sábado, mayo 30, 2026
 

Los biocombustibles blindan la seguridad energética de América

Mientras el conflicto en Medio Oriente sacude los mercados de combustibles, las Américas activan una infraestructura bioenergética que lleva décadas en construcción.

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Por el Estrecho de Ormuz pasa, cada día, cerca del 25% del petróleo que se mueve por mar en el mundo. Es un corredor de apenas 54 kilómetros de ancho en su punto más angosto, encajonado entre Irán y Omán, y es también uno de los puntos de mayor fragilidad del sistema energético global. Cuando ese pasaje se tensiona —por un conflicto bélico, por una amenaza de bloqueo, por la sola incertidumbre— los precios del crudo suben, los mercados de combustibles se agitan y la dependencia energética de países que no producen petróleo se hace dolorosamente visible.

El conflicto militar en Medio Oriente que escala desde mediados de 2025 volvió a activar esa lógica. La disrupción del tránsito por Ormuz afectó tanto los flujos de crudo como los de productos refinados, elevando la volatilidad de manera simultánea sobre la gasolina, el diésel, el combustible de aviación y los combustibles marítimos. No es una crisis nueva: es la misma vulnerabilidad estructural que el mundo arrastra desde que el petróleo se convirtió en el eje de la economía industrial.

Lo que sí es distinto esta vez es lo que el hemisferio occidental tiene para responder.

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Una infraestructura silenciosa que lleva décadas en construcción

Las Américas no llegaron a este shock sin preparación. Según el análisis publicado por la Coalición Panamericana de Biocombustibles Líquidos —organización regional que reúne a los principales actores públicos y privados del sector en el hemisferio—, el continente produce hoy el 87% del bioetanol mundial y el 50% del biodiésel global. Esos números no son casualidad: son el resultado de décadas de desarrollo agroindustrial, políticas de mezcla obligatoria y programas de investigación que convirtieron a la agricultura de las Américas en un actor central de la seguridad energética regional.

El bioetanol —producido principalmente a partir de caña de azúcar y maíz— permite sustituir gasolinas fósiles. El biodiésel, elaborado con aceites vegetales de soja, palma y colza, reemplaza diésel importado. Ambos son combustibles líquidos de origen biológico con una huella de carbono significativamente menor a la de sus equivalentes fósiles, y tienen una ventaja que los diferencia de otras alternativas energéticas: pueden integrarse en la infraestructura existente sin reemplazar motores ni redes de distribución.

A nivel regional, once países del hemisferio ya tienen mezclas efectivas de biocombustibles en su mix de combustibles fósiles, y otros tres están en proceso de incorporarlos. En promedio, el bioetanol reemplaza más del 18% de las gasolinas y el biodiésel sustituye el 6% del diésel fósil en la región.

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El modelo brasileño: cuando la historia se repite con ventaja

El caso más acabado de esa preparación es Brasil. El país lleva medio siglo apostando a los biocombustibles como política de Estado: el Programa Nacional do Álcool —Proálcool—, lanzado en 1975 como respuesta directa al shock petrolero de aquel año, sentó las bases de una industria que hoy es referencia mundial. La analogía con el escenario actual no pasa desapercibida.

Hoy, más del 80% de los vehículos en Brasil son flex fuel: pueden funcionar con cualquier combinación de gasolina y etanol, o directamente al 100% de etanol. Las gasolinas en el país ya llevan una mezcla de etanol del 30%. El resultado práctico es que Brasil logra reemplazar el 50% de su gasolina fósil y el 15% del diésel con biodiésel. En el contexto del nuevo shock, el gobierno evalúa aumentar la mezcla de biodiésel hasta el 20% —en el marco de la ley Combustível do Futuro— y estudia la viabilidad técnica de subir el etanol del 30 al 35%.

Gobiernos que aceleran: Argentina, Paraguay y Estados Unidos

El impacto del conflicto no tardó en traducirse en decisiones de política energética concretas en varios países del hemisferio.

En Argentina, el gobierno publicó el 27 de marzo una resolución que amplía los porcentajes de mezcla obligatoria: el bioetanol pasó del 12% mínimo al 15% voluntario, y el biodiésel del 7,5% al 20%, bajo el mismo esquema. La medida apunta tanto a reducir la factura de importación de combustibles como a sostener la demanda de la agroindustria local, que procesa soja, maíz y caña de azúcar con capacidad ociosa instalada.

Paraguay, que ya mezcla bioetanol al 30% —igualando el nivel de Brasil—, publicó en la segunda semana de marzo una resolución que amplía el rango de mezcla de biodiésel del 5 al 20%, habilitando una expansión significativa en el uso de ese combustible renovable.

En Estados Unidos —donde el biodiésel ya reemplaza el 11% del diésel fósil y el etanol el 10,5% de las gasolinas— el gobierno acelera las gestiones para autorizar el uso de E15, es decir, una mezcla con 15% de etanol, durante todo el año calendario. Hasta ahora, esa habilitación estaba restringida a los meses de invierno en varias jurisdicciones.

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Más que energía: por qué los biocombustibles no compiten con los alimentos

Uno de los argumentos que reaparece cada vez que se habla de expandir los biocombustibles es la supuesta tensión entre producir energía y producir alimentos. El análisis de la Coalición Panamericana desmonta esa dicotomía con datos precisos.

La producción de biodiésel de soja implica una molienda en la que el 20% del aceite se destina a energía y el 80% restante se convierte en harinas proteicas de alto valor para alimentación animal. La producción de bioetanol de maíz genera, en paralelo, granos destilados ricos en proteína y aceite recuperado. Y la caña de azúcar, cuyo jugo produce etanol, aporta además bagazo —el residuo fibroso de la molienda— que alimenta generadores de bioelectricidad: en muchos países de la región, esa energía eléctrica es un componente relevante de la matriz.

Lo que describen estos procesos es la lógica central de la bioeconomía aplicada a la energía: la misma biomasa produce, en distintas fracciones, alimentos, proteínas, fibra y combustibles. No hay una fracción que desplace a la otra; hay una cadena de valor que las integra, asegura la Coalición.

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Una respuesta que no improvisó

El shock petrolero de 2025 no encontró al hemisferio sin herramientas. La infraestructura bioenergética que hoy permite a Argentina duplicar su mezcla de biodiésel de un día para el otro, o que le da a Brasil la flexibilidad de mover el 50% de su parque automotor con etanol, es el resultado de inversiones, políticas y desarrollo tecnológico que llevan décadas. El Estrecho de Ormuz sigue siendo un cuello de botella global. Pero el continente americano construyó, en silencio, una alternativa que no depende de cruzarlo.

🎓  Diplomatura en Biocombustibles Líquidos: más de 400 inscriptos y arranque el 27 de abril

La primera edición de la Diplomatura en Biocombustibles Líquidos, organizada por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA) y el Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE) —con el patrocinio de la Coalición Panamericana de Biocombustibles Líquidos y el U.S. Grains & BioProducts Council— superó los 400 inscriptos de toda la región. Las inscripciones continúan abiertas hasta el 20 de abril. El curso comienza el 27 de abril, en modalidad 100% virtual y asincrónica, con una duración de seis meses. Una formación concreta para operar en el cruce entre agroindustria, energía y regulación —justo cuando ese cruce se volvió más estratégico que nunca.

 
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