jueves, septiembre 17, 2026
 

Después de años contando lo que pierde, la Amazonia empieza a mostrar lo que tiene

Una red que conecta a más de 1.000 investigadores de distintos países está poniendo una nueva mirada sobre la mayor selva tropical del planeta.

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Durante años, hablar del futuro de la Amazonia fue hablar de lo que estaba en riesgo. Cuánto bosque se perdía, qué especies desaparecían, hasta dónde avanzaban las actividades ilegales o cómo contener una degradación que no reconoce fronteras. Hay buenas razones para que haya sido así. Pero mirar la región solamente desde aquello que puede perderse deja fuera otra parte de la historia.

La Amazonia también tiene mucho por descubrir.

En sus más de 8 millones de kilómetros cuadrados conviven una diversidad biológica excepcional, conocimientos indígenas construidos durante generaciones y una comunidad científica que investiga qué puede hacerse con todo eso. Algunas respuestas ya empiezan a salir de los laboratorios y a mezclarse con la economía cotidiana de la región.

El cupuaçu, el camu-camu, el aguaje o la aninga difícilmente digan mucho fuera de América Latina. En la Amazonia forman parte de un universo de especies que la investigación está ayudando a conocer y procesar mejor. De allí están surgiendo nuevas posibilidades para producir alimentos, cosméticos y productos para la salud. También se trabaja en envases biodegradables elaborados con materias primas locales y en emprendimientos nacidos alrededor de la biodiversidad y la identidad cultural.

El cacao ofrece otro recorrido. En Puerto Nariño, Colombia, más de 100 familias pertenecientes a 11 comunidades indígenas participan de una experiencia que busca agregar valor a su producción.

Ninguno de estos casos permite hablar todavía de una gran industria amazónica basada en la biodiversidad. Tampoco existe una estimación integral que permita ponerle un número a su potencial. Lo que sí permiten es empezar a ver cómo podría construirse.

Porque entre identificar una especie interesante y desarrollar una actividad económica alrededor de ella hay un trecho enorme. Hace falta investigarla, conocer sus propiedades, desarrollar procesos, conseguir tecnología, organizar la producción, financiar el proyecto y, finalmente, encontrar compradores. Y cuanto más de ese recorrido ocurra dentro de la Amazonia, mayor será también la posibilidad de que el valor permanezca allí.

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Una ciencia que empieza a conectarse

Leticia está en el extremo sur de Colombia, donde el país se encuentra con Brasil y Perú. En mayo pasado, esa ciudad amazónica recibió durante cinco días a investigadores, gobiernos y organizaciones de distintos países para el III Encuentro Anual de la Red Bioamazonia.

La ubicación tenía bastante sentido para una reunión que intenta trabajar sobre problemas que desbordan las fronteras nacionales.

La red conecta actualmente a más de 1.000 investigadores de ocho institutos pertenecientes a cinco países amazónicos. En Leticia participaron además instituciones de Guyana y Surinam, ampliando una cooperación orientada a compartir conocimiento, fortalecer la investigación sobre biodiversidad y acelerar el desarrollo de tecnologías y productos.

Hay mucho conocimiento disponible, aunque no necesariamente está donde se lo necesita. Las capacidades científicas y tecnológicas son desiguales entre países y regiones, mientras los desarrollos vinculados con biodiversidad suelen necesitar años de investigación antes de acercarse al mercado.

Después aparece el financiamiento. Los tiempos de una investigación biológica, la validación de una tecnología y el desarrollo de un nuevo producto no siempre coinciden con los que espera el capital convencional. Para que muchas de estas iniciativas crezcan harán falta instrumentos capaces de acompañar ciclos más largos y riesgos diferentes de los habituales.

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El límite está en el propio bosque

También hay una diferencia fundamental entre desarrollar esta economía y simplemente encontrar nuevas cosas para extraer.

La cantidad importa. Si una especie adquiere valor comercial pero su aprovechamiento supera la capacidad del ecosistema para sostenerla, el éxito económico termina convirtiéndose en un nuevo problema ambiental. La ciencia tiene allí otro papel, ayudando a determinar cuánto puede producirse y bajo qué condiciones.

Pero la cuenta no termina en las toneladas. Una de las apuestas de la bioeconomía amazónica es conseguir que una misma cantidad de recursos genere más valor mediante investigación, tecnología y procesamiento.

La otra parte de esa cuenta corresponde a quienes conocen esos recursos desde mucho antes de que llegaran los investigadores.

Los pueblos indígenas y las comunidades locales poseen un conocimiento profundo de las especies y los ecosistemas que habitan. Su participación en las investigaciones, en los nuevos emprendimientos y en los beneficios que puedan surgir de ellos ocupa un lugar central en el modelo que se discutió en Leticia.

El programa Amazonia Forever del Banco Interamericano de Desarrollo trabaja junto con la Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica (COICA) para promover investigación ética, innovación y mecanismos que permitan compartir de manera equitativa los beneficios derivados de esos desarrollos.

La cooperación entre países también tiene otros frentes. Mejores datos, sistemas de monitoreo compatibles y mayor intercambio científico pueden fortalecer las respuestas frente a economías ilícitas, degradación de ecosistemas y contaminación con mercurio, problemas que atraviesan buena parte de la cuenca.

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De saber que existe a saber qué hacer con ella

La biodiversidad amazónica lleva mucho tiempo siendo presentada como una de las grandes riquezas del planeta. Probablemente lo sea. El paso que todavía falta es bastante más terrenal.

Hay que convertir conocimiento en procesos que funcionen, procesos en productos que puedan fabricarse y productos en negocios que encuentren compradores. Hacerlo requiere investigación, transferencia tecnológica, empresas, comunidades, financiamiento y mercados trabajando sobre una geografía enorme y profundamente diversa.

Algunas piezas ya están apareciendo. Hay cacao que incorpora más valor antes de salir de su lugar de origen, especies que encuentran nuevas aplicaciones, materiales que comienzan a desarrollarse y más de 1.000 investigadores intentando compartir capacidades entre países.

La escala todavía es pequeña frente a la dimensión de la Amazonia. Pero la discusión empieza a moverse. Durante mucho tiempo, buena parte de los esfuerzos estuvieron puestos en conocer y proteger la extraordinaria riqueza biológica de la región. El desafío que comienza a tomar forma es conseguir que esa misma riqueza también pueda sostener una economía para quienes viven sobre ella.

 
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