en un vertedero.

El Mercedes-Benz Stadium, sede de ocho partidos –entre ellos la semi que vamos a recordar toda la vida–, desvió el 91 % de los residuos generados durante el torneo. Compostó 185 toneladas de restos orgánicos, recuperó más de 42 toneladas de vidrio y cartón y donó casi cuatro toneladas de alimentos que no habían sido consumidos.

No fue una campaña improvisada. El estadio de los Atlanta Falcons fue el primero del mundo en recibir la certificación TRUE Platinum por su sistema de residuo cero. Dicho de otro modo: mientras adentro se jugaba al fútbol, detrás de las tribunas funcionaba una maquinaria diseñada para que casi nada terminara donde termina siempre.

Filadelfia cerró otro círculo.

El Lincoln Financial Field separa manualmente el aluminio de las latas utilizadas en cada evento y lo convierte en vasos para los encuentros siguientes.

La lata con la que un hincha paraguayo se refrescó durante el partido contra Francia puede volver meses después a las manos de un fanático de los Eagles.

Con otra forma, pero lista para empezar de nuevo.

En Toronto y Vancouver, los Fan Fest reemplazaron cientos de miles de vasos descartables por reutilizables. La iniciativa se aplicó en los 7 partidos disputados en el BC Place, el estadio cubierto de Vancouver.

Nada de esto tuvo la épica del gol de Lautaro. Nadie salió a festejar que una bandeja llegara al compost o que una lata volviera convertida en vaso.

Pero ahí está justamente la gracia.

La circularidad funciona mejor cuando no es una excepción, sino parte de la operación diaria. Cuando el residuo deja de ser el final de algo y pasa a ser el comienzo de lo siguiente.

En este Mundial, hasta la basura tuvo revancha.

Al final, aquella columna sobre el césped sí existía.

Solo que el césped era apenas el punto de partida.

 
Emiliano Huergo
Emiliano Huergo
Apasionado por el potencial transformador de la bioeconomía. Director de BioEconomía.info, promotor de iniciativas que integran innovación, equidad y sostenibilidad. 👉 Ver perfil completo
 
 

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