martes, julio 14, 2026
 

La ‘segunda ola’ del etanol brasilero: pymes y cooperativas lideran la verticalización del agro en Brasil

Dejar de exportar materias primas in natura para convertirse en biorrefinerías regionales. La nueva era del biocombustible en Brasil se juega "en las tranqueras" del campo, donde el grano ya no viaja como un commodity, sino que se procesa en origen para abastecer directamente a los surtidores.

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Goiás, en el corazón agrícola del centro-oeste brasileño, tiene un problema que suena a privilegio: produce demasiado maíz. El potencial es descomunal, pero el consumo interno no alcanza para absorberlo y el puerto más cercano —la única salida para el excedente— está a mil kilómetros de distancia. Cada cosecha, entonces, plantea la misma encrucijada: cargar con los altos costos logísticos o encontrarle otro destino al grano. Fue esa pregunta la que empujó a la familia Priori a cambiar las reglas del juego. Durante décadas hicieron lo mismo que millones de productores en el mundo: sembrar, cosechar y despachar el cereal como materia prima, atados al vaivén de precios que se definen a miles de kilómetros de sus campos. Hasta que decidieron cortar con esta lógica. En las afueras de Jataí están levantando una estructura pensada para quebrar esa lógica: una usina capaz de convertir ese mismo maíz en combustible.

Lo que ocurre en las tierras de la familia Priori no es un hecho aislado, sino la señal más visible de una transformación de fondo. La industria brasileña de etanol de maíz —un fenómeno que en poco más de una década pasó de la nada a convertirse en un pilar del sector bioenergético del país— está ingresando en una segunda etapa. La primera la protagonizaron grandes compañías, grupos especializados y plantas de enorme capacidad, muchas de ellas instaladas en Mato Grosso para dar destino industrial a la segunda zafra de maíz (zafrinha). La nueva: proyectos regionales de menor porte, ideados por productores rurales, cooperativas y agroindustrias, empiezan a salir del papel y a ganar protagonismo.

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El maíz que deja de viajar como commodity

El nombre empresarial de la familia Priori es Grupo Paraíso, que produce alrededor de 400 mil toneladas de maíz al año, un volumen muy cercano al que la propia compañía agrícola prevé procesar en la usina que tomará forma este año. Con una inversión cercana a los R$ 780 millones (unos 140 millones de dólares), la familia ingresará al circuito industrial con capacidad para transformar 1.200 toneladas de maíz por día en etanol. La planta será operada por Paraíso Biocombustível, con inicio de operaciones previsto entre 24 y 36 meses, y se levantará junto a los almacenes de su brazo comercial, con el que el grupo ya opera en el mercado de granos.

Entre el 70% y el 80% del maíz procesado provendrá de la propia producción familiar. Aun así, el cereal se contabilizará a precio de mercado, porque agricultura e industria funcionarán como empresas distintas. La aclaración no es un tecnicismo contable: define la filosofía del proyecto. “La ganancia no es comprar maíz barato a nosotros mismos. La ganancia es tener seguridad de abastecimiento y equilibrio entre los márgenes”, explicó al portal AgFeed Luiz Cesar Priori, coordinador del proyecto. Más allá de reducir la exposición a las oscilaciones del mercado, la integración entre campo e industria disminuirá los riesgos logísticos y aportará mayor previsibilidad al nuevo negocio.

Bajo esa mirada, la fracción del maíz que se destina a la industria no compite con la que alimenta al ganado ni con la que abastece la mesa. Por el contrario, lo complementa. Es, precisamente, la lógica de la biorrefinería aplicada al maíz. Aprovechar cada fracción del grano para obtener diferentes productos: convertir el azúcar (almidón) en energía, la fibra y la proteína en alimento, extraer el aceite y capturar el dióxido de carbono para usos industriales y así multiplicar el valor que se obtiene de una misma cosecha.

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Una vieja inquietud familiar

Esa apuesta no surgió de un día para el otro. Nació de una inquietud que la familia arrastraba desde hacía años: dejar de depender exclusivamente de la venta del grano como materia prima y avanzar hacia una etapa de mayor valor agregado dentro de la cadena del agronegocio. La vocación por expandirse «más allá de la tranquera» acompaña la trayectoria del grupo desde hace décadas. Empezaron en la agricultura y, con el tiempo, sumaron acopio, transporte, reventa de maquinaria, insumos y comercialización de granos. A partir de 2018 iniciaron una reorganización, desprendiéndose de los negocios menos estratégicos para concentrar sus esfuerzos.

“En 2019 hicimos la última inversión relevante en compra de tierras. Ya existía esa voluntad de beneficiar el maíz, de no vender solo materia prima. Llegamos a estudiar alternativas como la floculación y la producción de harina, hasta que apareció el avance del etanol de maíz, una opción económicamente más interesante”, relató Priori.

La usina nace con capacidad para 1.200 toneladas diarias, pero fue proyectada pensando en el futuro: las ampliaciones previstas podrían llevarla a 2.400 y, más adelante, a 3.600 toneladas por día. Priori insiste, de todos modos, en que la prioridad es consolidar la primera etapa. “Estamos haciendo un proyecto que entendemos que podemos llevar adelante”, subraya.

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El «hedge natural» del que produce y transforma

Esa prudencia tiene su correlato en la propia arquitectura del negocio, donde la integración entre agricultura e industria funciona como un seguro contra los ciclos del mercado. Si el precio del maíz cae, la industria gana competitividad al comprar materia prima más barata; si el grano sube, la producción agrícola compensa. Priori resume la estrategia con una expresión elocuente: un “hedge natural”, una cobertura financiera que no exige instrumentos sofisticados porque está inscripta en la estructura misma del emprendimiento.

Aunque más pequeña que algunas de las mayores unidades del país, la usina de los Priori está lejos de ser modesta. Así lo evalúa Hugo Morais, director de desarrollo de negocios de Katzen, empresa estadounidense especializada en tecnologías para el sector y responsable de proyectos en 21 plantas de etanol combustible y otras ocho en desarrollo en Brasil. Para el ejecutivo, el dato más significativo no es el tamaño de la planta, sino el perfil de quien la construye. “Lo que llama la atención no es la usina. Es quién la está construyendo”, apunta.

“Es un poco menor que la media nacional, pero no es pequeña. Es una usina dimensionada para la producción agrícola del grupo. Esa es una tendencia: productores que buscan la verticalización de la cadena. Solo este año ya recibimos siete consultas para proyectos de usinas de alrededor de mil toneladas por día”, detalla Morais.

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Una industria que se interioriza

Esas consultas confirman que el proyecto de los Priori ilustra una transformación mucho más amplia. Tras un primer ciclo de expansión liderado por grandes grupos, el sector atrae ahora a productores rurales, cooperativas, agroindustrias y empresas regionales interesadas en verticalizar su producción. Los estudios de la Empresa de Pesquisa Energética (EPE), organismo estatal de planificación del sistema energético brasileño, y del Escritório Técnico de Estudos Econômicos do Nordeste (Etene), vinculado al Banco do Nordeste (BNB), coinciden en que la industria ingresa en una segunda fase de crecimiento, marcada por la interiorización de las plantas y la diversificación de los modelos de negocio.

Al transformar el cereal en combustible, proteína para nutrición animal, aceite y otros derivados, el productor deja de depender exclusivamente de la venta del grano in natura y distribuye mejor sus ingresos entre distintas etapas de la cadena. Según el relevamiento del Etene-BNB, Brasil cuenta actualmente con 35 biorrefinerías autorizadas para producir etanol de granos —25 de tipo full grain, que procesan exclusivamente maíz, y 10 flex, capaces de alternar entre caña y maíz—, además de 19 nuevos proyectos autorizados para su construcción. Los datos confirman que la expansión dejó de seguir un único molde de grandes usinas para incorporar emprendimientos de distintos portes y características regionales.

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El fantasma regulatorio y el impulso de la venta directa

Sin embargo, no todo es sobre terreno firme. Para Priori, el principal riesgo del negocio no está en la demanda de combustible, sino en la inseguridad regulatoria. “El mayor riesgo no es el mercado. Es que el gobierno cambie la regla a mitad de camino. Que llegue y sostenga artificialmente el precio del combustible, o que modifique la mezcla obligatoria”, advierte.

Paradójicamente, fue un cambio normativo reciente el que impulsó a buena parte de estos nuevos proyectos: la posibilidad de vender etanol directamente desde las usinas a las estaciones de servicio. En enero de 2022 entró en vigor la Ley 14.292/2022, que permitió comercializar el producto directamente a los surtidores sin obligación de pasar por las distribuidoras. Hasta entonces, según las reglas de la Agência Nacional do Petróleo, Gás Natural e Biocombustíveis (ANP), el ente regulador del sector, el productor solo podía vender a distribuidoras, a otros productores o al mercado externo.

Un estudio divulgado este año por RaboBank, entidad financiera especializada en agronegocios, plantea que el sector podría estar acercándose a un punto de inflexión en Brasil: la velocidad de expansión de la capacidad instalada empieza a superar el crecimiento natural de la demanda. Aun así, el mercado y los inversores estiman que el futuro de las biorrefinerías estará impulsado con fuerza por la oferta de coproductos como los granos secos de destilería (DDG), el aceite de maíz y otros derivados, que reducen la dependencia del combustible como única fuente de ingresos. En el horizonte del sector asoman, además, mercados más sofisticados: combustibles sostenibles para la aviación (SAF) y la navegación, y aplicaciones para las industrias farmacéutica y alimentaria.

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Formar la mano de obra que aún no existe

Antes de llegar a esos mercados, sin embargo, los Priori deberán resolver un obstáculo más inmediato. En su primera fase, la usina empleará a unas 150 personas, pero el ejecutivo no espera encontrar profesionales listos para el puesto. “Falta mano de obra especializada. El gran desafío va a ser contratar, entrenar y mantener a la gente trabajando con productividad”, anticipa.

Por eso, la planta —hoy en fase de aprobaciones legales para iniciar la obra— fue concebida también como centro de formación, con un espacio específico destinado a clases y capacitaciones. La distancia con el mundo de la caña, que la familia y buena parte de la industria brasileña conocen de memoria, es mayor de lo que parece. “Aunque tengamos una larga trayectoria en Brasil con las usinas de caña, una usina de maíz es otra realidad. A pesar de que ambas producen etanol al final del proceso, todo es diferente”, reflexiona Priori.

Por ahora, el proyecto avanza sobre pasos concretos: el capital comprometido, la capacidad definida, el emplazamiento resuelto junto a los silos del grupo y los permisos en trámite para dar inicio a la construcción. Si el cronograma se cumple, entre 24 y 36 meses el maíz de Jataí dejará de recorrer miles de kilómetros en forma de grano para salir de esos mismos campos convertido en combustible, alimento y otros productos. Y la apuesta de los Priori dejará de ser una señal de tendencia para volverse un eslabón más de la industria que ayudó a anticipar.

 
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