En Misiones y Corrientes hay árboles que llevan años haciendo silenciosamente lo que mejor saben hacer: crecer. Pinos y eucaliptos capturan carbono, acumulan madera y convierten suelo, agua, genética y fotosíntesis en una materia prima que puede terminar en una vivienda, un tablero, una hoja de papel, una biorrefinería o una central de energía. La capacidad biológica está ahí. La pregunta más difícil aparece después: quién transforma todo ese volumen y a qué mercados puede llegar de manera competitiva.
Esa tensión atravesó en Posadas el seminario por el 80° aniversario de la Asociación Forestal Argentina (AFoA), la entidad que nuclea a productores, empresas e instituciones vinculadas con la actividad forestal del país. Más que una celebración institucional, el encuentro funcionó como una radiografía de una cadena que convive con dos realidades: dispone de recurso y nuevas inversiones que empiezan a cambiar la escala de algunas cuencas, pero todavía arrastra problemas de infraestructura, logística, financiamiento y demanda que limitan cuánto valor puede obtener de esa ventaja.
El escenario internacional ofrece razones para mirar hacia adelante. La madera gana espacio en construcción, la celulosa y el papel atraviesan una reorganización productiva global y los bosques suman valor como fuente de energía, nuevos materiales y captura de carbono. “Vivimos un momento bisagra en el mundo. La transición hacia una economía descarbonizada y sostenible coloca al sector forestal en el centro de las soluciones”, sostuvo Pablo Ruival, presidente de AFoA.
Pero disponer de árboles que crecen rápido no alcanza. Ruival lo resumió en una idea de “competitividad sistémica”: infraestructura, conectividad logística, seguridad jurídica, mercado interno y condiciones que permitan atraer inversiones capaces de procesar grandes volúmenes durante décadas.
Cuando hacer crecer un árbol ya no es suficiente
Fernando Correa, project manager de ArPulp, proyecto de una planta de celulosa de gran escala prevista para Ituzaingó, Corrientes, explicó por qué esa competitividad se volvió decisiva. Las próximas grandes inversiones ya no se definen solamente por dónde crecen mejor los árboles. También importa cuánto cuesta cosecharlos, llevarlos a una planta, procesarlos y trasladar el producto final hasta un puerto; qué servicios existen alrededor y qué tan confiable puede ser el abastecimiento durante toda la vida útil de una instalación.
Argentina cuenta, según Correa, con ventajas en fibra larga, flexibilidad productiva y disponibilidad de materia prima. Pero esa ventaja forestal pierde valor si los costos que aparecen después de la tranquera la dejan fuera de competencia.
La misma lógica se extiende a los productos de madera con mayor elaboración. Pablo Franzini, vicepresidente del Negocio de Maderas de Arauco y CEO de Arauco Argentina, puso como referencia a Estados Unidos, al que definió como “la NBA de la madera” por su tamaño y sofisticación.
El país inicia habitualmente cerca de 1,4 millones de viviendas por año, arrastra un déficit habitacional estimado entre 1,2 y 4,7 millones de unidades y mueve alrededor de US$ 520.000 millones anuales en remodelaciones y reparaciones. Para una forestoindustria exportadora, esa demanda no se limita a vender tablas: puertas, ventanas, molduras, revestimientos, componentes constructivos y mobiliario permiten agregar más valor sobre cada metro cúbico producido.
Europa también ofrece espacio. Durante el encuentro se destacó que la forestoindustria del bloque importó desde terceros países alrededor de 31.000 millones en 2025, mientras el Mercosur participó con unos 4.000 millones, fundamentalmente explicados por Brasil. Alemania, además, atraviesa una tendencia hacia una mayor necesidad de importaciones de productos de madera.
La oportunidad existe. La dificultad es llegar a esos mercados con calidad, escala y costos capaces de competir con proveedores de distintas partes del mundo.
Inversiones que pueden cambiar una cuenca
La discusión deja de ser teórica cuando aparece la escala de los proyectos que ya están funcionando o buscan instalarse. Durante el seminario se mencionaron inversiones ejecutadas y proyectadas que, en conjunto, superan los US$ 2.500 millones.
Uno de los casos más visibles es Acon Timber, compañía industrial instalada en Gobernador Virasoro, Corrientes. Su aserradero procesa actualmente alrededor de 700.000 metros cúbicos de madera por año y su línea principal tiene capacidad para llegar a 1,3 millones. Para acompañar esa expansión, la empresa incorporó secaderos y una línea de finger joint, tecnología que permite unir piezas y avanzar hacia productos de mayor elaboración.
Nicolás Crisp, representante de la compañía, sintetizó uno de los problemas que reapareció durante toda la jornada: “puertas para dentro”, una planta argentina puede alcanzar buenos niveles de competitividad; buena parte de las dificultades aparecen “puertas para afuera”.
Allí entran la distancia a los puertos, las rutas, el transporte, los trámites aduaneros, la burocracia y la carga fiscal. Para productos voluminosos como la madera, una logística ineficiente puede borrar rápidamente la ventaja conseguida durante años de genética y manejo forestal.
Una demanda capaz de cambiar Corrientes
El proyecto de ArPulp lleva esa lógica a otra escala. La planta de celulosa prevista para Ituzaingó podría demandar alrededor de cinco millones de metros cúbicos de madera y subproductos por año, un volumen comparable e incluso superior al consumo forestal actual de toda la provincia.
Una instalación de esas dimensiones no modifica solamente el balance de una fábrica. Cambia la economía de una cuenca completa.
Para abastecerla hacen falta viveros, nuevas plantaciones, silvicultura, cosecha, transporte, servicios, proveedores y trabajadores especializados. Y, sobre todo, cambia la señal para quien tiene que decidir hoy si vuelve a plantar árboles que recién estarán disponibles dentro de varios años.
Ese punto resulta especialmente sensible porque buena parte de las plantaciones de Misiones y Corrientes está llegando o ya superó su edad de cosecha, mientras el ritmo de nuevas forestaciones permanece bajo. El problema no es solamente disponer de madera, sino contar con industrias capaces de absorber las distintas fracciones que produce cada árbol: desde rollizos para aserrado hasta material destinado a trituración, celulosa o energía.
El carbono agrega otra capa de valor
El bosque tampoco produce únicamente madera. Mientras crece, retira dióxido de carbono de la atmósfera y lo almacena en su biomasa, una función que empieza a adquirir valor económico a través de los mercados de carbono.
Federico Moyano, director de ProSustentia, estimó que Argentina podría superar los US$ 1.000 millones anuales de ingresos por créditos durante los próximos veinte años bajo un escenario que incorporara a proyectos apenas el 10% de las tierras consideradas potencialmente disponibles y tomara un precio promedio de US$ 20 por crédito.
Sebastián Fragni, director ejecutivo de GMF Latinoamericana, lo resumió de manera más gráfica: “Cada hectárea forestada de este país ya está capturando carbono. Casi ninguna lo está cobrando”.
En Argentina existen más de treinta iniciativas de soluciones basadas en la naturaleza en distintas etapas de desarrollo. Una de ellas es Selva Paranaense Vida Nativa, impulsada por Nideport en San Pedro, Misiones, sobre 22.878 hectáreas. El proyecto realizó en 2025 una primera emisión de 137.742 créditos y combina conservación y restauración con sistemas de trazabilidad y monitoreo.
El potencial, sin embargo, depende también de reglas que permitan acceder a mercados internacionales de mayor valor y de un marco institucional coordinado entre Nación y provincias.
La distancia entre el árbol y el mercado
Todos esos caminos terminan enfrentándose con el mismo problema físico: hay que mover enormes cantidades de materia.
La madera, los chips y buena parte de los productos forestales ocupan mucho espacio y tienen un costo logístico elevado. Por eso una ventaja conseguida en el bosque puede deteriorarse rápidamente si depende de rutas saturadas, puertos caros o sistemas de transporte poco eficientes.
Durante el seminario, representantes públicos y privados pusieron el foco sobre la Ruta Nacional 14, la Hidrovía Paraná–Paraguay y la necesidad de integrar mejor transporte terrestre, fluvial y terminales portuarias. Para grandes volúmenes, el río ofrece menores consumos de combustible y costos operativos que el traslado exclusivamente por carretera, aunque esa ventaja requiere infraestructura y reglas compatibles con una operación eficiente.
La logística, la industria y la producción forestal forman así una misma ecuación. Una planta de celulosa necesita árboles durante décadas; los productores necesitan saber que habrá compradores cuando llegue el momento de cosecharlos; y ambos dependen de caminos, puertos y mercados que permitan sostener la competitividad hasta el destino final.
Ese horizonte largo distingue a la forestoindustria de muchas otras actividades. Un árbol se planta mucho antes de conocer con precisión qué mercado lo utilizará. Una planta industrial compromete capital durante décadas. Una ruta o una vía navegable pueden definir la rentabilidad de ambos.
Las actividades por los 80 años de AFoA terminaron con recorridos por establecimientos forestales e industriales de Misiones y Corrientes, donde genética, manejo, transformación de madera, captura de carbono y generación de energía permitieron ver sobre el terreno las distintas formas de agregar valor al mismo recurso.
La imagen resume el desafío. De un lado están los árboles, creciendo durante años y acumulando una materia prima renovable. Del otro, las industrias y los mercados capaces de transformarla. Argentina ya hizo una parte difícil: construir el recurso. La próxima etapa dependerá de cuánto valor consiga desarrollar alrededor de él.


