jueves, junio 11, 2026
 

Científicos marplatenses convierten los residuos grasos del puerto en bioplásticos

Un equipo de la Universidad Nacional de Mar del Plata trabaja con microorganismos que digieren las grasas y aceites de los efluentes portuarios y, en el proceso, fabrican un plástico biodegradable capaz de competir con los derivados del petróleo.

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Cuando la temperatura desciende, las cañerías del puerto de Mar del Plata comienzan a contar una historia poco conocida. Las grasas y los aceites que las industrias pesqueras y gastronómicas descargan a diario en el sistema cloacal se enfrían, se solidifican y se adhieren a las paredes de los conductos. El resultado es una rutina de obstrucciones, malos olores y corrosión que se arrastra durante años antes de que esos efluentes lleguen siquiera a la planta de pretratamiento ubicada en la zona de Camet. Es un problema viejo, costoso y, hasta ahora, sin una salida que fuera más allá de la limpieza y el mantenimiento permanente.

Lo que para la infraestructura sanitaria es un dolor de cabeza recurrente, para un grupo de científicos es materia prima. Investigadores del Instituto de Ciencia y Tecnología de Alimentos y Ambiente (INCITAA) —dependiente de la Universidad Nacional de Mar del Plata y asociado a la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) de la Provincia de Buenos Aires, el organismo provincial que financia y articula la investigación científico-tecnológica bonaerense— trabajan en un sistema que se propone dar vuelta por completo la ecuación: no solo degradar esos residuos grasos, sino transformarlos en bioplásticos biodegradables con potencial valor comercial.

La apuesta tiene dos frentes que avanzan en paralelo. Por un lado, ofrecer una solución concreta al tratamiento de los efluentes que hoy castigan la red cloacal portuaria. Por el otro, abrir una vía de producción de materiales sustentables que puedan ocupar el lugar de los plásticos convencionales derivados del petróleo. En el cruce de ambos objetivos aparece la lógica del modelo de bioeconomía circular, donde un recurso biológico que se descarta como desecho ingresa en un nuevo circuito productivo en lugar de terminar como contaminante.

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Microorganismos que comen grasa y fabrican plástico

El corazón de la tecnología son los bacterias. La técnica desarrollada por el equipo se apoya en cepas capaces de alimentarse de la materia orgánica presente en los efluentes, es decir, de las mismas grasas y aceites que obstruyen las cañerías. Aquello que para la infraestructura urbana es un desecho problemático constituye, para estos microrganismos, una fuente de alimento.

El paso decisivo ocurre cuando las bacterias disponen de más comida de la que necesitan para su funcionamiento básico. Frente a ese excedente, no lo descartan: lo almacenan en el interior de sus propias células como una reserva de energía, de manera análoga a como un organismo acumula grasa para afrontar períodos de escasez. Y esa reserva tiene una particularidad que es el centro de toda esta investigación: es, en sí misma, un plástico de origen natural, un biopolímero denominado PHA (polihidroxialcanoato).

Allí reside la clave del proceso. Al consumir las grasas y los aceites, la bacteria depura el efluente, porque retira del agua la materia orgánica que lo contamina. Y, simultáneamente, fabrica en su interior el material que luego se aprovechará. Una misma operación cumple dos funciones que hasta ahora corrían por carriles separados: trata el residuo y genera un producto de valor. Ese biopolímero acumulado en las células es el que, una vez recuperado, da origen a un material biodegradable. La diferencia con un plástico convencional es determinante: mientras los derivados del petróleo pueden persistir durante siglos en el ambiente, los elaborados a partir de PHA se degradan en condiciones naturales, como cualquier resto orgánico.

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Un sistema que se prueba paso a paso

El trabajo del equipo avanza de manera escalonada, en una secuencia donde cada instancia resuelve una pregunta y habilita la siguiente. El financiamiento obtenido a través de la convocatoria Ideas-Proyecto 2026 es, justamente, el respaldo que les permite recorrer ese camino y llevar la tecnología desde la mesada del laboratorio hacia su aplicación concreta.

La primera etapa consiste en conformar el equipo de trabajo microbiano. Los investigadores seleccionan distintas bacterias —algunas comerciales, ya disponibles para este tipo de aplicaciones, y otras autóctonas, obtenidas del propio ambiente portuario— y las combinan en lo que denominan un consorcio mixto. El criterio responde a una lógica precisa: ningún microorganismo realiza la tarea de manera óptima por sí solo, y un grupo diverso degrada las grasas con mayor eficiencia que una única especie.

La segunda etapa se concentra en el material que se va a tratar. No todos los efluentes son iguales: la proporción de grasas, aceites y otros compuestos varía según el origen del desecho. Por eso se analizan las características específicas del efluente portuario antes de aplicar el tratamiento, ya que de esa composición dependen tanto el desempeño de las bacterias como la cantidad de bioplástico que es posible obtener.

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La tercera etapa lleva el sistema a una escala de banco, ya trabajando con efluentes reales del puerto. En esa instancia, los investigadores ponen a prueba el consorcio en condiciones que se aproximan a las del entorno real y evalúan simultáneamente las dos variables que importan: cuánta materia orgánica logran degradar y cuánto biopolímero se produce durante el proceso, que se estudia como producto secundario de la biodegradación.

La última etapa es la de validación. El sistema se monitorea para confirmar que sostiene su eficiencia de manera estable y se realiza una prueba demostrativa ante la empresa interesada, que comprueba el funcionamiento de la tecnología en condiciones cercanas a las reales. Es el paso que abre la puerta a lo que sigue: escalar el desarrollo hacia una producción de mayor alcance. Por eso el proyecto busca, desde el inicio, el interés del sector privado: ese vínculo es el que permitirá que la solución probada en el laboratorio dé el salto hacia una aplicación productiva.

Un modelo de economía circular para el puerto

Más allá de aliviar las obstrucciones y los costos de mantenimiento que generan las grasas acumuladas en la red cloacal, el proyecto persigue un objetivo de fondo: instalar un esquema de economía circular en el que los residuos dejen de ser un punto final y se conviertan en insumo para nuevos productos. Es el principio que ordena buena parte de la bioeconomía, donde cada fracción de un material orgánico puede reaprovecharse en lugar de desecharse.

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Los beneficios que el equipo espera obtener se ordenan en varios planos. En lo ambiental, la reducción del impacto que hoy provocan los efluentes grasos. En lo económico, la generación de valor a partir de un desecho sin uso. Y en lo social, mejoras para los hogares y comercios de la zona afectada por las obstrucciones, junto con la apertura de oportunidades para empresas vinculadas a los materiales sustentables. La articulación entre el sistema científico-tecnológico y el sector privado aparece, en ese sentido, como una pieza central del modelo que se busca consolidar.

La investigación está dirigida por la Dra. Silvia Elena Murialdo y codirigida por la Dra. María Karina Herrera Seitz, del Instituto de Investigaciones Biológicas de la Universidad Nacional de Mar del Plata (IIB-UNMDP), centro de referencia en estudios de biología y microbiología aplicada. No es un punto de partida desde cero: el equipo acumula experiencia previa en biorremediación de efluentes portuarios y en la producción de PHA mediante microorganismos autóctonos, una trayectoria que respalda la viabilidad de la propuesta.

El proyecto recibió apoyo económico de la Comisión de Investigaciones Científicas de la Provincia de Buenos Aires a través de la convocatoria Ideas-Proyecto 2026, y cuenta con el respaldo del Consorcio Portuario Regional de Mar del Plata, el ente que administra la actividad del puerto. Esa combinación de financiamiento público y acompañamiento del propio sector portuario le da al desarrollo un anclaje territorial difícil de replicar.

La expectativa de los investigadores excede los límites de Mar del Plata. Si el sistema demuestra eficiencia con los efluentes reales del puerto, el modelo podría trasladarse a otras ciudades costeras bonaerenses que enfrentan dificultades similares con sus residuos grasos. En cada una de ellas, el mismo problema sanitario podría convertirse en la base de un material biodegradable de alto valor agregado, y un desecho que hoy tapa cañerías terminaría dando forma a una alternativa concreta frente a los plásticos de origen fósil.

 
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