La industria de la caña de azúcar convirtió a Brasil en una potencia mundial del bioetanol y desarrolló, a partir del bagazo, una importante plataforma de generación de electricidad renovable. Pero detrás de esas dos cadenas existe otro recurso energético de dimensiones extraordinarias que todavía permanece prácticamente sin explotar.
Los residuos generados por la industria sucroenergética brasileña permitirían producir alrededor de 41.400 millones de metros cúbicos de biogás por año, según un nuevo informe del Instituto MBCBrasil. Actualmente, menos del 2% de ese potencial es aprovechado.
La magnitud surge de una combinación difícil de encontrar en otras cadenas productivas: enormes volúmenes de biomasa residual concentrados alrededor de instalaciones industriales que ya procesan materia prima durante buena parte del año y cuentan con infraestructura energética y logística.
Brasil posee 345 ingenios azucareros en operación, cerca del 92% de ellos localizados en la región Centro-Sur. Durante la campaña 2024/25 fueron procesadas alrededor de 680 millones de toneladas de caña de azúcar y la producción de etanol alcanzó aproximadamente 38.000 millones de litros.
De residuo agrícola a materia prima energética
Uno de los principales recursos disponibles es la vinaza, el efluente líquido que queda después de la fermentación y destilación del etanol. La industria brasileña genera alrededor de 380.000 millones de litros por año.
La mayor parte vuelve actualmente a los campos mediante fertirrigación, una práctica que permite aprovechar su contenido de potasio, otros nutrientes y materia orgánica. Sin embargo, antes de regresar al suelo, esa misma corriente puede atravesar un proceso de digestión anaeróbica y convertirse en biogás.
La posibilidad se amplía cuando la vinaza se integra con otros materiales disponibles en los propios complejos sucroenergéticos, como la torta de filtro (cachaza) y los residuos provenientes de la cosecha de la caña.
El biogás obtenido puede utilizarse directamente para producir energía térmica o eléctrica, mientras que su purificación permite retirar dióxido de carbono y otros componentes hasta obtener biometano, un combustible renovable con características equivalentes a las del gas natural.
De esta manera, una corriente residual que ya forma parte del circuito productivo de los ingenios puede convertirse en combustible para industrias, vehículos pesados o incluso ingresar a las redes convencionales de gas.
São Paulo concentra una oportunidad especialmente grande
El potencial adquiere otra dimensión en el estado de São Paulo, corazón de la industria sucroenergética brasileña. Según los materiales considerados, el informe estima que allí podrían producirse hasta 15.500 millones de metros cúbicos de biometano por año, más de la mitad de lo que produjo Vaca Muerta en 2025.
La cercanía con la infraestructura gasífera existente mejora considerablemente las posibilidades de aprovechar ese recurso. Alrededor de 60 ingenios paulistas están ubicados a no más de 20 kilómetros de un gasoducto, una distancia que abre la posibilidad de conectar nuevas plantas de biometano con la red.
Ese esquema permitiría desacoplar parcialmente el lugar donde se produce el combustible del punto donde finalmente se consume. Un ingenio podría generar biometano a partir de sus residuos, inyectarlo en la red y abastecer indirectamente a clientes industriales situados en otras zonas del estado.
Algunos proyectos muestran que el modelo ya comenzó a salir del terreno potencial. Existen instalaciones de biogás o biometano vinculadas con Usina Cocal, en Narandiba; Raízen, en Guariba; y São Martinho, en Pradópolis. A ellos se sumaban otros cuatro proyectos en implementación durante 2024 y desarrollos en otros estados brasileños, entre ellos uno de Adecoagro en Mato Grosso do Sul.
Uruguay busca convertir residuos y biomasa en energía para acelerar su segunda transición energética
De la vinaza a los fertilizantes
Una de las aplicaciones más relevantes aparece en Cubatão, São Paulo, donde una planta de fertilizantes de Yara utiliza biometano producido a partir de vinaza para sustituir gas natural fósil en la fabricación de amoníaco de menor huella de carbono y nitrato de amonio.
El caso muestra una de las posibilidades que abre la integración entre la industria sucroenergética y otros sectores intensivos en consumo de gas. En lugar de limitar el aprovechamiento energético de los residuos al propio ingenio, el biometano puede convertirse en una materia prima renovable para procesos industriales difíciles de electrificar.
La infraestructura gasífera permite además pensar en un mercado más amplio. El combustible producido en las regiones cañeras podría ingresar a la red y su equivalente energético ser consumido posteriormente por industrias ubicadas en otros puntos.
El día que Dinamarca funcionó solo con biogás: un hito que anticipa el futuro del gas renovable
Una oportunidad que no termina en la caña
La disponibilidad de residuos para producir gases renovables tampoco se limita al sector sucroenergético. La agricultura y la industria alimentaria brasileña generan numerosos efluentes y subproductos orgánicos capaces de alimentar biodigestores.
Louis Dreyfus Company, por ejemplo, desarrolla una planta de biogás en su complejo de procesamiento de cítricos de Bebedouro, también en São Paulo. La instalación fue diseñada para producir más de 50.000 metros cúbicos diarios de biogás utilizando efluentes de la actividad citrícola.
Según la compañía, será la mayor instalación de este tipo en el mundo y permitirá reducir en más del 20% las emisiones de CO₂ del establecimiento industrial.
Brasil empieza a construir un mercado para el biometano
La expansión de la oferta comienza a encontrar además un marco regulatorio orientado a generar demanda. La Ley Combustible del Futuro, sancionada en 2024, creó un programa destinado a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al mercado de gas natural mediante la incorporación de biometano.
Para 2026, el Consejo Nacional de Política Energética estableció una meta inicial de reducción del 0,5%, que deberá alcanzarse mediante la participación del biometano en el consumo de gas natural.
El sistema incorpora además el Certificado de Garantía de Origen del Biometano (CGOB). Cada certificado representa 100 metros cúbicos de biometano inyectados en la red o comercializados y permite negociar por separado el atributo ambiental del combustible y la molécula física de gas.
Durante 2026, la Agencia Nacional del Petróleo, Gas Natural y Biocombustibles (ANP) avanzó en la reglamentación del mecanismo, incluyendo las metas individuales y los procedimientos de certificación necesarios para emitir los CGOB.
El desafío ahora es trasladar el enorme potencial técnico a proyectos económicamente competitivos. La red brasileña de gasoductos continúa concentrada principalmente cerca de la costa, mientras que una expansión del biometano como combustible para el transporte pesado requeriría desarrollar infraestructura de abastecimiento en las regiones interiores.
A eso se suma el costo. En determinados escenarios, el biometano todavía resulta más caro que el gas natural vehicular o el diésel, una diferencia que puede limitar su adopción sin incentivos adicionales o mecanismos que reconozcan su menor intensidad de carbono.
Brasil ya dispone de la materia prima, de una industria capaz de procesarla y de experiencias comerciales que demuestran que la tecnología funciona. La distancia entre ese punto de partida y los más de 40.000 millones de metros cúbicos anuales de biogás todavía sin aprovechar muestra, al mismo tiempo, la escala de la oportunidad y todo lo que falta para convertirla en una nueva cadena energética.


