El etanol de maíz está protagonizando una de las expansiones industriales más aceleradas en la historia de la agroindustria brasileña. La capacidad instalada, que en 2025 rondaba los 10.900 millones de litros anuales, alcanzaría los 25.300 millones hacia 2030. En Mato Grosso, el principal estado productor de maíz, el salto previsto es de 6.900 millones a 11.900 millones de litros.
Duplicar la capacidad en apenas cinco años supone mucho más que disponer del grano necesario. Cada nueva planta incorpora una demanda considerable de almacenamiento, transporte y servicios, pero también de un insumo que suele quedar en segundo plano cuando se habla del crecimiento del sector. Convertir maíz en etanol es un proceso intensivo en energía.
Las destilerías necesitan electricidad y calor. Mucho calor. Cocción, licuefacción, destilación, evaporación y secado requieren vapor en grandes cantidades, las 24 horas, los 365 días del año. Esa demanda necesita de una fuente confiable. Las hay. El gas natural es una de ella. Pero para la industria de etanol de Brasil, de donde proviene esa fuente importa. Y mucho.
El país construyó con RenovaBio un mecanismo que reconoce las diferencias en la huella de carbono de los biocombustibles. A través de RenovaCalc se contabilizan las emisiones de su ciclo de vida, incluidas las correspondientes al procesamiento industrial, para determinar cuánto reduce cada combustible frente a su equivalente fósil.
Esa diferencia se expresa en la Nota de Eficiencia Energético-Ambiental y termina incidiendo en la generación de los CBIO, los créditos de descarbonización que reciben los productores certificados por el combustible elegible que comercializan. Cuanto menor es la intensidad de carbono, mejor puede ser el desempeño dentro del programa y mayor el incentivo económico asociado a producir un etanol con menos emisiones.
La energía que alimenta una destilería forma parte de esa cuenta. Una fuente fósil puede resolver técnicamente la necesidad de calor, pero también incorpora carbono al proceso y reduce parte de la ventaja ambiental conseguida al sustituir gasolina por etanol. Una fuente renovable tiene que resolver una serie de restricciones que no siempre es posible. Tiene generarse cerca de su consumo, ser capaz de almacenarse de forma segura, utilizarse cuando la operación lo requiere y alimentar calderas industriales con la continuidad necesaria para sostener el proceso.
En Mato Grosso, un nuevo estudio asegura que el eucalipto puede aportar esa energía.
La energía que habrá que producir para producir etanol
Un estudio de la Consultoría Agro de Itaú BBA, divulgado recientemente y recogido por Forbes, puso dimensión a esa demanda futura de energía renovable.
El banco tomó como referencia una capacidad brasileña de 13.000 millones de litros de etanol de maíz hacia finales de 2026 y calculó cuánto eucalipto sería necesario si toda la biomasa utilizada por las plantas proviniera de esa fuente. El resultado alcanza los 35 millones de metros cúbicos, cuyo abastecimiento sostenido requeriría un stock forestal cercano a 440.000 hectáreas.
Para Mato Grosso, si el estado alcanza los 11.900 millones de litros de capacidad previstos para 2030, Itaú BBA estima que serían necesarias unas 383.000 hectáreas de eucalipto para cubrir la demanda considerada bajo el mismo supuesto.
La superficie actual ronda las 165.000 hectáreas. Entre lo disponible y lo que podría requerir la industria aparece una brecha de 218.000 hectáreas.
Cubrirla implicaría movilizar entre R$ 7.600 millones (USD 1.477 millones) y R$ 14.300 millones (USD 2.778 millones) en nuevas plantaciones, según la eficiencia operativa que alcancen las destilerías.
“La disponibilidad de biomasa deja de ser apenas una cuestión operativa y pasa a ser un factor relevante para la viabilidad económica y ambiental de los proyectos de etanol de maíz”, explicó César de Castro Alves, gerente de la Consultoría Agro de Itaú BBA, según publicó Forbes.
El desafío no consiste únicamente en reunir semejante volumen. Las forestaciones requieren planificación y años de crecimiento antes de entregar la madera que consumirá la industria. Las decisiones sobre el abastecimiento energético de las plantas que estarán produciendo hacia el final de esta década comienzan, por lo tanto, bastante antes de que esas fábricas alcancen su capacidad plena.
Más consumo y una oferta que deberá cambiar
La expansión coincide, además, con una transformación en el origen de la biomasa que puede utilizar la agroindustria de Mato Grosso.
Junto con la madera de bosques plantados, parte del consumo actual se abastece con material procedente de la supresión de vegetación nativa legalmente autorizada. Esa fuente comenzará a reducirse durante los próximos años.
En junio de 2026, Mato Grosso estableció nuevas reglas para limitar progresivamente su utilización entre los grandes consumidores. Los nuevos emprendimientos deberán acreditar fuentes sostenibles de abastecimiento, mientras que las industrias que ya están operando tendrán un período de transición.
Para estas últimas, el uso de biomasa nativa deberá reducirse hasta un máximo del 40% en 2034 y desaparecer a partir de 2035.
Las nuevas destilerías llegarán así a un mercado que deberá suministrar volúmenes crecientes y, al mismo tiempo, modificar parte de su oferta. Las forestaciones tendrán que cubrir una porción de ese espacio junto con otras biomasas sostenibles disponibles en la región.
Tampoco será una demanda exclusiva del etanol. Secadoras de granos, almacenadoras, frigoríficos y otras actividades agroindustriales utilizan biomasa para producir calor. El crecimiento de las destilerías sumará un consumidor de gran escala a una cadena que ya abastece a numerosos sectores.
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Cuando la demanda de energía llega al campo
La necesidad de asegurar combustible para las calderas empieza a cambiar también las cuentas sobre el uso de la tierra.
Itaú BBA evaluó un proyecto de eucalipto destinado a la producción de biomasa y estimó una Tasa Interna de Retorno cercana al 17% anual, con un Valor Presente Neto de R$ 4.300 (USD 835) por hectárea, considerando una tasa mínima de rentabilidad del 14%.
En un ciclo de 13 años y dos cortes, el modelo acumula ingresos por aproximadamente R$ 104.000 (USD 20.200) por hectárea y un beneficio total cercano a R$ 54.000 (USD 10.492). Distribuido a lo largo del período, representa alrededor de R$ 4.200 (USD 816) por hectárea al año.
Para traducir ese resultado a una referencia habitual en Mato Grosso, el banco lo llevó a soja. El retorno equivale al valor de unas 1,8 toneladas de soja por hectárea al año.
El planteo apunta especialmente a tierras con menores aptitudes para cultivos anuales y a productores que busquen diversificar sus fuentes de ingresos, antes que a disputar las superficies agrícolas más productivas.
“Mato Grosso reúne condiciones favorables para esa expansión, combinando disponibilidad de tierras, régimen adecuado de lluvias y proximidad de los principales polos consumidores de biomasa”, señaló Alves.
El eucalipto empieza así a ocupar un lugar inesperado en el mapa de inversiones generado por el etanol de maíz. No porque forme parte del combustible que llega al tanque de un automóvil, sino porque puede proporcionar una parte de la energía necesaria para producirlo.


