En su chacra en Maryland, Chip Bowling mira sus granos con una mezcla de orgullo y preocupación. Como muchos agricultores estadounidenses, produce más que antes gracias a mejores semillas, maquinaria precisa y décadas de aprendizaje agronómico. Pero esa eficiencia, que durante años fue sinónimo de progreso, empieza a mostrar una paradoja incómoda: el campo puede producir cada vez más, mientras los mercados tradicionales crecen cada vez menos.
Bowling no habla solo como productor. Es vicepresidente de U.S. Farmers and Ranchers in Action, una organización liderada por agricultores y ganaderos que reúne a unos 700.000 productores de Estados Unidos y trabaja para articular al sector agropecuario con empresas, instituciones y debates públicos sobre sostenibilidad. Esa entidad encargó a S&P Global Energy, la unidad especializada en análisis de energía y materias primas de S&P Global, un estudio que busca responder una pregunta decisiva para el futuro rural estadounidense: qué pasará con la agricultura si no aparecen nuevas fuentes de demanda.
El documento, titulado “Impulsar la agricultura: los biocombustibles como catalizador”, plantea que una expansión de la demanda de combustibles renovables no solo puede aportar una salida energética, sino también operar como un catalizador de precios para los cultivos. En el enfoque del informe, esa señal de mercado es clave para sostener ingresos rurales, preservar superficie sembrada, acelerar innovación tecnológica y reforzar al mismo tiempo la seguridad alimentaria y energética.
Una agricultura que produce más de lo que el mercado absorbe
Durante décadas, la gran promesa del agro fue producir más. La mejora genética, la fertilización, la mecanización, la agricultura de precisión y el manejo digital permitieron elevar los rindes de manera sostenida. En el caso del maíz, el informe señala que los rendimientos globales crecieron alrededor de 1,5% anual durante los últimos veinte años. Esa productividad permitió alimentar poblaciones crecientes, abastecer cadenas ganaderas e industriales y sostener un comercio agrícola cada vez más amplio.
Pero el estudio advierte que el escenario de las próximas décadas será distinto. El crecimiento de la población mundial se desaceleraría hasta cerca de 0,4% hacia 2050, mientras el consumo per cápita de alimentos básicos muestra señales de madurez en muchos mercados. El caso de la carne ilustra esa transición: según el informe, el crecimiento anual del consumo global per cápita pasó de un ritmo cercano al 2,4% desde fines de los años noventa a alrededor de 0,7% en 2025, y tendería a desacelerarse hasta apenas 0,1% anual hacia 2050.
La consecuencia es directa. Si los rindes siguen aumentando, pero la demanda alimentaria tradicional se estabiliza, el sistema agrícola queda frente a un exceso estructural de capacidad productiva. Para los agricultores, eso no es una abstracción económica: significa precios deprimidos, márgenes más estrechos y granos que, en muchos casos, valen menos que el costo de producirlos.
El etanol, entre la eficiencia vehicular y el riesgo de retroceso
La otra cara del problema aparece en el mercado energético. En Estados Unidos, el etanol elaborado principalmente a partir de maíz se consolidó durante las últimas décadas como una salida importante para la producción agrícola y como componente de la nafta. Pero el informe advierte que, si se mantienen las tasas actuales de mezcla en torno al 10%, la demanda estadounidense de etanol podría caer casi 50% hacia 2050, hasta unos 6.600 millones de galones (25.000 millones de litros) anuales.
La razón no es una sola. Los vehículos consumen menos combustible por kilómetro y los patrones de manejo y uso del transporte público están cambiando. Aun si el etanol conserva su lugar dentro de la nafta, el volumen total de gasolina sobre el cual se mezcla puede reducirse drásticamente.
Para el campo maicero, el impacto sería profundo. Según el estudio, sin nuevas fuentes de demanda y manteniendo las mezclas actuales, los productores de maíz de Estados Unidos podrían cultivar hacia 2050 alrededor de 31% menos superficie. La comparación del informe es contundente: equivaldría a dejar fuera de producción una extensión similar al tamaño de Carolina del Norte.
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Biocombustibles como señal de precio
S&P Global Energy plantea que los biocombustibles pueden funcionar como una herramienta para crear demanda sostenida, estimular inversión tecnológica y mantener activa la economía rural. En el enfoque del informe, aparecen como parte de una lógica de bioeconomía circular donde los cultivos se aprovechan en distintas fracciones: una parte se transforma en energía, otra en alimento animal, otra en coproductos industriales y otra sigue abasteciendo usos alimentarios directos.
Ese punto es clave porque evita presentar el debate como una competencia simple entre comida y combustible. En las biorrefinerías de etanol, por ejemplo, el almidón del grano se convierte en alcohol, mientras la proteína, la fibra y otros componentes quedan concentrados en coproductos como los granos secos de destilería, utilizados en nutrición animal. La cadena no extrae un cultivo del sistema alimentario: lo transforma en múltiples salidas productivas.
Kip Tom, exembajador de Estados Unidos ante las agencias de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), resume esa memoria histórica con una advertencia: la década de 1980 mostró qué ocurre cuando los agricultores no tienen mercados suficientes. Para Tom, los biocombustibles ayudaron a revertir esa historia y el sector no puede permitirse volver atrás.
El escenario de alto crecimiento
El informe proyecta un escenario de crecimiento optimizado en el que la producción global de biocombustibles podría triplicarse hacia 2050. Esa expansión estaría impulsada por tecnología agrícola, mayores rendimientos y nuevos mercados para combustibles líquidos renovables, incluyendo aplicaciones en transporte marítimo y aviación.
S&P Global Energy ubica esa oportunidad dentro de un mercado global de combustibles líquidos de aproximadamente 940.000 millones de galones (3.500 millones de metros cúbicos). La cifra muestra la escala del desafío: incluso una participación mayor de los combustibles renovables seguiría conviviendo con una demanda enorme de energía líquida.
El informe sostiene que, con señales de demanda robustas, la adopción de tecnologías de mayor rendimiento podría acelerar la productividad. Para el maíz estadounidense, proyecta un crecimiento de rindes cercano al 1,6% anual hasta 2050, suficiente para generar casi 50% más producción sin expandir la superficie sembrada.
Más tecnología cuando aparece el mercado
La lógica es conocida por los productores. Cuando hay demanda y precios que justifican la inversión, el campo adopta más rápido nuevas herramientas. El informe menciona semillas avanzadas, agricultura de precisión, gestión digital de campos y prácticas regenerativas como parte de ese paquete tecnológico.
Josh Garetson, director de Combustibles Renovables y Estrategia Corporativa de John Deere, la compañía estadounidense de maquinaria agrícola y soluciones digitales para el agro, lo plantea desde la experiencia industrial: la historia muestra que los agricultores pueden escalar la producción y hacerlo cada vez con mayor eficiencia. Según su visión, si vuelven las señales de demanda, también se acelerará la adopción tecnológica y la oferta responderá.
El estudio también recoge aportes de empresas e instituciones vinculadas a la cadena agrícola y energética, entre ellas Nutrien, compañía global de fertilizantes e insumos; BASF y Bayer, dos grupos internacionales con fuerte presencia en protección de cultivos, semillas y soluciones agronómicas; POET, uno de los mayores productores de bioetanol de Estados Unidos; la National Corn Growers Association, entidad que representa a productores maiceros; United Soybean Board, organización de promoción e investigación financiada por productores de soja; Growth Energy, asociación del sector del etanol; y CoBank, banco cooperativo especializado en financiamiento rural.
Tierra, ingresos y comunidades rurales
Uno de los resultados más relevantes del escenario de alto crecimiento es la estabilización del área agrícola. En lugar de caer fuertemente, la superficie de maíz en Estados Unidos se mantendría en torno a 97,5 millones de acres (40 millones hectáreas) hacia 2050, apenas 1% por debajo de los niveles de 2025. Menos hectáreas sembradas significan menos movimiento para contratistas, transportistas, acopios, proveedores de semillas, fertilizantes, fitosanitarios, maquinaria y servicios financieros.
La actividad agrícola no termina en la tranquera. Cada campaña moviliza una red de empleos, logística, mantenimiento, comercio local y agregado de valor. Por eso el informe vincula la expansión de los biocombustibles con la revitalización de economías rurales que dependen de mercados previsibles para sostener inversiones.
También aparece un impacto sobre los consumidores. El análisis histórico citado por el estudio indica que el etanol suele comercializarse con descuento frente a la gasolina y, por su alto octanaje natural, funciona como un componente eficiente para mejorar las mezclas de combustible. En otras palabras, no solo aporta volumen renovable: también puede mejorar la economía de formulación de las naftas terminadas.
Seguridad alimentaria en lugar de escasez
El informe hace una afirmación que apunta al centro del debate global: una expansión bien diseñada de los biocombustibles no reduciría la disponibilidad de alimentos y forrajes, sino que podría aumentarla. En el escenario de crecimiento, la oferta de alimentos, tanto para la nutrición humana como animal, sería 45% mayor que en los escenarios base, y más de la mitad del crecimiento total de la oferta seguiría destinado a esos usos.
La explicación vuelve al punto agronómico. Si la demanda energética fortalece los incentivos para invertir en productividad, los beneficios no quedan encerrados en el combustible. Los rindes más altos, las mejores prácticas y la modernización tecnológica elevan la producción total del sistema, incluyendo la fracción destinada a alimentación humana y animal.
El estudio extiende esa mirada más allá de Estados Unidos. En regiones con brechas de rendimiento muy marcadas, como África, señala que se necesitan cinco hectáreas para producir lo que en Estados Unidos se obtiene en una. Desde esa perspectiva, una demanda fuerte en regiones desarrolladas podría acelerar la difusión de tecnología hacia mercados emergentes y contribuir a cerrar brechas productivas.
Una hoja de ruta que vuelve al campo
La investigación de S&P Global Energy fue construida con datos propietarios, modelización interna, pruebas de escenarios y consultas a actores de toda la cadena de valor, desde productores hasta procesadores de granos y oleaginosas, empresas de tecnología, fabricantes de biocombustibles, entidades comerciales y académicos.
Su mensaje central es que la agricultura estadounidense no enfrenta un problema de capacidad, sino de destino. Puede producir más alimentos, más forraje y más energía con la misma tierra, pero necesita señales de mercado que justifiquen la inversión. En ese mapa, los biocombustibles aparecen como una salida capaz de conectar productividad agrícola, seguridad energética y desarrollo rural a partir de procesos productivos basados en recursos biológicos.
Por ahora, el informe deja planteada una hoja de ruta antes que una política cerrada. El documento completo, titulado “Fueling Agriculture: Biofuels as the Catalyst” (Impulsar la agricultura: los biocombustibles como catalizador), ya está disponible en FuelingAgriculture.com y reúne escenarios de producción, demanda, adopción tecnológica e impactos sobre superficie agrícola, ingresos rurales y seguridad alimentaria. El próximo paso será trasladar esos resultados al debate regulatorio y productivo: definir si Estados Unidos mantiene las mezclas actuales, deja que el mercado del etanol se achique junto con la gasolina o habilita un crecimiento mayor de los biocombustibles para sostener las señales de precio que el campo necesita para seguir invirtiendo.


