Quien visite un paisaje olivarero durante la campaña comprende enseguida por qué este cultivo es casi una civilización en sí misma: el movimiento de la cosecha, el aroma del fruto recién molturado, la sensación de que todo en el territorio gira en torno a la aceituna. Pero detrás de esa estética luminosa existe un elemento menos visible. En cada almazara —la planta donde se lava, tritura y procesa la aceituna para obtener aceite— se acumulan toneladas de aguas residuales espesadas, cargadas de materia orgánica, restos vegetales y compuestos fenólicos que durante décadas han sido una pesadilla ambiental.
Para un lector no familiarizado con la industria olivícola, vale remarcarlo: la almazara es al aceite de oliva lo que el ingenio es al azúcar o el molino es a la harina. Es industria rural pura, un engranaje que sostiene economías locales en Andalucía, Grecia, Italia, Túnez, Cuyo o Chile. Pero su calado ambiental no es menor, porque sus vertidos líquidos —densos, oscuros, difíciles de degradar— históricamente han encarecido y complicado cualquier plan de gestión sostenible.
Frente a ese dilema, un equipo de la Universidad de Jaén (UJA), institución pública andaluza reconocida internacionalmente por su investigación aplicada al olivar, optó por una pregunta sorprendente: ¿y si la solución no fuera retirar los contaminantes, sino ofrecerlos como alimento a un organismo capaz de convertirlos en otra cosa?
La microalga Neochloris oleoabundans respondió.
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Los investigadores del Departamento de Ingeniería Química, Ambiental y de los Materiales de la UJA recurrieron a una microalga singular por su resistencia y versatilidad metabólica. Neochloris oleoabundans es conocida por soportar condiciones hostiles, crecer con rapidez y acumular compuestos valiosos para la industria biotecnológica.
En el estudio Production of Bioproducts from Wastewater Treatment Using the Microalga Neochloris oleoabundans, publicado en Engineering in Life Sciences, el equipo demostró que esta microorganismo no solo sobrevive en aguas residuales del proceso oleícola, sino que florece en ellas. Es decir: convierte lo tóxico en nutrientes y lo problemático en biomasa.
Lo que tradicionalmente se separa —depurar por un lado, producir biomasa por otro— aquí sucede de manera simultánea, como si la propia microalga actuara como un pequeño laboratorio viviente.
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Las aguas más difíciles encuentran su contraparte biológica
Las corrientes utilizadas para el experimento procedían de tres fuentes distintas y representativas del circuito oleícola. Primero, el agua de limpieza de la aceituna, que arrastra tierra, hojas y compuestos vegetales. Segundo, el agua del lavado del aceite tras la centrifugación, donde se concentran parte de los compuestos más recalcitrantes y tóxicos. Y tercero, el agua residual urbana de la Estación Depuradora de Aguas Residuales (EDAR) de Mengíbar, instalación que trata efluentes domésticos y aporta nutrientes esenciales como nitrógeno y fósforo.
Las aguas de almazara, por sí solas, son demasiado agresivas para la mayoría de los microorganismos. Los fenólicos inhiben el crecimiento, la carga orgánica genera estrés metabólico y la variabilidad de la campaña hace difícil mantener un cultivo estable. Sin embargo, al combinar estas corrientes con la fracción urbana, los investigadores descubrieron la proporción capaz de reducir la toxicidad, sumar nutrientes clave y crear un entorno estable donde Neochloris oleoabundans pudiera desarrollarse.
Esa mezcla fue el punto de inflexión: un equilibrio sutil entre dureza y nutrición que permitió a la microalga desplegar su potencial.
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Resultados que hablan por sí mismos: hasta 94 % de reducción de contaminantes
El sistema logró disminuir entre un 66 % y un 94 % los compuestos nocivos presentes en las aguas procedentes de almazara. Cada cifra representa un avance sustancial para un sector que históricamente ha lidiado con la complejidad de estos residuos.
La demanda química de oxígeno (DQO), indicador de contaminación orgánica, cayó un 93 %. Los nitratos y nitritos, responsables de proliferaciones algales no deseadas en ecosistemas fluviales, se redujeron hasta un 94 %. Incluso los fenoles —los compuestos más tóxicos, aromáticos y persistentes— descendieron un 66 %.
“Impulsamos la economía circular no solo en el sector del olivar, pues el agua podría verterse a los caudales fluviales sin alterar el medio para regar cualquier cultivo”, explicó la investigadora María Lourdes Martínez-Cartas, una de las autoras del estudio.
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Una biomasa rica en compuestos que abren caminos industriales
Mientras descontaminaba, la microalga acumulaba una biomasa que difícilmente podría describirse como un subproducto. Más bien, es un nuevo producto en sí mismo: 56 % de carbohidratos, 51 % de lípidos y 49,5 % de proteínas. Una composición así permite múltiples rutas.
Los lípidos sirven como materia prima para biocarburantes. Los carbohidratos se orientan hacia bioetanol y otros bioproductos. Las proteínas encuentran destino en fertilización orgánica o alimentación animal. Y varios de estos extractos —particularmente lípidos y polisacáridos— ya se exploran en cosmética por sus propiedades texturizantes e hidratantes.
“Estos componentes convierten la biomasa en un recurso con distintas salidas”, detalló Martínez-Cartas, en línea con la premisa de la bioeconomía: no un residuo menos, sino un recurso más.
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Del laboratorio a la almazara: el reto de la escala real
Aunque los ensayos se realizaron en condiciones controladas, con agua previamente recogida y congelada para mantener su composición, el objetivo final es implantar sistemas vivos en las propias almazaras. Para un sector que funciona con ritmos estacionales y variabilidad química constante, ese desafío técnico es tan relevante como la propia innovación.
Será necesario diseñar cultivos de microalgas en volúmenes mayores, resistentes a fluctuaciones diarias y a cambios bruscos en la composición del efluente. Antes de avanzar hacia ese escalado, el equipo comparó distintas especies y seleccionó Neochloris oleoabundans justamente por su capacidad de descontaminación y su eficiencia en acumulación de biomasa.
El proyecto forma parte de una iniciativa financiada por la Junta de Andalucía junto a fondos FEDER para abordar de manera integrada el tratamiento de aguas residuales, la captura de dióxido de carbono de emisiones industriales de aceite de oliva y la producción de microalgas y biocombustibles en sistemas de miniplanta.
Un nuevo capítulo para la economía circular del olivar
Si la tecnología llega a implementarse en las instalaciones reales, las almazaras podrían convertirse no solo en productoras de aceite, sino también en generadoras de agua reutilizable y biomasa industrializable. En un contexto global donde los recursos hídricos se tensan y la industria alimentaria avanza hacia modelos de circularidad obligada, la idea de que un residuo oleícola pueda transformarse en bioproductos reescribe la relación entre agricultura, residuos y desarrollo territorial.
Más aún, ofrece un modelo replicable para otros países olivareros y para cualquier región donde la agroindustria produzca efluentes ricos en materia orgánica y compuestos tóxicos. Allí donde hoy hay un pasivo ambiental, esta microalga sugiere un nuevo activo productivo.
El olivar, que desde hace siglos define paisajes y economías mediterráneas, podría encontrar en la biotecnología un nuevo aliado microscópico para transitar hacia un futuro verdaderamente circular. Y es posible que ese futuro haya comenzado con una pregunta sencilla: ¿qué pasaría si dejáramos que una microalga hiciera lo que mejor sabe hacer?


